jueves, 19 de diciembre de 2013

El conejo en la luna

La soledad aburría al conejo en la luna. Su inmortalidad lo tenía harto: Harto de no respirar aire, harto de no comer vegetales, harto de no haber visto a nadie en miles de años.
Arrojado por los dioses por haberse comido un vegetal sagrado, en aquellos tiempos no era más que un simple conejo; en aquel tiempo él no tenía conciencia de lo que había hecho. Simplemente daba por supuesto que así tenía que ser. Que su destino era vivir en la luna. En aquel momento no era consciente, y su mente no iba más allá de lo que ocurría el presente. A través de todos esos años su mente fue fortaleciéndose. Él fue tomando consciencia de su inmortalidad y de su existencia. Su cerebro se volvió analítico hasta un nivel cercano al de un ser humano.
Después de haber desarrollado su cerebro, él, durante esos años, en su soledad, desarrolló un enorme ego que dio como resultado que dibuje su propia figura en la luna. Primero fue una pequeña imitación que podía ver; y después de años la fue agrandando hasta abarcar una tercera parte de la superficie lunar. Esa figura se volvió su único gran compañero. Aunque a decir verdad sólo veía un montón de gris. Pero al hablar con él, sabía que ahí estaba un retrato gigante de él.
A veces el gran conejo le hablaba. Y tomaban conversaciones que duraban horas. Hasta que de repente la consciencia del conejo retomaba su forma y era entonces que se daba cuenta que le estaba hablando a una mancha.
Ese día el conejo estaba mirando fijamente la tierra con añoranza; y fue entonces cuando el gran conejo le habló: "Si te sientes tan solo ¿Por qué no te vas?" Y el conejo respondió: "Ya cállate, no eres real, estoy loco ¿Recuerdas?" A lo que el gran conejo respondió: "Jódete, pues". Entonces el conejo volvió a mirar la tierra y tomó su decisión:
Decidió hacer lo que durante milenios había considerado hacer: Volver a la tierra. Aunque eso equivaliera enfrentarse a la ira de los dioses que lo mandaron a la luna sin razón aparente.
Entonces el conejo decidió dar un enorme salto con todas sus fuerzas hacia la tierra. Cabe decir que la luna está a 384 mil kilómetros de la tierra, así que tardó 2 meses, ahí en su soledad, flotando en el espacio sin poder controlar adónde moverse, en llegar a la atmósfera de la tierra. El espacio era hermoso. Lentamente veía la tierra agrandarse. Y notaba los planos color verde, amarillo, blanco; pero más que nada, azul. Un enorme azul oceánico.
Y mientras tanto la luna, que había sido su hogar durante milenios, se iba achicando. Y el enorme conejo que había dibujado por fin tomó su forma. Se dio cuenta que no le había quedado tan bien como pensó. Él quería hacer la figura de una liebre astuta y atlética, que esté en posición, lista para correr. Pero ahora no estaba seguro si lo que había dibujado parecía un conejo en posición fetal o un conejo herrero martilleando. Al darse cuenta, le entró una enorme frustración. "Pero ya qué" se dijo a sí mimo el conejo "esa vida allá arriba, de todos modos, es una que he dejado atrás; a la que no pienso volver jamás".
Ya que llegó en la atmósfera de la tierra, el conejo comenzó a sentir un calor intenso, se empezó a quemar por la velocidad a la que iba; por suerte los dioses le concedieron la inmortalidad, así que no llegó al suelo hecho un conejo a la parrilla, con sus miembros esparcidos por el suelo, no. Pero el aire ardiente y la caída fueron un enorme dolor que nunca había sentido. Cuando retomó la consciencia se dio cuenta del pequeño cráter que había dejado debajo de él. Cayó en un campo verde rodeado de plantas. Pero lo curioso era que alrededor de éste campo verde había paredes rojas con textura de cuadros.
Aunque la emoción de por fin volver a probar comida era demasiada para ponerse a pensar en eso. Y se hizo un banquete con las plantas más verdes y suculentas.
Cuando se hubo llenado se acostó en el suelo y miró el cielo. Notó que el tono azul de éste estaba un poco más grisáceo de lo que recordaba. Entonces oyó un sonido fuerte, como el de un viento pegando rápidamente, pero no había corriente alguna. De hecho el viento apenas soplaba. Y fue entonces cuando una figura en el cielo apareció. Era una cruz diminuta con sus extremos plegados, y viajando en línea recta a través del cielo. Notó que ésta figura dejaba una nube larga detrás de ella.
"Los dioses de verdad han cambiado su manera de hacer las cosas en estos últimos milenios" se dijo a sí mismo. Y se quedó mirando cómo se expandía esa línea en el cielo hasta desaparecer.
Entonces cayó dormido. Soñó con la ira de los dioses cuando descubrieran que había escapado de la luna. Despertó a mitad de la noche. Miró al cielo y se dio cuenta de que la luna era un punto diminuto en el cielo. Después de esto se dio cuenta de que el cielo ya no era tan negro y lleno de estrellas como era antes. Ahora el cielo era color morado, y sólo las estrellas más brillantes se veían. Al ver esto se impresionó; pero a la vez le dio una pequeña decepción y una fuerte nostalgia. Las estrellas eran lo único que consolaba su soledad al estar en la luna.
Volvió a dormir. Al día siguiente desayunó otras cuantas plantas y entonces decidió moverse. No podía quedarse ahí toda su vida. Sólo esperaba no encontrarse a ningún dios en su camino. Tras dar unos pasos hacia donde no había paredes. Se dio cuenta que en una línea recta dejaba de repente de haber plantas. En cambio se encontró con una planicie alargada color negro.
Volteó a los lados y se dio cuenta que todo era gris al igual que la luna, pero aquí había una variedad de formas cuadradas. Y todo era animado. Se encontraba entre enormes estructuras de concreto y unos seres que se movían a alta velocidad por un camino entre las estructuras. Atontado, el conejo caminó hasta el centro de la planicie sobre la que pasaban esos seres. Fue golpeado por esos monstruos una y otra vez hasta que dejaron de pasar. Entonces se fijó en unas criaturas parecidas a los dioses, pero más pequeñas y sin esa imponencia. No sabía dónde estaba, pero estaba seguro de que no eran dioses.
Tras caminar un poco entre esos seres, se dio cuenta que pudo haberse ido muchos años antes a la tierra y que no habría pasado nada. Por alguna razón, los dioses habían abandonado su presencia de ésta tierra.
Ahora era momento de enfrentar ese mundo tan diferente y seguir viviendo como debió haber vivido desde hace mucho: salvaje y feliz en compañía de su especie.
Fue cuando se dio cuenta de esto. Justo cuando tuvo esa epifanía. Que llegaron a él dos seres de esos que andaban en dos patas de manera erguida, y lo capturaron. Lo apresaron. El conejo pensó que se equivocó. Que estos eran mensajeros de los dioses enviados para que reciba su castigo. Estaba seguro que este iba a ser mucho peor que la luna.
Lo metieron en una jaula y se lo llevaron.
A pesar de estar enjaulado se dio cuenta que lo trataban como rey: Lo alimentaban con una comida deliciosa y lo cuidaban. A pesar de que estaba atrapado, le gustaba ese trato. Además estaba rodeado de todo tipo de animales. Incluyendo los de su especie. Ahora se sentía seguro y en compañía.
Se dio cuenta después de un tiempo en esa jaula que los seres con los que estaba se llamaban "humanos". Y que tan pronto llegaron aquí fue cuando los dioses se fueron. Fue su condena final para este planeta del que estaban hartos.
Un día llegó una niña, lo tomó de su jaula y se lo llevó. Ahora estaba en un lugar más chico. Ya no estaba rodeado de animales. Aunque en cambio era aún más cuidado, más alimentado; y con todo, ahora era abrazado y acariciado todo el día.
A pesar de que ese trato le agradaba, se dio cuenta que no podría salir nunca. Y desde ese día en adelante no tuvo de otra que pasar su vida entre esos seres que lo privaron de su libertad. Mínimo lo acariciaban y mínimo socializaba, y mínimo podía comer, y mínimo podía respirar. Pero nunca más sería libre.
En las noches veía la luna con cierta añoranza. Y saludaba a su gran conejo que lo acompañó durante milenios. Ahora ese gran compañero era minúsculo. Y ya no le hablaba. Notó la belleza en ese círculo plateado y luminoso en el que había vivido durante tanto tiempo.
Fue en ese momento que aceptó su realidad. Ahí mismo, en esa jaula que estaba al lado de la ventana, se sintió completamente solo.

Casi ridículo

Hay un ser extraño y casi ridículo sentado en una escalera de caracol hecha con peldaños de madera y soportes de metal. Ese ser extraño mira con atención un objeto rectangular, delgado y brillante. Lo presiona con su pulgar una y otra vez. Parece estar aburrido. Hay voces que llegan a la escalera, pero él parece ignorarlas totalmente. A su lado hay una bebida en una pequeña botella. Y está vestido de shorts verdes y camisa negra. Tiene unos tenis de alpinismo color gris con verde; pero da la impresión de que no se siente cómodo usándolos, y que a la primera oportunidad de desprenderá de ellos. Ese ser tiene pelo largo de color castaño claro, nariz grande, labios carnosos y resecos, piel pálida, ojos verdes ¿O serán azules? Y cejas negras. Si uno se acerca, se puede dar cuenta de que éste ser tiene un aparato electrónico con pantalla brillante, donde está escribiendo algo: una narración. Y si uno la comienza a leer dice así: "Hay un ser extraño y casi ridículo sentado en una escalera de caracol hecha con..." ¿Esperen? Eso me suena mucho ¿Será un déjà vú? No, no, no. No puede ser eso. Se siente demasiado real... ¿Qué será? Hmmm... ¿Acaso es...? ¿Pero será...? ¡Claro! ¡Ese maldito está narrando lo que yo pienso! ¿Y cómo lo sabe? ¿Tendrá la capacidad de leer la mente? O... Oh no ¡Tal vez yo sea...! ¡Claro! ¡Ese ser extraño y casi ridículo soy yo!

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Desde lo más alto

La chica estaba sentada al borde de la azotea del edificio más alto. Mientras el fresco viento de las alturas movía su cabello, ella miraba al horizonte con una tranquilidad casi inhumana. Inclinó su cabeza para ver el pequeño mundo que yacía bajo sus pies. Lo que se encontraba debajo era un bosque sobre lo que alguna vez fue una metrópolis. Los árboles habían conseguido crecer sobre el concreto después de todos esos años sin haber sido pisados por un solo humano.
Una nube que pasó por donde estaba el sol interrumpió sus pensamientos. Ella volteó a verla y entonces se dibujó una pequeña sonrisa en su juvenil rostro.
Una niña estaba balanceándose en un columpio amarrado a la rama de un árbol que se encontraba a la orilla del bosque. Sus risas resonaban en aquel lugar. Su falda color rosa se resistía de manera rebelde contra el viento. Parecía que ésta tuviera voluntad propia. Entonces una de las cuerdas que sujetaban el columpio al árbol se rompió. La pequeña cayó boca abajo sobre aquella tierra húmeda. Levantó su rostro cubierto de tierra, y al comprender lo que le había pasado, su cara sucia se llenó de lágrimas. Se puso de pie y volteó a ver su su hermoso vestido rosa, que estaba ahora cubierto de lodo. Entre llantos corrió directo a la cabaña de sus padres. Pero ellos no estaban ahí.
La chica se quitó los tenis de mezclilla que tenía y los lanzó al vacío. Atraídos por la gravedad, su caída pareció eterna mientras estos giraban rápidamente en el aire. Lentamente se encogían en la distancia hasta no volverse más que un pequeño punto. El susurro del aire era lo único que ella oía; de modo que no supo el momento exacto en que sus zapatos tocaron el suelo.
La niña, descalza, sentada al borde el edificio rió y pataleó para que sus pies sientan el vacío. Su vestido rosa estaba limpio.
La chica se puso de pie, cerró los ojos, dio una respiración profunda.
La niña, aún en el borde, se volteó y abrió sus brazos.
La chica dibujó en su rostro una enorme sonrisa que mostraba la plenitud más pura.
La niña sonriente, aún con los brazos abiertos se dejó caer de espaldas.
La chica cayó sin quitar aquella sonrisa. La sonrisa más hermosa que ha existido en éste mundo.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Pero seguía estando vivo...

En ese momento sólo deseaba la muerte. Tomó un cuchillo y lo clavó en su propio pecho. Sintió el frío del metal atravesar su corazón. El dolor era inmenso. Pero seguía vivo. Al darse cuenta, lo sacó de su pecho, la sangre brotó a chorros. Sentía cómo su cuerpo se secaba, y cómo la presión bajaba. Pero a pesar de esto no moría.
Volvió a tomar el cuchillo y se lo clavó en la garganta; seguía sin morir. Se apuñaló una y otra vez. Después de un tiempo, él ya estaba seco, su piel era como una bolsa rota; ya ni siquiera podía respirar, pero seguía estando vivo.
A pesar de no tener aliento, se dio cuenta que podía articular palabras. Entonces llamó a la muerte para que se lo lleve.
De repente una hermosa mujer de piel color azul oscuro, cabello blanco y ojos rojos, apareció frente a él con una sonrisa burlesca. Ella se le quedó viendo unos segundos en silencio mientras su sonrisa crecía; ésta se puso la mano en la boca para no mostrar la risa que contenía.
El hombre la miró con cara de odio: "Deja de burlarte, cabrona, y deja que me vaya de este mundo en paz". Tras escuchar estas palabras, la mujer ya no pudo contener su risa; carcajeó de una manera maniaca, con un sonido tan intimidante, que incluso los bichos de las alcantarillas y las grietas se alejaron del lugar.
Las risas cesaron y ella volvió a tomar control sobre sí misma. Entonces ella habló con un timbre de voz que ningún humano había escuchado en vida: "Te gusta mucho el dolor ¿Verdad?" Tras una pausa, ésta volvió a reír.
La risa paralizó al hombre. Él lo único que quería era estar muerto; nada importaba realmente. Sin embargo, en aquel momento sólo sentía miedo; un miedo terrible que no podía explicar, ya que el miedo es resultado del instinto de supervivencia, y para él ese instinto estaba perdido desde el momento que decidió morir.
Acto seguido, la mujer se agachó, y lo besó apasionadamente. Entonces, el terrible dolor que sentía se intensificó. La sangre volvió a su cuerpo y sus heridas cerraron. Sus órganos se reintegraron. Él estaba vivo. Pero el dolor seguía ahí; y era tanto que no supo en qué momento la mujer se fue.

Lunes

Era un lunes por la mañana el día en que dejé de existir.
En los lunes el tiempo no transcurre. Sufres por el trabajo. Sufres por la escuela. Sufres por la nostalgia de cómo sufrías en la juventud aquel día. Tengas la edad que tengas: A nadie le gusta el lunes.
Pero yo soy distinto. Adoro el lunes. Es un día tan bonito: Veo a la gente sufrir por cómo odian el día. Es como ver una comedia negra desde la ventana de tus ojos. Sufren porque ya no están en el descanso y tienen que volver a su triste realidad.
El ambiente ese día está tan bajo que incluso los ninis, que deberían estarlo disfrutando, recuerdan lo patéticas que son sus vidas en las que pueden descansar el día en el que se debe sufrir. Todo aquel que haya tenido un buen lunes y sea lo suficiente sádico y maniaco como para disfrutar del sufrimiento ajeno, lo sabe.
Y así llegó ese lunes. Como ya dije: "aquel día en el que dejé de existir". Creerás que con esa frase ya te arruiné la historia contándote el final. Que ese lunes fue en el que mi corazón dejó de latir y mi vida en este mundo terminó. Pero no es así. Hay varias formas de dejar de existir; la muerte no es la única.
Ese lunes por la mañana (como solía suceder) estaba de buen humor. Si es que puedes llamar buen humor al tener que volver al trabajo con todos esos idiotas.
¿Me estoy contradiciendo? Probablemente.
Incluso para mí, hay un amor/odio por el lunes. Ese día es extraño. Por eso lo adoro.
Como iba diciendo: Llegué al trabajo mucho más temprano de lo normal y el primer idiota me saludó: "Qué frío hace. Debí quedarme en mi casa."
Me extrañó ese comentario ya que estábamos en medio del verano.
Pensé: "Este idiota sólo quiere una excusa para quejarse del lunes". Me reí por dentro.
Seguí caminando y el idiota número dos me saludó sonriendo: "Hola muchacho ¿Vamos por unas cervezas antes de comenzar el día?" Normalmente no habría aceptado, ya que me gusta ver sufrir a la gente en mis cinco sentidos. Pero la sed que tenía esa mañana era tremenda y el hecho de que las haya mencionado despertó en mí unas ganas incontenibles por aquel sabor agrio y fresco que llevaba meses sin probar.
Así fue como fuimos a comprar unas cervezas Indio. El idiota me dice: "¿Sabes por qué adoro estas cervezas?" Y yo le contesto: "¿Porque los que la fabrican se quieren creer muy patriotas llamándoles 'Indio' pero en realidad son unos grandes cerdos capitalistas?" Él soltó una risa nerviosa y volteó a ver alrededor como en busca de ayuda. Me enorgullecí de mí mismo pensando: "Qué fácil se incomoda la gente cuando la conversación gira en un rumbo que no esperan".
Rápidamente me empiné la cerveza y me fui sin decir nada. Me imaginé su cara de alivio y extrañeza por la manera tan peculiar en que se libró de la conversación.
Mientras caminaba de regreso comencé a sentir el efecto del alcohol por haberme tomado tan rápido la bebida. Tanto tiempo sin tomar y decido tomar una mañana en ayunas. No es lo más inteligente que puedo hacer.
Volví a la oficina y el idiota mayor (mi jefe) llegó a saludarme y me hizo preguntas como si le importara realmente mi vida. Eso sólo lo hacía los lunes: Esa desesperada necesidad por levantar el ánimo para que la productividad sea la misma ese día que los demás, era lo que más demostraba su empatía al odio de ese día.
Fui directo a mi escritorio para ya no tener que hablar con nadie. Me gusta ver la idiotez desde mi ventana; no compartirla. El platicar con tanta gente me estaba arruinando el lunes. A punto de llegar al escritorio aparece La idiota número uno y me saluda. Entonces ella me dice en un tono irónico y burlesco: : "Lunes. Odio los lunes" . Me sonríe y se va sin decir nada más.
Me doy cuenta que le devolví la sonrisa y pensé: "Ok. Ella tal vez no sea tan idiota... Tal vez." No sé si sea el efecto del alcohol de esa cerveza que me tomé, pero me extrañé al fijarme en lo que estaba pensando: ¡Se supone que es Lunes! Día de burlarme de todos los que me rodean. No día de despertar mi sensibilidad interna.
Me senté en calma, y cuando nadie estaba viendo me abofeteé a mí mismo varias veces. Las suficientes para volver a entrar en razón y dejar de pensar en ella por un momento. Veía a la gente llegar uno tras uno con sus ojeras y sus caras de "quiero estar dormido en mi casa, o por lo menos que me maten, sería menos doloroso". Eso era la sal de la vida y el recuerdo de por qué adoro éste día.
Pasaron las horas y el efecto del alcohol por fin aminoró. Entonces, en lo que creaba fluidamente la tira cómica del periódico, durante un instante eterno mi mente se perdió en el espacio. Me di cuenta que en esa pequeña distracción que tuve mi imaginación viajó hacia ella. Me volví a abofetear más duro que la vez anterior. Pero ahora me vio el idiota del escritorio de al lado. Volteó hacia mí y me preguntó en tono burlesco: "¿Te atacan los efectos colaterales del lunes?" Lo ignoré y volví a la nota. Ya no podía escribir.
Una frustración provocada por haber pensado en ella me envolvía. Volteé a ver al fondo de la oficina. Ella bloqueaba mi campo de visión, ahí entre las paredes verdes y los escritorios, vestida de blanco va caminando hacia el baño. La seguí con la mirada. Hipnotizado. Me imaginé su rostro pálido, sus labios rojos y carnosos y su cabello rojo rizado. Esos verdes ojos grandes y su sonrisa mientras recitaba las palabras: "Lunes. Odio los lunes." Pasaba en cámara lenta por mi mente. Esta vez no me abofeteé para que no vuelva a dirigirme la palabra el idiota de al lado. En cambio intenté controlar mi mente, pero no me fue posible. Ella era lo único en ésta.
No pude terminar la tira cómica que estaba haciendo. La idea que la noche anterior estaba tan clara se había esfumado por completo de mi cabeza; culpa de esa maldita (hermosa) idiota número uno. Pero ya que no quería que me despidan del trabajo hice una nueva creada por lo único que estaba en mi mente:
En aquella tira está un hombre mirando al vacío, entonces un letrero enorme aparece frente a él: "LUNES". En el siguiente cuadro la palabra lunes aparece rayado en todos los lugares y se ve la cara de desesperación del hombre mientras se arranca los pelos. En el último cuadro él se encuentra noqueado en el suelo con un globo en su mente de una hermosa mujer y su jefe de pie a su lado viéndolo con impaciencia dormir.
Habiendo terminado me fui a la oficina del jefe y le entregué la tira. Ella estaba ahí. Intentaba a toda costa evitarla con la mirada. Mi vida dependía de ello. Si ella notaba que la estoy mirando se acercaría a mí y quizás buscaría algo conmigo. No me podía permitir eso. Mi mirada se mantuvo firme al frente viendo al idiota mayor. No iba a dejar que ella me ganara.
Le entregué mi tira y él habló: "¿Ya conociste a mi nueva asistente? Se llama..."
Lo interrumpí y sin voltear a verla le respondí. "Sí. La conocí esta mañana."
Ella me miró. Lo noté de reojo. Me extendió la mano para saludarme. Cerré los ojos con fuerza. Me preguntó si estoy bien. Le dije que sí. Que simplemente tengo mal del lunes. Entonces me dirigí al jefe para decirle que terminé la historieta. Y antes de que pudiera decir algo pedí permiso para irme antes. Cosa que me concedió ya que le gustó mucho la tira.
Al día siguiente al ver la tira en el periódico, me di cuenta de lo que pasó en mi interior: Todo concordó para que ocurriera aquello que nunca debió ocurrir. Nunca me había interesado por nada de eso. Me parecía ridículo cómo la gente se perdía en aquello que llaman amor. Pero ahora me doy cuenta de lo que significa y que en verdad es mucho peor de lo que pensé.
Fue entonces cuando me di cuenta que había dejado de existir. En aquel momento a me convertí en el verdadero, único e inigualable rey de los idiotas.
Y de ese día en adelante, cada que despierto en las mañanas del Lunes y me veo en el espejo, me digo en un tono burlesco: "Lunes. Odio los lunes".
Aunque la mayor ironía está en lo patético que soy; ya que que a pesar del tono, lo digo en serio. Porque ahora en verdad... odio los lunes.