Ella era una chica única. No había otra como tal, pero ¿no son todas las chicas únicas a su manera? Claro que hay una diferencia entre cada tipo de chica única, pero no se va a escribir de estas. Se va a escribir de “Ella”. Porque realmente: ¿Cuántas son capaces de lanzarse de una enorme catarata?
Pocas pueden hacer tal cosa.
Ella fue a Iguazú como cualquier otro turista. Su lanzamiento fue inesperado. Las cataratas ya son espectáculo suficiente como para querer presenciar algo tan intenso.
En cuanto la noticia llegó a protección civil, el equipo de rescatistas se puso en marcha. Sus ánimos estaban bajos. Los más optimistas esperaban que el cadáver estuviera en una sola pieza.
Sin embargo lo que encontraron era muy distinto a lo que esperaban: Ella estaba viva.
Hago una pausa para explicar lo inverosímil del asunto. Esto puede parecer otra historia de supervivencia improbable. Pero cualquiera que haya visitado Iguazú comprenderá por qué la catarata de donde se lanzó específicamente se llama: La garganta del diablo.
Primero que nada, una caída de 82 metros de altura vuelve al agua algo tan sólido como el concreto. En segunda, las toneladas de agua que caen cada segundo la golpearían como un tren a 140km/h. Y en tercera, todos los remolinos y la fuerte corriente que se forma ahí abajo ha llegado a acabar con la vida de turistas que caen del bote, a pesar de que estos poseen chalecos salvavidas.
El hecho de que haya sobrevivido a tal caída sonaba imposible. Parecía algo del otro mundo: Un mundo sobre el cuál la fantasía reina; donde la gente se convierte en ave, el agua es sagrada y los humanos pueden respirar debajo de ella. Pero en esta realidad nadie lo había logrado jamás. No en la Garganta del diablo.
Claro. Sobrevivió. Pero el daño a su cuerpo era crítico:
Seis costillas fracturadas, brazos y piernas dislocados, cuello roto, pulmones colapsados, zonas de su cuerpo despellejadas por las piedras, luxaciones, moretones, órganos internos destrozados… En fin. Un estado deplorable.
Un turista la filmo con la cámara de su celular de principio a fin. Parecía ser un hombre al que le gustaron las nalgas de tal chica y la estuvo siguiendo desde mucho antes de llegar a las cataratas: por el camino de los puentes. Quien observara el video podrá notar unos pasos llenos de gracia y una respiración tan serena que resulta impensable que sea la misma chica que está a unos instantes de lanzarse al vacío. Esa paz interna se mantiene incluso cuando se sube a la barda de la reja y da el salto al lugar donde la corriente se lleva el agua y todo lo que se encuentra en ella. Acto seguido el punto azul de su ropa se hace cada vez más pequeño hasta que cae en plena catarata y desaparece abajo en la neblina.
Cualquiera que ponga atención en el movimiento tan preciso de la cámara puede comprender la clase de persona que fue el que la filmó, que ni siquiera gritó para detenerla. Solamente siguió las bellas curvas de su cadera y después grabó su lanzamiento sin hacer nada para evitarlo. Ni siquiera tembló la cámara en reacción a la caída.
<<Un excelente camarógrafo>>, como lo aclamaría el comentarista de uno de los noticieros que pasaron el video.
Como reportero fui a conocerla en el hospital poco más de un mes después del incidente. Apenas el tiempo suficiente para que pudiera recuperar el habla. Sus reflejos nerviosos recién volvían a reaccionar con normalidad. No tenía quién la visitara. Toda su familia era de México, y ninguno de sus parientes se dispuso a gastar su dinero para ir a verla.
Estaba sola.
Quizás por eso ella confió en mí al instante. Nunca lo entendí realmente, ya que yo no poseo nada especial. Al momento pensé que el hecho de que alguien de su tierra natal la visitara la reconfortaba. O que quizás, ya que falló en su intento de suicidio, estaba resignada ante todas las cosas y ya no le importaba contar su historia. Pero mientras más le daba vueltas a mis teorías, más carecían de sentido.
Ella, antes de mí, no había aceptado visitas más que de niños curiosos, ya que según sus palabras, los niños le levantaban los ánimos. Podía contarles historias de lo más descabelladas y fantásticas.
Podía reír.
La chica no contaba con seguro médico en el extranjero. Sin embargo el hospital no sólo la alojó y le hizo el centenar de cirugías sin costo alguno; sino que le consiguió transplantes gratuitos. Cuando entrevisté al administrador del hospital comprendí que lo hizo por publicidad.
Ella me contó que los niños no la juzgaban. No de la manera que hacía un adulto. Ellos repetían las palabras que les decían sus padres y la demás gente. Sin embargo estaban abiertos a escuchar lo que ella les tuviera que decir. No son de extrañar, por ello, las fantásticas historias que llegaron a los ojos de miles de lectores del mundo acerca de cómo un ave la rescató antes de caer y la llevó a un lugar seguro; o cómo mientras caía escuchó una voz dentro de su cabeza que le dijo que iba a sobrevivir y entonces apareció una burbuja alrededor suyo que la salvó de cualquier daño. Más de un niño entró con un micrófono escondido, y de este modo fueron llegando las decenas de historias a los curiosos.
Mientras tanto las redes sociales se llenaban de comentarios polémicos de todo tipo por cada que nueva noticia llegaba: Religiosos que creen que Dios tenía un plan mayor para ella. Haters que decían que debió haber muerto por cobarde. Escépticos que aseguraban que realmente no se lanzó y que todo fue una cortinilla para distraer a la nación de cosas que ocurrían en la política. Fanáticos que la idolatraban por haber sobrevivido. Pervertidos que admiraban su cuerpo y que aseguraban que habrían evitado su intento de suicido de haber cortejado con ella porque la habrían hecho feliz. Incluso surgieron memes de ella que se burlaban de ella comparándolo con la debilidad de personajes de películas: “¿Sobreviviste un choque en carretera? Qué lindo.” Y una que otra creepypasta realmente ingeniosa.
Cuando llegué con ella, quedé pasmado por la presencia que imponía. A pesar de estar cubierta de vendas poseía una vitalidad y una fuerza en su voz que uno no espera de una suicida.
Lo primero que le pregunté fue acerca de las historias que contó a los niños.
- La verdad es que después de los repetidos regaños de los doctores, que no paraban de decirme que lo que hice está mal; hablar con seres que no poseen prejuicios resulta muy reconfortante. Así que les conté cuentos. Eran historias que me salían del corazón y a ellos les fascinaban. Me hacían muchas preguntas. Una de las que más me divirtió fue la de un niño que me preguntó “¿Vas a aprender a controlar esas vendas y a usarlas como extensión de tus brazos?”. Le respondí que yo ya sabía hacerlo, pero que en este momento las mantengo quietas porque si las muevo podría salir lastimada. Desarrollé aquella historia diciéndole que en realidad las vendas fueron quienes me rescataron en la catarata; también fueron ellas, y no los doctores quienes me hicieron las cirugías. Cuando la enfermera me escuchó me volteó a ver con una mirada inquisidora. Y le dije al niño. “Bueno. Los doctores también ayudaron.” Le susurré en el oído: “Les pasaron las herramientas de corte a las vendas para que estas no se lastimaran al agarrarlas.”
Rió.
- Me estoy desviando del tema. –Se disculpó-. Sí. Les conté historias ficticias. Sin embargo, muchas de estas se sentían tan reales que no las percibí como una mentira.
Le dije que estaba bien.
La enfermera nos trajo la comida, que era un corte gourmet de parte del administrador, que parecía estar encantado por la publicidad que le traería un reportero.
La chica me volteó a ver sonriente.
- Vaya que les caes bien. Desde que recobré la habilidad para masticar, sólo me habían traído comida desabrida. Pero ya que ellos pagaron todo, supongo que no me puedo quejar.
Mientras comimos, platicamos de una infinidad de cosas irrelevantes, como si fuéramos amigos de toda la vida. Cuando terminamos decidí que era momento de pasar al punto principal de la entrevista: Le pregunté, con cuidado de escoger las palabras correctas, qué fue lo que pasó realmente.
Y, como si fuera su mejor amigo, me contó sin reserva alguna la verdadera historia de lo que ocurrió aquel día.
- Simplemente estaba ahí. Después de todas aquellas horas de viaje; del terrible dolor de oídos en el avión, de los kilómetros de caminata bajo el sol a través de los puentes, escuché a la distancia el sonido de las cataratas que me llamaba. Cada paso que daba hacia ellas me hacía sentir más y más tranquila. Aquel sonido que sofocaba el ruido de la multitud se hacía más fuerte. Yo era la única persona en ese camino; el resto de la gente eran meros obstáculos. Entonces lo vi. Aquel agujero que convertía el agua azul claro en espuma blanca que caía a toda velocidad. El sonido sofocó todos los demás ruidos. Susurraba mi nombre desde la neblina. Mi verdadero nombre. No el nombre por el que me conoce el mundo. Yo lo supe en ese momento. Sabía que debía de morir ahí. Me lancé y di un clavado a la zona más cercana a la corriente principal de la catarata. Dejé que el agua me llevara. Sentí un remolino tragándome. Choqué con el suelo. Salí a la superficie. Estaba siendo abrazada por el agua. La falta de oxígeno me lo confirmaba. Salí de nuevo y la corriente aceleró. Me jaló con todas sus fuerzas y sufrí la primer caída. Fue pequeña e indolora, sin embargo ya me encontraba en el centro de la garganta; al borde del precipicio. Me invadió una euforia al ver el cielo azul entre la espuma. El fuerte sonido me aturdía, pero me sentía plena y feliz. Entonces caí junto con el agua. Sentí el vacío. Sólo escuchaba el viento. Fue un último instante eterno en el que bajaba a gran velocidad. En el que todo se volvió húmedo en la neblina. El sol abrazador quedó atrás. Ahí todo era gris. Ya no escuchaba nada. Oscuridad. Entonces mis pies tocaron fondo. Seguido de mi pecho. El golpe me llenó de un dolor sofocante. Acto seguido sentí la fuerza de la cascada golpear mi espalda. No era suave. Al contrario. Recordé cuando un auto me atropelló en mi infancia. Nunca había sentido tanto dolor; sin embargo hice todo mi esfuerzo por permanecer consciente. Quería saber qué pasaba hasta el final. El agua me hizo dar vueltas. No tenía control sobre mí misma. Estaba atrapada en un vórtice. No supe cuánto tiempo. Sólo daba vueltas con una gran fuerza. No podía respirar. Entonces una corriente jaló mi pie y me sacó de aquella terrible zona. Sin embargo me llevó a chocar contra una piedra, luego con otra y otra más. Golpeada una y otra vez como muñeca de trapo sin poder hacer nada. El dolor tan intenso me quería noquear. Yo no podía respirar. Ni siquiera podía mover mis dedos. Sentía que mi interior me quemaba. Comprendí entonces que a pesar de que el dolor era mío, mi cuerpo ya no me pertenecía; era posesión del río. Entonces salí a flote por un instante. Intenté respirar pero no podía. Mis pulmones habían colapsado. Simplemente me hundía y volvía a salir a voluntad del agua de Iguazú. Y así anduve hasta que llegué a una zona donde la corriente era suave. Mi cuerpo flotaba bocarriba. La niebla cada vez se fue haciendo más clara hasta que el sol golpeó mi rostro y pude ver el cielo. Sin embargo seguía sin poder respirar. No entendía cómo estaba viva. Me detuve al llegar a una orilla empedrada y ahí perdí el conocimiento. Desperté en éste hospital, según me dijeron, dos semanas después. Un fuerte dolor atravesaba todo mi cuerpo. Sabía que el corazón que latía en mi interior ya no era el mío. Tampoco varios de los órganos que se encontraban dentro de mí. Ni siquiera la sangre que corría por mis venas me pertenecía. Me dijeron que estuve a punto de perder mis brazos y mis piernas. Que era un milagro que aún las tuviera conmigo. Pero que quizás habría sido mejor perderlos porque ahora sólo serían un estorbo, ya que es probable que no los pueda volver a utilizar libremente. Sin embargo esta mañana logré mover mi pulgar del dedo del pie derecho. En aquel momento derramé todas aquellas lágrimas que no había derramado. ¿Por qué lloré?
En aquel momento hizo una pausa y me dirigió una sonrisa. Fue entonces que noté que el color de sus ojos era verde. Un verde esmeralda intenso. Por unos instantes me perdí en la profundidad de aquel color y entonces, en su iris, pude ver aquella escena completa desde un punto de vista muy distinto al del mórbido video de youtube. Aquel era su punto de vista.
Noté el terrorífico mundo en el que ella cayó. Era oscuro y salvaje. Giros en el agua, neblina, destellos de sangre disuelta. Estaba perdido en el agua. Sabía que iba a morir. Y entonces llegó la luz del sol que me encandiló. En ese momento aparté la vista. Estaba dentro de la habitación del hospital. ¿Era de noche? No. Mis ojos me engañaban después de haber visto la luz del sol durante mucho tiempo. Tan pronto mi vista se adaptó me armé de valor y la volteé a ver. Ella me dirigió una mirada llena de luz: la sonrisa más pura que he visto en mi vida. No era la mirada sombría que uno esperaría de una suicida. En aquel momento yo estaba perplejo. No supe qué decir.
Al notarlo, ella soltó una débil risa de tono inocente. Cuando terminó me volvió a mirar.
- ¿Quieres saber por qué lo hice? ¿Por qué hice el viaje a aquellas cataratas?
Guardé silencio aún con perplejidad. Era como si su historia se hubiese apoderado de mi habla. Ella volteó a ver la ventana. La luz del atardecer se filtraba entre las cortinas. Un ave que estaba volando afuera tapó el sol y por un instante oscureció las ventanas.
- La verdad es que nunca lo entendí. Sólo sabía que tenía que venir a Iguazú. No a Niágara ni a las cataratas Victoria. Francamente jamás había visto una foto de aquellas cascadas. Había oído de ellas en mis textos de geografía de la primaria. También sabía de los misioneros de la zona y el cruel exterminio de los indígenas, sin embargo nunca había pensando en ellas como un lugar turístico. Una noche soñé que volaba sobre un ave gigantesca entre estas y que en ellas podía ser completamente yo. Completamente libre. Completamente como quisiera. Esa idea me atrapó. Desde aquella noche comencé a ahorrar dinero. A planear mi viaje. Mi futuro. Mi vida fue guiada por aquel sueño de algún día visitar aquel lugar. Y cuando por in junté el dinero para cumplirlo, sólo quedaba esperar a la fecha de vuelo.
Silencio. Quería preguntarle algo, pero no sabía qué era. Todo era tan claro antes de venir y ahora me sentía dentro de la espesa neblina que ella tuvo que atravesar. De ahí en adelante los fragmentos de mi memoria se perdieron. Recuerdo un abrazo; un susurro en el oído; que al despedirme me agradeció, unas lágrimas corriendo por mis mejillas; pero no hay imagen más clara que las blancas cortinas bailando enloquecidas por una ráfaga de viento.
Volví al hotel donde me estaba hospedando. Aún no oscurecía, sin embargo, sentí una fatiga terrible. Me encontraba al borde del sueño. Fui directo a mi habitación donde caí y dormí.
Soñé con ella. Estaba sana y a mi lado. Iguazú estaba frente a nosotros. Mientras caminamos por los puentes laberínticos, una lechuza gigante nos sobrevolaba y a momentos su figura tapaba el sol. Después de verla mucho tiempo, giré la cabeza para volver a mirar sus ojos verdes, pero ella ya no era humana. Ahora era un halcón que se alejaba de mí para volar al lado de aquella lechuza. Ambas entraron a la neblina de las cataratas hasta desaparecer. No las volví a ver.
A la mañana siguiente no lograba articular su nombre. Lo había olvidado. Por más que intentaba poner mi mente en ello, todo esfuerzo resultaba en vano.
Desesperado, fui al hospital para preguntarle todos aquellos detalles que se habían perdido. Como no recordaba su nombre les di su número de habitación: el 407.
- El paciente no desea hablar con usted. Dice que no lo conoce.
Les dije que ayer vine, que quizás no recuerde mi nombre. Revisaron el expediente y me encontraron. Me permitieron el paso bajo advertencia. Me acerqué a aquella habitación. Sin embargo ella no estaba ahí. En su lugar había un hombre que la noche anterior sufrió un accidente de tráfico.
Pregunté a dónde transfirieron a la paciente. Me dijeron que no ha habido nadie en esa habitación en semanas.
Eso era el colmo. Quizás el administrador se ofendió por no haberle agradecido el día anterior. Pero esconderla de mí era una exageración.
- ¿Cómo que no ha habido nadie? –grité-. La chica de las cascadas. La superviviente de la Garganta del diablo ¿a dónde la transfirieron?
Ella se me quedó mirando con perplejidad e incredulidad. En su mirada podía notar que la enfermera no sabía de qué estaba hablando. Me imaginé lo que debió pensar. Guardé silencio, respiré hondo y me disculpé por mi actitud.
Le pedí amablemente hablar con el administrador. Éste no se encontraba. Sin embargo vino el segundo al mando. Una persona mucho más humana que éste. Era robusto, sus lentes redondos me resultaron simpáticos. Con cejas espesas y elevadas. De aquellas caras que uno nunca olvida. Había algo en él que me resultaba familiar. Fuimos a una oficina y le pidió a su secretaria que nos dejara a solas.
Se sentó en su silla e hizo un movimiento peculiar con la espalda. Como si hubiese algo que quiere salir de ella. Le pregunté acerca de la chica. Sin embargo éste tampoco parecía saber nada. Guardé silencio unos instantes y me levanté resignado. Listo para irme.
Sin embargo éste me detuvo y me pidió que me sentara. Lo obedecí. Entonces del cajón sacó una carpeta con papeles y me la mostró. Me preguntó si le podía explicar acerca de los órganos de donación que habían desaparecido junto con los medicamentos del 407 que ya no se encontraban.
Exasperado como estaba, le conté la historia de la chica de las cascadas. Toda la polémica en Internet y cómo la había cuidado el hospital.
El hombre se me quedó mirando pensativo a través de aquellos lentes gruesos. Entonces contestó.
- Una chica que desaparece de la memoria de todos después de una imposible historia de supervivencia –limpió sus gafas e hizo nuevamente aquel peculiar movimiento con la espalda-.
>>Toda una historia fantástica –comenzó a carcajear, su risa parecía el huluar de un búho-. Un cuento para mandar a dormir a un adulto.
Me volteó a ver con una sonrisa y señaló el teléfono.
- Ahora mismo podría tomar la bocina de este aparato para llamar a la policía y denunciarte por robo.
- Pero yo no…
- Sin embargo –me interrumpió-. Nadie es tan estúpido como para volver a la escena del crimen a intentar explicar la desaparición de aquello que robó. Mucho menos con una historia tan absurda como esta.
Se rió nuevamente de aquella manera peculiar y volteó a ver su reloj de muñeca.
- Me gustaría quedarme a platicar con usted y saber más acerca de aquella extraña mujer. Sin embargo estoy muy ocupado y tendré que pedirle que se retire.
Di las gracias. Me levanté y me dirigí a la puerta. Cuando estaba por salir, el hombre habló.
- Creo que no es necesario que te diga esto. Sin embargo eres demasiado ingenuo. No hables de aquello con nadie. De haber sido el superior quien te recibiera, en este momento estarías en prisión. Y ya estamos metidos en suficientes líos por los órganos desaparecidos. Esta vez te protegí, pero si te vuelvo a ver por aquí no te defenderé.
Asentí.
- Gracias señor.
Y me fui.
Al salir volteé para dar un último vistazo al hospital. Una enorme lechuza estaba saliendo por la ventana hasta desaparecer entre las nubes. ¿Lechuzas en Argentina? Ridículo.
Entonces comprendí.
En los próximos días realicé una exhaustiva búsqueda en periódicos, Internet, archivos de noticieros locales; e incluso entrevisté a algunas personas. Todo en vano. No había registro alguno de tal evento. Aquella mujer nunca existió.
Mi cuerpo ya no me pertenecía; era posesión del río, había dicho ella. Me aventuré a pensar que quizás había sido así desde que nació y todo lo que hizo fue un camino para volver al río del que había desembocado. Tal vez todos tengamos que hacer lo mismo. Recordé su mirada y comprendí que no necesariamente tiene que ser así.
Ahora escribo esto sólo para que el mundo no la olvide; para yo no olvidarla.
Ella era una chica única. No había otra como tal, pero ¿no son todas las chicas únicas a su manera? Como otras chicas, esta dejó una marca dentro de mí y desapareció. Me transformó, me permitió el lujo de caer en una locura temporal. De probar un nuevo mundo…
Esta es la historia de la chica de las cascadas. Te la cuento a ti, lector, porque espero que tú también recuerdes la noticia de la chica que sobrevivió a la neblina de Iguazú y me digas que no fue un sueño. Porque para mí esta supuesta fantasía es la única realidad a la que ahora me aferro.