Se dice que fue un prostíbulo de niñas antes de consolidarse como lugar público, y que la muñeca que está en la entrada es una representación de su sufrimiento, la cual se postra tras la recepción a modo de penitencia. Una historia más verosímil es que los dueños originales: una pareja cuya esposa era una habilidosa titiritera, hacían su espectáculo de marionetas en la sala central; un día ella murió desnucada en una banqueta, el marido vendió el lugar a una gran cadena hotelera que llevaba tiempo pidiendo la venta del local bajo la condición que mantuviera el nombre; y que la muñeca estuviera a la vista de todos aquellos que visitaran el hotel.
No se sabe si estos rumores fueron propagados por los mismos hoteleros como promoción, si a los clientes imaginativos se les ocurrían al ver tan peculiar muñeca, o si de verdad fueron sucesos que ocurrieron antaño. Lo cierto es que esos rumores que circulaban eran una trampa para turistas en la que caían como moscas, de modo que iban a hospedarse en el hotel sólo por el gusto de vivir en el arcaico lugar rodeado por voces de aquellos que gustan de contar historias.
Y debo confesar que yo fui una de las víctimas de estas leyendas. Estaba fascinado por la mitología que existía detrás de este hotel, y si iba a ir de viaje a esa zona, tenía que hospedarme en aquel lugar.
Los tapetes eran color escarlata, las paredes amarillas; y en el mostrador, encerrada dentro de un cristal como pieza de museo, se encontraba la 'marioneta'; que en realidad no era una marioneta ya que carecía de hilos, era una muñeca de trapo muy del estilo del sureste mexicano, con la cara desproporcionadamente grande respecto a su cuerpo y vestida de una túnica blanca con bordes púrpura; sin embargo poseía una peculiaridad, esta no tenía ojos, y en su lugar había unas cuencas. A esta le llaman La ciega Ximena.
La desilusión inicial de que tal variedad de historias rodearan una pieza de trapo tan insignificante, con el paso de los días se fue transformando: Cada que volvía de pasear por la zona, probar sus sabores, visitar sus sitios turísticos, me detenía a verla a ella, cada día más tiempo. La recepcionista, que era bastante guapa, me miraba con curiosidad. Me decía que nunca había visto a nadie que se apegara tanto a Ximena, salvo a algunos recién llegados. Me sonrojé ante tan severa declaración, y me fui a mi habitación sintiéndome levemente humillado por las palabras de la mujer.
Aquella noche pensé en la muñeca antes de dormir y me levanté después de una pesadilla de la cuál no recuerdo más que un lugar al que tenía que llegar, y unos seres que no me permitían el paso. No pude reconciliarme con Morfeo, volteé a ver el reloj, cuyos números marcaban las 2:44am, y decidí que no serviría de nada quedarme viendo el techo; que una caminata nocturna me haría bien.
Salí de mi habitación, bajé las escaleras, recorrí la alfombra que producía un sonido suave bajo mis pasos. No se veía nadie en el hotel, la recepcionista no estaba en su puesto y yo era el único ser despierto en aquel lugar.
Antes de salir di una vuelta para ver a Ximena. La muñeca, tan ciega, sufriendo la soledad y el encierro. No me explicaba cómo un hombre podría ser lo cruel como para hacerle algo tan terrible al último recuerdo de su esposa (si es que esa versión era verdadera). <<Sea cual sea tu origen, quiero que sepas que no estás sola, no mientras yo me encuentre aquí>> le dije en un tierno susurro. A los pocos minutos me encontré sentado frente a su jaula de cristal. Nos mirábamos frente a frente, convencidos de que las palabras están de más cuando el lenguaje de una mirada dice más que todo el vocabulario de la humanidad; especialmente cuando una es de ceguera y otra de pasión. Nuestro momento fue eterno y no supe en qué instante regresé a mi habitación. Al día siguiente la miré un largo tiempo antes de salir. De ese modo cada uno de los días siguientes pasaba más tiempo con Ximena. La recepcionista seguramente se burlaba de mí cuando platicaba con sus compañeros, pero ya no me importaba; esa muñeca era lo único que ocupaba mi mente, de modo que ya me resultaba indiferente salir o no como turista. Pero se acercaba la fecha de mi vuelo de regreso.
Pedí hablar con el dueño del hotel e intenté hacer un trato para quedarme con Ximena. A lo que me respondió que esa muñeca mantiene al hotel lleno de gente, incluso en temporada baja; y si tanto la deseo habría de comprar el hotel.
Tras haber colgado comprendí el grave error que cometí al hablar con él; ahora sospecharían de mí si intentara algo arriesgado. Pero a pesar de todo decidí tomar acción.
Aquella noche me mantuve despierto en mi habitación hasta la misma hora que una semana antes. Y cuando llegó el momento me puse en acción. Tal como esperaba, tampoco había nadie esa noche; fui sigiloso y tomé la caja de vidrio de Ximena. Salí del hotel con ella en mis brazos. En un callejón tomé una piedra y rompí el cristal que la separaba de mí. Sentí su calor al tacto. La abracé como una raíz abraza la tierra, sentí su rostro sobre el mío. Y como si mi alma dependiera de ello, corrí hacia el aeropuerto; mi equipaje se quedaría en manos del hotel pero no importaba. Sólo Ximena la bella en mis brazos, que en mi oído me susurraba las gracias, le decía que yo la protegeré, me besó la mejilla y juntos tomamos el avión.
A la mañana siguiente la recepcionista despertaría de con su amante para no encontrar la muñeca. El caos cundiría y el hotel perdería su prestigio. Me buscarían a mí para llevarme ante la ley, pero yo estaría muy lejos con Ximena. Ambos estaríamos muy lejos.
O tal vez el hotel no caiga en quiebra. El hotel mandaría a hacer una muñeca igual y nadie se enteraría nunca de su desaparición.
Quizás nos volveremos parte de una leyenda más que iría así: un turista llegó y se enamoró de la muñeca del hotel Marioneta; pasó los días y las noches contemplándola y en la última noche la rescató; rompió el vidrio de su jaula y ella no sólo cobró vida, sino que recuperó la vista. Ahora viven juntos fuera del alcance de aquellos que la aprisionaron.
Eso era lo que La ciega Ximena esperaba, desde adentro de su jaula de cristal tras escuchar a aquel turista decepcionado por la sencillez de esa marioneta sin hilos. Pero los días pasaron y el turista no le volvió a poner atención.