lunes, 21 de septiembre de 2015

Muñeca ciega

En toda comunidad existe un lugar del cuál se habla, con historias que cambian dependiendo de quién las cuente; esa ciudad del sudeste mexicano no es la excepción, y el sagrado manantial donde nacen las narraciones se llama El hotel Marioneta, un lugar peculiar en una pequeña metrópolis. Leyendas urbanas lo rodean; todas con las contradicciones de cualquier sitio que goce del privilegio de ser tema de conversación en una noche de copas.
Se dice que fue un prostíbulo de niñas antes de consolidarse como lugar público, y que la muñeca que está en la entrada es una representación de su sufrimiento, la cual se postra tras la recepción a modo de penitencia. Una historia más verosímil es que los dueños originales: una pareja cuya esposa era una habilidosa titiritera, hacían su espectáculo de marionetas en la sala central; un día ella murió desnucada en una banqueta, el marido vendió el lugar a una gran cadena hotelera que llevaba tiempo pidiendo la venta del local bajo la condición que mantuviera el nombre; y que la muñeca estuviera a la vista de todos aquellos que visitaran el hotel.
No se sabe si estos rumores fueron propagados por los mismos hoteleros como promoción, si a los clientes imaginativos se les ocurrían al ver tan peculiar muñeca, o si de verdad fueron sucesos que ocurrieron antaño. Lo cierto es que esos rumores que circulaban eran una trampa para turistas en la que caían como moscas, de modo que iban a hospedarse en el hotel sólo por el gusto de vivir en el arcaico lugar rodeado por voces de aquellos que gustan de contar historias.
Y debo confesar que yo fui una de las víctimas de estas leyendas. Estaba fascinado por la mitología que existía detrás de este hotel, y si iba a ir de viaje a esa zona, tenía que hospedarme en aquel lugar.
Los tapetes eran color escarlata, las paredes amarillas; y en el mostrador, encerrada dentro de un cristal como pieza de museo, se encontraba la 'marioneta'; que en realidad no era una marioneta ya que carecía de hilos, era una muñeca de trapo muy del estilo del sureste mexicano, con la cara desproporcionadamente grande respecto a su cuerpo y vestida de una túnica blanca con bordes púrpura; sin embargo poseía una peculiaridad, esta no tenía ojos, y en su lugar había unas cuencas. A esta le llaman La ciega Ximena.
La desilusión inicial de que tal variedad de historias rodearan una pieza de trapo tan insignificante, con el paso de los días se fue transformando: Cada que volvía de pasear por la zona, probar sus sabores, visitar sus sitios turísticos, me detenía a verla a ella, cada día más tiempo. La recepcionista, que era bastante guapa, me miraba con curiosidad. Me decía que nunca había visto a nadie que se apegara tanto a Ximena, salvo a algunos recién llegados. Me sonrojé ante tan severa declaración, y me fui a mi habitación sintiéndome levemente humillado por las palabras de la mujer.
Aquella noche pensé en la muñeca antes de dormir y me levanté después de una pesadilla de la cuál no recuerdo más que un lugar al que tenía que llegar, y unos seres que no me permitían el paso. No pude reconciliarme con Morfeo, volteé a ver el reloj, cuyos números marcaban las 2:44am, y decidí que no serviría de nada quedarme viendo el techo; que una caminata nocturna me haría bien.
Salí de mi habitación, bajé las escaleras, recorrí la alfombra que producía un sonido suave bajo mis pasos. No se veía nadie en el hotel, la recepcionista no estaba en su puesto y yo era el único ser despierto en aquel lugar.
Antes de salir di una vuelta para ver a Ximena. La muñeca, tan ciega, sufriendo la soledad y el encierro. No me explicaba cómo un hombre podría ser lo cruel como para hacerle algo tan terrible al último recuerdo de su esposa (si es que esa versión era verdadera). <<Sea cual sea tu origen, quiero que sepas que no estás sola, no mientras yo me encuentre aquí>> le dije en un tierno susurro. A los pocos minutos me encontré sentado frente a su jaula de cristal. Nos mirábamos frente a frente, convencidos de que las palabras están de más cuando el lenguaje de una mirada dice más que todo el vocabulario de la humanidad; especialmente cuando una es de ceguera y otra de pasión. Nuestro momento fue eterno y no supe en qué instante regresé a mi habitación. Al día siguiente la miré un largo tiempo antes de salir. De ese modo cada uno de los días siguientes pasaba más tiempo con Ximena. La recepcionista seguramente se burlaba de mí cuando platicaba con sus compañeros, pero ya no me importaba; esa muñeca era lo único que ocupaba mi mente, de modo que ya me resultaba indiferente salir o no como turista. Pero se acercaba la fecha de mi vuelo de regreso.
Pedí hablar con el dueño del hotel e intenté hacer un trato para quedarme con Ximena. A lo que me respondió que esa muñeca mantiene al hotel lleno de gente, incluso en temporada baja; y si tanto la deseo habría de comprar el hotel.
Tras haber colgado comprendí el grave error que cometí al hablar con él; ahora sospecharían de mí si intentara algo arriesgado. Pero a pesar de todo decidí tomar acción.
Aquella noche me mantuve despierto en mi habitación hasta la misma hora que una semana antes. Y cuando llegó el momento me puse en acción. Tal como esperaba, tampoco había nadie esa noche; fui sigiloso y tomé la caja de vidrio de Ximena. Salí del hotel con ella en mis brazos. En un callejón tomé una piedra y rompí el cristal que la separaba de mí. Sentí su calor al tacto. La abracé como una raíz abraza la tierra, sentí su rostro sobre el mío. Y como si mi alma dependiera de ello, corrí hacia el aeropuerto; mi equipaje se quedaría en manos del hotel pero no importaba. Sólo Ximena la bella en mis brazos, que en mi oído me susurraba las gracias, le decía que yo la protegeré, me besó la mejilla y juntos tomamos el avión.
A la mañana siguiente la recepcionista despertaría de con su amante para no encontrar la muñeca. El caos cundiría y el hotel perdería su prestigio. Me buscarían a mí para llevarme ante la ley, pero yo estaría muy lejos con Ximena. Ambos estaríamos muy lejos.
O tal vez el hotel no caiga en quiebra. El hotel mandaría a hacer una muñeca igual y nadie se enteraría nunca de su desaparición.
Quizás nos volveremos parte de una leyenda más que iría así: un turista llegó y se enamoró de la muñeca del hotel Marioneta; pasó los días y las noches contemplándola y en la última noche la rescató; rompió el vidrio de su jaula y ella no sólo cobró vida, sino que recuperó la vista. Ahora viven juntos fuera del alcance de aquellos que la aprisionaron.
Eso era lo que La ciega Ximena esperaba, desde adentro de su jaula de cristal tras escuchar a aquel turista decepcionado por la sencillez de esa marioneta sin hilos. Pero los días pasaron y el turista no le volvió a poner atención.

martes, 15 de septiembre de 2015

Un doppelgänger y su reflejo

La volteó a ver una última vez antes de dejarla caer al vacío. Dio un salto fuera del espejo y le permitió a su reflejo caer a donde no había nada, al otro cielo. Y cuando llegue la muerte de su otra yo, la chica ya no estará sujeta a las leyes de este mundo.
Para completar el asesinato tendrá que evitar aparecer en un espejo, ya que si se encontrarse con algún reflejo antes de que ella muriera todo esfuerzo sería en vano. Se cubrió con tela negra y tal como lo planeó, penetró en la oscuridad de un edificio abandonado, se sentó a esperar y en su contemplación pensó en cómo habría sido para su reflejo salir volando y golpearse contra el techo, caer a una nube, al cielo, hasta la estratosfera donde moriría de asfixia. Así tenía que ocurrir. ¿Y si en el otro mundo las reglas fueran distintas? Seguiría, en ese caso, volando al espacio infinito esperando sus últimos instantes de vida. El vértigo la atrapo; la idea de caer a la nada sin algo de dónde sujetarse contaminó su ser. Pensó en la tortura que le estaba infligiendo a su otra yo, en sus lágrimas mientras caía al cielo. Era algo que no se podía permitir. Sin embargo la ayuda no llegaría para ella, le tocaría ver la muerte descender sobre su otra yo, y ella sería la mente maestra que la orquestó.
Sintió entonces como si algo se hubiera roto dentro de ella, un vacío dentro de sí misma que se volvía a cada instante más oscuro, como si algo no le perteneciera. En ese momento las lágrimas comenzaron a brotar por sus mejillas. En vano pidió perdón a su otra yo, se disculpó por haberla asesinado y haberle hecho pasar tales momentos de angustia.
Se le ocurrió que aún tenía una oportunidad para rescatarla. Rápidamente se quitó la capa, salió del edificio abandonado y corrió a buscar un espejo. Las calles se reducían en su agonía, le faltaba el aire, pero tenía que apresurarse; entró en un local, al baño, encendió la luz. En el espejo no estaba ella. Acercó su mano a aquel vacío que duplicaba su espacio y salió disparada hacia atrás.
La euforia se apoderó de ella cuando vio su imagen en el espejo. Entonces sintió una falta de pertenencia propia, los movimientos no eran suyos. Como si la movieran con hilos levantó sus manos, se movió de un lado a otro, se dio cuenta que estaba sujeta a su otra yo; se movía adelante y atrás, se dirigió una sonrisa. Movió sus labios para decir “gracias” y se fue caminando. El espacio cambió, ahora estaba en la calle, acto seguido dentro de un ojo, en las puertas de un auto, en las paredes de un edificio, su figura cambiaba, más gorda, más delgada; el mundo se volteaba en las cucharas, en los muebles, en todo aquello que la rodeaba; se multiplicaba y se volvía a hacer una, durante largos lapsos de tiempo se miraba a sí misma de pies a cabeza, como si los necesitara para comprobar que existía.
Ahora que la obsesión de su otra yo eran los espejos, estaba lista para vivir su castigo por haber intentado asesinarla. Entonces se le ocurrió que quizás su otra yo era la verdadera, y que ella siempre fue el reflejo que la otra asesinó y que era la verdadera yo a quien le tocaba contar cómo su falsa yo se volvió un reflejo.

martes, 8 de septiembre de 2015

El niño que jugaba su vida.

El niño jugaba a que era enterrado en su funeral. Jugaba que era un anciano solitario. Jugaba que descubría que tenía cáncer. Jugaba que su esposa fallecía. Jugaba que sus amigos morían. Jugaba que estaba en el espacio por última vez. Jugaba que su esposa le deseaba suerte en su última ida a las estrellas. Jugaba que odiaba estar en la Tierra. Jugaba con sus viajes a la luna. Jugaba que no pudo estar ahí para ver el matrimonio de su hija. Jugaba a que ayudaba a construir la primer colonia en la Luna. Jugaba que no podía ver a sus hijos crecer. Jugaba con mensajes de video a distancia. Jugaba con la soledad del espacio. Jugaba con la vez que pidió la mano a la mujer que amaba. Jugaba con las veces que la veía de lejos con temor. Jugaba con el primer satélite que reparó. Jugaba con su primer viaje al espacio. Jugaba con la vez que pasó su examen para ser astronauta con reconocimiento. Jugaba que se dedicaba a estudiar todas las horas. Jugaba que le rompieron el corazón. Jugaba con su primer amor. Jugaba con la primera vez que se embriagó. Jugaba que iba a la secundaria. Jugaba que el niño jugaba su vida. Jugaba que lo molestaban. Jugaba que su papá era su mejor amigo. Jugaba que se hacía pipí en el pañal. Jugaba que dijo su primer palabra. Jugaba que no sabía caminar. Jugaba que nació. Jugaba que estaba dentro del vientre de su mamá. Jugaba que un esperma y un óvulo se acababan de encontrar.