viernes, 8 de enero de 2016

Flor de carbón que quedó tras las llamas

El día que mi venganza fue saciada, me quedé sin impulso para seguir caminando. Después de años de vertir la sangre de aquellos que dieron muerte a mi familia, de asesinarlos uno tras otro, hasta que me llamaron la mujer más mortífera de todo Japón y la leyenda se apoderó de mi identidad:
Un demonio inmortal, con cicatriz de quemadura en su mejilla derecha, impulsada por el dolor, cuya mirada cauteriza todo deseo de pelea en la sangre del guerrero más noble, que se mueve como las sombras y en el último instante un dolor que no es de este mundo consumirá a sus víctimas.
¿Y quién era yo para negarlo cuando mi única realidad es que, ya fuesen niños o bandidos, todo aquel que se interpusiera en mi camino sufriría una muerte que alzaría voces a un cielo rojo?
Mi venganza era algo que tenía que llevar a cabo y nada me detendría.
No tardé mucho en enfrentarme a aquel que ordenó la ejecución de mi marido y mis hijos; que violó mi honor y creyó que incendiar la casa sería suficiente para acabar con la vida de una mujer; y en cierta manera lo hizo, la madre de familia cuyo marido solía decir que su mirada hacía a los cerezos florecer, ya no existía, ahora sólo quedaba una sombra sedienta de venganza. Cuando lo enfrenté, noté en sus ojos que se había dado cuenta que aquel error lo condenaría a un destino gélido. Le corté la yema a cada uno de sus dedos, la punta de su lengua y finalmente su miembro; sin asesinarlo lo encerré en un sótano en el que se respiraba moho, ya que él debía ser el último en morir.
De ese modo me enmascaré en un estilo de vida de campesina, y esperaba pacientemente al punto en que el tormento del llanto de mis hijos y la imagen de mi marido ensangrentado no me permitieran seguir de pie, y en cada uno de esos ataques de histeria mi sed de venganza se volvía insoportable, de ese modo iba a cazar a aquellos que fuesen cercanos a mi prisionero. Desde amigos hasta familiares, primero les quitaba el rostro y después se los daba como alimento; al final fueron sus hijos. Él, tan ingenuo comía con un hambre de fiera cada plato que le brindaba; y cuando se hubo terminado su último alimento le revelé el nombre de cada esqueleto que rondaba su prisión.
Su mirada ante este saber me embriagó, era un dolor que yo podía comprender; su rostro se transformó, me maldijo de mil maneras; cada una de sus pútridas palabras era alimento para mi alma.
Y cuando los vocablos se volvieron insuficientes comenzó a reír en desesperanza. Espasmos que se volvieron convulsiones se apoderaron de él; su piel se convirtió en gelatina viva que salía de sí mismo y así su cuerpo se deformó hasta que tomó por forma el mío; la otra Yo estaba riendo sin parar. Me detuve a verla y la compadecí, se parecía a mí, sin embargo no tenía la cara quemada, sus rasgos eran finos, y su mirada recordaba a una flor de cerezo.
Me vi de frente y sonreí, comprendí que la venganza máxima era asesinar a aquel que mi enemigo no pudo. Así que clavé mi katana en su estómago hasta que su risa se convirtió en un vómito de sangre.
En ese momento, por primera vez en años sentí paz mental: Una paz que me quitó la fuerza de las piernas, que intensificó la luz de la luna hasta que se convirtió en el color del fuego, que me dijo que mi esposo y mis hijos se reunirían conmigo pronto y que mi alma de demonio sería pronto purificada por las llamas, hasta que solo quedara la hoja que me unía con él, mi otra yo, y su última mirada que suplicaba vendetta.

jueves, 24 de diciembre de 2015

En el color de la música

Entre susurros me deslizo,
me convierto en nada
cuando la melodía me habla.

Desaparezco del mundo
me rodean colores
se difuminan entre noches grises.

El sueño deja de existir;
desaparecemos juntos
a donde no hay nada más.

Sensaciones afloran,
me derriten
y me dejan caer en una nada
formada por lo inexistente.

De un futuro onírico que nace en mi interior.
Luces tenues se vuelven luciérnagas,
giran a mi alrededor,
sólo estoy yo flotando en vacío

en el que me vuelvo fuego,
en el que me vuelvo agua,
en en que me vuelvo humo.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Nakli

Un día desapareció mi perro. Eso nos ha pasado a todos, ya que los perros desaparecen por varias razones: ya sea por ir a buscar a la perrita que aman, perseguir al cartero o una intriga por la aventura. Cuando desaparecen, los papás mueven el mundo entero para encontrarlos. Muchas veces la búsqueda resulta un éxito; otras, no tanto.
Sin embargo, sea cual sea el resultado, los niños saben que tienen el apoyo de sus padres, y eso es un consuelo aceptable ante su soledad. Pero cuando desapareció mi perro fue distinto; mis papás no hicieron nada, dejaron que se fuera y no intentaron traerlo de regreso. Al final me di cuenta que todo quedaba en mis manos.
Uno se preguntará ¿por qué un padre sería tan cruel como para no ayudar a su hijo a buscar a su mascota perdida?
Para aclarar la situación tendré que contar la historia desde el principio y recordar aquella que fue la etapa más oscura de mi infancia. La cosa es que mi perrito, que por cierto, se llamaba Nakli, no había desaparecido como desaparecen los demás perros. No se había ido en cuerpo: sino que había desaparecido en alma: había sido reemplazada por la de otro can, y solamente lo había notado yo.
Puede sonar como una broma; yo mismo, a los nueve años de edad dudé de mi propia cordura. Sin embargo cada que volteaba a ver a mi perro, era como mirar a un perro de la calle; no lo lograba reconocer, y sabía que él tampoco a mí.
El día anterior a aquel incidente mi mamá nos llevó al parque, donde jugamos durante horas. Nos revolcamos en el lodo, y como consecuencia ella nos regañó a los dos; nos bañó con agua de las regadoras del parque para que no ensuciáramos el auto; y todo el camino me fui risueño, abrazando a mi perro que, ocasionalmente lamía mi cara y me hacía muchas cosquillas.
El día siguiente me fui con prisa a la escuela, de modo que no me pude despedir de Nakli.
Al volver, después de un duro día de ser molestado por los niños grandes, llegué corriendo a abrazarlo. Pero tras haberle dado el abrazo noté que había cometido un error: aquel no era Nakli.
Tenía una mirada tierna ese chucho, pero no era la mirada de mi perro.
Fui a decirle a mi mamá, a lo cuál me respondió: Él ha estado aquí todo el día ¿cómo puede no ser Nakli? Era una pregunta justa para una adulta, sin embargo yo sabía la verdad. Me fui a leer a mi cuarto y guardé paciencia para esperar a que mi papá llegara; sabía que él me entendería.
Cuando llegó fui corriendo a abrazarlo. Tras el abrazo me tomó con sus fuertes brazos, me cargó, me hizo el avioncito y me lanzó al sillón. Fue tanta la emoción que por poco me olvidé de contarle lo sucedido.
Tan pronto me di cuenta dejé de reír y con mucha seriedad le comenté de lo ocurrido con Nakli. Mi papá volteó a ver a mamá con extrañeza y como respuesta ella se encogió de hombros; me tomaron de la mano y fuimos los tres afuera a visitar al perro. Estaba seguro de que ahora sí me creerían.
El invasor estaba echado en el jardín, se quedó quieto al notar nuestra presencia, cosa que nunca hubiese hecho Nakli ya que él habría corrido a saludarnos y a jugar con nosotros; hice énfasis en esta observación, y mi madre respondió que tal vez esté cansado.
Mi padre le hizo una seña a ella para que no hablara; nos acercamos al perro y él pacientemente me demostró que tenía el mismo lunar en la lengua, el mismo pliegue en la parte trasera de la oreja, las mismas manchitas, el pelo igualmente distribuido en café con dorado y las mismas cejas espesas de labrador. Para mi papá esas características no podían ser de otro perro que no fuera el nuestro.
Le dije que lo mirara a los ojos y me dijera si cree que esa mirada es de Nakli; al hacerlo me dio la razón, y aceptó que esa mirada era rara, pero que quizás mamá estaba en lo correcto, que quizás Nakli estuviera cansado o enfermo y por ello no tuviera energías para moverse. Intenté protestar, sin embargo él me dijo que me fuera a dormir; y que si mañana seguía creyendo que ese no era nuestro Nakli, veríamos.
Al día siguiente me levanté antes de que saliera el sol para comprobarlo, y tal como me lo esperaba seguía sin ser Nakli. Y aunque no logré convencer a mis papás de que ese no era nuestro perro, ellos estuvieron de acuerdo en que era raro verlo tan tranquilo, así que lo llevaron al veterinario.
Tras otro día aburrido en la escuela, mi mamá me llevó a recoger al perro. El veterinario nos dijo que todo estaba bien con él; que a veces los perros tienen cambios de humor y no había de qué preocuparse.
Con aire de derrota mi mamá me llevó a casa.
Comprendí entonces que nadie me escucharía así que me puse a trabajar por mi cuenta. No podía poner avisos de "se busca", ya que lo que había desaparecido era su alma, no su cuerpo. Tampoco podía andarle diciendo a la gente, porque no me creerían. Estaba solo esta vez, y a pesar de que era una enorme carga para un niño de nueve años, yo lo vi como una aventura: yo sería como Bastián de mi libro favorito, La historia interminable; el único que puede viajar a ese mundo.
De ahí en adelante les mentí a mis papás y fingí que reconocía al perro que me acompañaba, pero en secreto le llamaba Trasplante, que era una palabra que encontré en una enciclopedia, que significa pasar las partes, como el corazón (que es donde está el alma), de un cuerpo a otro.
Le pedía a mi mamá que me llevara a los parques de perros y acompañado de mala gana por Trasplante, me ponía a ver la mirada de cada perro a ver si era Nakli. Eso hacía casi diario en tiempo de escuela y en vacaciones, pero nunca lo encontré.
Un día, regresé de la escuela llorando todo el camino porque un niño me había roto todos mis dibujos, llegué a casa y como ya no podía más, abracé a Trasplante y me puse a llorar sobre él; lamió mi cara tímidamente y me hizo muchas cosquillas. Me di cuenta en ese momento que era un perro con un gran corazón, que también se había sentido solo, y que extrañaba a su antiguo dueño. Por primera vez sentí cariño por Trasplante, y aunque quería mil veces más a Nakli, ese día dejé de buscarlo, ya sólo esperaba que donde fuera que se encontrara, estuviera feliz, con una familia que lo amara tanto como yo a él.
Al año siguiente, una semana antes de salir de la primaria estaba sacando a pasear a Trasplante, y por un momento me pareció ver la mirada de Nakli en un perro estaba en la esquina opuesta de la calle; me emocioné tanto que solté la correa y me puse a correr, sin importarme el camión que venía en camino. Trasplante estaba oliendo un árbol, así que tardó unos instantes en correr tras de mí; el camión lo atropelló y le dio una muerte instantánea.
Escuché su último aullido y volteé rápidamente; estaba en el suelo con el cuello volteado. No se movía. Comprendí que lo había matado; corrí hacia él y le pedí perdón. Lo empujé para despertarlo pero no hacía caso, lo abracé y me puse a llorar encima de él.
El señor que paseaba al perro que había creído que era Nakli me apartó rápidamente y me dijo unas cosas; pero yo estaba demasiado atónito como para escucharlo. Sentía que el mundo se caía sobre mí. Entonces el perro del señor me lamió; lo volteé a ver, y supe en su mirada que aunque se parecía, él tampoco era Nakli.
No fui a mi graduación. Me quedé en mi cama llorando durante dos semanas. Me odiaba a mí mismo y gritaba al techo pidiéndole perdón a Trasplante.
Mis papás estaban muy preocupados así que compraron unos boletos de avión a Ankara, Turquía; que era un lugar al que hace algunos años, tras haber visto unas fotos, les había pedido repetidamente a mis papás que fuéramos.
No era como me lo esperaba. Era un lugar insólito, lleno de gente misteriosa, con capas que les cubrían la cabeza y mucho calor, y aunque fuimos a todos los lugares bonitos de las fotos, mis papás me tomaban de la mano todo el tiempo, y cuando veían a alguien sospechoso, entrábamos a cualquier tienda.
Y a pesar que no era tan bonita ni tan divertida como la imaginaba, esa ciudad me hacía sentir tranquilo. Por alguna razón sentía algo de Trasplante en el aire; era como si siguiera aquí.
Dos días antes de irnos, fuimos a una plaza pública y me compraron una malteada. Estábamos sentados en una banca, y entonces vi a una muchacha paseando a un perro. ¡Era Nakli! Iba a correr a abrazarlo, pero me dije que era un tonto, y que por pensar eso Trasplante había muerto. Me entraron ganas de llorar, y entonces el perro me comenzó a ladrar; se soltó de la correa de su dueña y fue hacia mí. Me lamió la cara, dio vueltas sobre sí mismo, se sentó y me lanzó ladridos juguetones. Vi su mirada; me di cuenta que indudablemente era él.
En ese momento una ráfaga de euforia recorrió todo mi cuerpo y grité: "NAKLI, NAKLI". Y me puse a jugar con él, la mujer llegó recuperando su aliento, dijo cosas raras que no entendimos; después se puso a hablar en inglés con mis papás. No entendía bien qué decían, sólo palabras como "sorry" (perdón), "please" (por favor) o "dog" (perro).
Me dejaron estar un rato con él, y cuando terminó de platicar con mis padres, la señora se fue con Nakli; le reclamé a mi papá y me dijo que nos preocuparíamos más tarde.
   - Qué extraño -dijo mi padre- ella creyó que éramos turcos, porque le llamaste al perro Nakli; y me dijo que Nakli significa en turco, trasplante.
Esa noche soñé con Trasplante y Nakli. Jugamos los tres juntos en el parque, y, a diferencia de lo que yo creía, Trasplante no estaba enojado conmigo.
La mañana siguiente me levanté tarde. Mis papás no estaban y me habían encerrado en el hotel sin llave y hacía mucho calor. Me dejaron una nota que decía que llegarían a mediodía, que no le abriera a nadie. Así que me puse a ver Hora de Aventura doblada en turco -Jake, el perro tenía una voz rara- lo bueno es que ya había visto esos capítulos, y sólo me tenía que imaginar lo que decían.
La puerta se abrió y llegó mi mamá. Dijo que me tenía una sorpresa; me puso una venda en los ojos y me llevó de la mano; tras muchos pasos y muchos giros nos detuvimos y sentí cómo ella colocó mi mano sobre una superficie peluda; entonces escuche un ladrido. Era Nakli.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Perros celos

Llegaba y tenía el olor de otra lo detenía y no podía dejar que se fuera no sabiendo que había estado con otra me tenía que dar amor a mí si quería mi perdón no había manera que pasara a mi lado sin siquiera una caricia se detuvo y me saludó con su fingida alegría ya verá lo insoportable que puedo ser cuando me traiciona sí ya lo verá le muerdo la mano y lo lamo me restriego sobre él y me habla bonito en sus vocablos extraños al olerlo más me doy cuenta que no solo huele a otra si no a otro y a un gato también me engañó con un gato ese increíble hijo de su madre pero no escaparía me daría cariño y me miraría con culpa sí maldito traidor lo destruyo porque alguien como tú no merece un momento conmigo llegas a bañarte bien hecho ahora sólo olerás a mí eres mío y que tus manos me acaricien el torso que me acaricien detrás de las orejas y la panza dime que soy tuya háblame bonito ni sabes lo cerca que estuviste de perderme lo cerca que estuviste y te vas y me dices que soy linda y me dices que me amas y te vuelves a ir y te vas nuevamente y me dejas a merced del día y regresas oliendo a otros nuevamente y también tienes un olor a humana por qué me haces eso por qué me abandonas por otra te necesito te quiero yo no te dejo solo pero tú me destruyes por dentro en serio cómo puedes vivir sabiendo lo que me haces y te vuelvo a querer y te vuelves a ir y ahora regresas oliendo a la humana y a esos perros y me presentas a la humana y eres tan descarado para presentarme a esa perra a la que olías le digo que más le vale no meterse contigo a ella no le importa y por más que la amenazo no cede y entras y me dejas con la otra no puedo hacer nada al respecto más que aguantarla y te vas nuevamente y regresas y se quedan juntas y por qué ella ya no se va y ella despierta aquí y ella me saluda y tú también y la saludas a ella y hazme caso y no le hagas caso a la otra humana y hazme caso y me acaricias unos momentos y me quieres pero no tanto y se hace noche y se hace día y hace calor y llueve y hace frío y hace calor nuevamente y llevo mucho sin sentirme querida pero ya no es tan mala la que me acompaña mientras no te toque y le gritas a la humana y ella te grita de vuelta y pelean y en la noche pelean nuevamente y en el día también y ella se va sin ti y se va sin la perra ahora me siento sola pero ahora estás de vuelta y pasas los días conmigo y sabe tu cara a sal y me rodeas y me das calor y ahora estamos los dos juntos y esa maldita perra no me volverá a molestar

jueves, 22 de octubre de 2015

Arquitectura viviente

Supervivencia inviable
Imposibles hogares
Casas en adaptación
Ambientación sobre quietud
Inmovilidad estática
Estatua de sueño
Onírico lo triangular
Pirámide de palabras
Babel canalizado
Canales en vida
Vida ascendente
Escalera a lo divino
Deidades representadas
Reflejo de montañas
Cerros en celosía
Muros nocturnos
Crepúsculo de vidrio
Cristales de sol
Luces de plata
Argentado rascacielos
Edificación monumental
Monumento a lo gigante
Enorme expansión
Crescendo en civilización
Ciudades obreras
Trabajadores de lo perdido
Errantes sin identidad
Distinción limitada
Frontera destruída
Caos de creación
Construcción a la vida
Vigor del crecimiento
Desarrollo al alma
Espíritu en fuerza
Forzado lo vanidoso
Narcisismo destructor
Ruptura a lo natural
Orgánica existencia
Estancia esencial
Fuente de lo invisible
Impalpable continuidad
Ritmo en evolución
Avance a las cenizas
Escombros para renacer

viernes, 9 de octubre de 2015

Yucatán mon amour

Vámonos a ese lugar en el que las palabras fueron olvidadas, dejemos este paraíso para ir a aquel otro, en el que lo perdido ha encontrado su santuario.

Allá donde las casas están pintadas de una nostálgica alegría, y los faros se cuelgan de estas para darles luz en las noches más oscuras.

Vamos a donde se cocina con tinta indeleble para que los sabores se impregnen en el paladar del degustante.

Aquel sitio en el que los rastros de una civilización perdida no fueron sacrificados por un falso ideal.

Vamos a aquella tierra donde las aguas nos conectan debajo de nuestros pies para que nos volvamos uno mismo con todo.

Donde ni siquiera una blanca nube perdida en un cielo azul tiene miedo de lucirse un momento al orquestar una lluvia de chispas frente al ardiente sol.

Vayamos a donde las pirámides miran al cielo mientras son acogidas por su madre jungla.

Donde las historias cobran vida y las contamos en un eco con distintas voces que se funden en una misma.

Naveguemos bajo tierra hasta descubrir el mundo más allá; encontremos lo perdido; vivamos lo que no es nuestro; dejemos que las aguas nos abracen; y escuchemos los colores en el palpitar de nuestro corazón.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Muñeca ciega

En toda comunidad existe un lugar del cuál se habla, con historias que cambian dependiendo de quién las cuente; esa ciudad del sudeste mexicano no es la excepción, y el sagrado manantial donde nacen las narraciones se llama El hotel Marioneta, un lugar peculiar en una pequeña metrópolis. Leyendas urbanas lo rodean; todas con las contradicciones de cualquier sitio que goce del privilegio de ser tema de conversación en una noche de copas.
Se dice que fue un prostíbulo de niñas antes de consolidarse como lugar público, y que la muñeca que está en la entrada es una representación de su sufrimiento, la cual se postra tras la recepción a modo de penitencia. Una historia más verosímil es que los dueños originales: una pareja cuya esposa era una habilidosa titiritera, hacían su espectáculo de marionetas en la sala central; un día ella murió desnucada en una banqueta, el marido vendió el lugar a una gran cadena hotelera que llevaba tiempo pidiendo la venta del local bajo la condición que mantuviera el nombre; y que la muñeca estuviera a la vista de todos aquellos que visitaran el hotel.
No se sabe si estos rumores fueron propagados por los mismos hoteleros como promoción, si a los clientes imaginativos se les ocurrían al ver tan peculiar muñeca, o si de verdad fueron sucesos que ocurrieron antaño. Lo cierto es que esos rumores que circulaban eran una trampa para turistas en la que caían como moscas, de modo que iban a hospedarse en el hotel sólo por el gusto de vivir en el arcaico lugar rodeado por voces de aquellos que gustan de contar historias.
Y debo confesar que yo fui una de las víctimas de estas leyendas. Estaba fascinado por la mitología que existía detrás de este hotel, y si iba a ir de viaje a esa zona, tenía que hospedarme en aquel lugar.
Los tapetes eran color escarlata, las paredes amarillas; y en el mostrador, encerrada dentro de un cristal como pieza de museo, se encontraba la 'marioneta'; que en realidad no era una marioneta ya que carecía de hilos, era una muñeca de trapo muy del estilo del sureste mexicano, con la cara desproporcionadamente grande respecto a su cuerpo y vestida de una túnica blanca con bordes púrpura; sin embargo poseía una peculiaridad, esta no tenía ojos, y en su lugar había unas cuencas. A esta le llaman La ciega Ximena.
La desilusión inicial de que tal variedad de historias rodearan una pieza de trapo tan insignificante, con el paso de los días se fue transformando: Cada que volvía de pasear por la zona, probar sus sabores, visitar sus sitios turísticos, me detenía a verla a ella, cada día más tiempo. La recepcionista, que era bastante guapa, me miraba con curiosidad. Me decía que nunca había visto a nadie que se apegara tanto a Ximena, salvo a algunos recién llegados. Me sonrojé ante tan severa declaración, y me fui a mi habitación sintiéndome levemente humillado por las palabras de la mujer.
Aquella noche pensé en la muñeca antes de dormir y me levanté después de una pesadilla de la cuál no recuerdo más que un lugar al que tenía que llegar, y unos seres que no me permitían el paso. No pude reconciliarme con Morfeo, volteé a ver el reloj, cuyos números marcaban las 2:44am, y decidí que no serviría de nada quedarme viendo el techo; que una caminata nocturna me haría bien.
Salí de mi habitación, bajé las escaleras, recorrí la alfombra que producía un sonido suave bajo mis pasos. No se veía nadie en el hotel, la recepcionista no estaba en su puesto y yo era el único ser despierto en aquel lugar.
Antes de salir di una vuelta para ver a Ximena. La muñeca, tan ciega, sufriendo la soledad y el encierro. No me explicaba cómo un hombre podría ser lo cruel como para hacerle algo tan terrible al último recuerdo de su esposa (si es que esa versión era verdadera). <<Sea cual sea tu origen, quiero que sepas que no estás sola, no mientras yo me encuentre aquí>> le dije en un tierno susurro. A los pocos minutos me encontré sentado frente a su jaula de cristal. Nos mirábamos frente a frente, convencidos de que las palabras están de más cuando el lenguaje de una mirada dice más que todo el vocabulario de la humanidad; especialmente cuando una es de ceguera y otra de pasión. Nuestro momento fue eterno y no supe en qué instante regresé a mi habitación. Al día siguiente la miré un largo tiempo antes de salir. De ese modo cada uno de los días siguientes pasaba más tiempo con Ximena. La recepcionista seguramente se burlaba de mí cuando platicaba con sus compañeros, pero ya no me importaba; esa muñeca era lo único que ocupaba mi mente, de modo que ya me resultaba indiferente salir o no como turista. Pero se acercaba la fecha de mi vuelo de regreso.
Pedí hablar con el dueño del hotel e intenté hacer un trato para quedarme con Ximena. A lo que me respondió que esa muñeca mantiene al hotel lleno de gente, incluso en temporada baja; y si tanto la deseo habría de comprar el hotel.
Tras haber colgado comprendí el grave error que cometí al hablar con él; ahora sospecharían de mí si intentara algo arriesgado. Pero a pesar de todo decidí tomar acción.
Aquella noche me mantuve despierto en mi habitación hasta la misma hora que una semana antes. Y cuando llegó el momento me puse en acción. Tal como esperaba, tampoco había nadie esa noche; fui sigiloso y tomé la caja de vidrio de Ximena. Salí del hotel con ella en mis brazos. En un callejón tomé una piedra y rompí el cristal que la separaba de mí. Sentí su calor al tacto. La abracé como una raíz abraza la tierra, sentí su rostro sobre el mío. Y como si mi alma dependiera de ello, corrí hacia el aeropuerto; mi equipaje se quedaría en manos del hotel pero no importaba. Sólo Ximena la bella en mis brazos, que en mi oído me susurraba las gracias, le decía que yo la protegeré, me besó la mejilla y juntos tomamos el avión.
A la mañana siguiente la recepcionista despertaría de con su amante para no encontrar la muñeca. El caos cundiría y el hotel perdería su prestigio. Me buscarían a mí para llevarme ante la ley, pero yo estaría muy lejos con Ximena. Ambos estaríamos muy lejos.
O tal vez el hotel no caiga en quiebra. El hotel mandaría a hacer una muñeca igual y nadie se enteraría nunca de su desaparición.
Quizás nos volveremos parte de una leyenda más que iría así: un turista llegó y se enamoró de la muñeca del hotel Marioneta; pasó los días y las noches contemplándola y en la última noche la rescató; rompió el vidrio de su jaula y ella no sólo cobró vida, sino que recuperó la vista. Ahora viven juntos fuera del alcance de aquellos que la aprisionaron.
Eso era lo que La ciega Ximena esperaba, desde adentro de su jaula de cristal tras escuchar a aquel turista decepcionado por la sencillez de esa marioneta sin hilos. Pero los días pasaron y el turista no le volvió a poner atención.