jueves, 24 de diciembre de 2015

En el color de la música

Entre susurros me deslizo,
me convierto en nada
cuando la melodía me habla.

Desaparezco del mundo
me rodean colores
se difuminan entre noches grises.

El sueño deja de existir;
desaparecemos juntos
a donde no hay nada más.

Sensaciones afloran,
me derriten
y me dejan caer en una nada
formada por lo inexistente.

De un futuro onírico que nace en mi interior.
Luces tenues se vuelven luciérnagas,
giran a mi alrededor,
sólo estoy yo flotando en vacío

en el que me vuelvo fuego,
en el que me vuelvo agua,
en en que me vuelvo humo.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Nakli

Un día desapareció mi perro. Eso nos ha pasado a todos, ya que los perros desaparecen por varias razones: ya sea por ir a buscar a la perrita que aman, perseguir al cartero o una intriga por la aventura. Cuando desaparecen, los papás mueven el mundo entero para encontrarlos. Muchas veces la búsqueda resulta un éxito; otras, no tanto.
Sin embargo, sea cual sea el resultado, los niños saben que tienen el apoyo de sus padres, y eso es un consuelo aceptable ante su soledad. Pero cuando desapareció mi perro fue distinto; mis papás no hicieron nada, dejaron que se fuera y no intentaron traerlo de regreso. Al final me di cuenta que todo quedaba en mis manos.
Uno se preguntará ¿por qué un padre sería tan cruel como para no ayudar a su hijo a buscar a su mascota perdida?
Para aclarar la situación tendré que contar la historia desde el principio y recordar aquella que fue la etapa más oscura de mi infancia. La cosa es que mi perrito, que por cierto, se llamaba Nakli, no había desaparecido como desaparecen los demás perros. No se había ido en cuerpo: sino que había desaparecido en alma: había sido reemplazada por la de otro can, y solamente lo había notado yo.
Puede sonar como una broma; yo mismo, a los nueve años de edad dudé de mi propia cordura. Sin embargo cada que volteaba a ver a mi perro, era como mirar a un perro de la calle; no lo lograba reconocer, y sabía que él tampoco a mí.
El día anterior a aquel incidente mi mamá nos llevó al parque, donde jugamos durante horas. Nos revolcamos en el lodo, y como consecuencia ella nos regañó a los dos; nos bañó con agua de las regadoras del parque para que no ensuciáramos el auto; y todo el camino me fui risueño, abrazando a mi perro que, ocasionalmente lamía mi cara y me hacía muchas cosquillas.
El día siguiente me fui con prisa a la escuela, de modo que no me pude despedir de Nakli.
Al volver, después de un duro día de ser molestado por los niños grandes, llegué corriendo a abrazarlo. Pero tras haberle dado el abrazo noté que había cometido un error: aquel no era Nakli.
Tenía una mirada tierna ese chucho, pero no era la mirada de mi perro.
Fui a decirle a mi mamá, a lo cuál me respondió: Él ha estado aquí todo el día ¿cómo puede no ser Nakli? Era una pregunta justa para una adulta, sin embargo yo sabía la verdad. Me fui a leer a mi cuarto y guardé paciencia para esperar a que mi papá llegara; sabía que él me entendería.
Cuando llegó fui corriendo a abrazarlo. Tras el abrazo me tomó con sus fuertes brazos, me cargó, me hizo el avioncito y me lanzó al sillón. Fue tanta la emoción que por poco me olvidé de contarle lo sucedido.
Tan pronto me di cuenta dejé de reír y con mucha seriedad le comenté de lo ocurrido con Nakli. Mi papá volteó a ver a mamá con extrañeza y como respuesta ella se encogió de hombros; me tomaron de la mano y fuimos los tres afuera a visitar al perro. Estaba seguro de que ahora sí me creerían.
El invasor estaba echado en el jardín, se quedó quieto al notar nuestra presencia, cosa que nunca hubiese hecho Nakli ya que él habría corrido a saludarnos y a jugar con nosotros; hice énfasis en esta observación, y mi madre respondió que tal vez esté cansado.
Mi padre le hizo una seña a ella para que no hablara; nos acercamos al perro y él pacientemente me demostró que tenía el mismo lunar en la lengua, el mismo pliegue en la parte trasera de la oreja, las mismas manchitas, el pelo igualmente distribuido en café con dorado y las mismas cejas espesas de labrador. Para mi papá esas características no podían ser de otro perro que no fuera el nuestro.
Le dije que lo mirara a los ojos y me dijera si cree que esa mirada es de Nakli; al hacerlo me dio la razón, y aceptó que esa mirada era rara, pero que quizás mamá estaba en lo correcto, que quizás Nakli estuviera cansado o enfermo y por ello no tuviera energías para moverse. Intenté protestar, sin embargo él me dijo que me fuera a dormir; y que si mañana seguía creyendo que ese no era nuestro Nakli, veríamos.
Al día siguiente me levanté antes de que saliera el sol para comprobarlo, y tal como me lo esperaba seguía sin ser Nakli. Y aunque no logré convencer a mis papás de que ese no era nuestro perro, ellos estuvieron de acuerdo en que era raro verlo tan tranquilo, así que lo llevaron al veterinario.
Tras otro día aburrido en la escuela, mi mamá me llevó a recoger al perro. El veterinario nos dijo que todo estaba bien con él; que a veces los perros tienen cambios de humor y no había de qué preocuparse.
Con aire de derrota mi mamá me llevó a casa.
Comprendí entonces que nadie me escucharía así que me puse a trabajar por mi cuenta. No podía poner avisos de "se busca", ya que lo que había desaparecido era su alma, no su cuerpo. Tampoco podía andarle diciendo a la gente, porque no me creerían. Estaba solo esta vez, y a pesar de que era una enorme carga para un niño de nueve años, yo lo vi como una aventura: yo sería como Bastián de mi libro favorito, La historia interminable; el único que puede viajar a ese mundo.
De ahí en adelante les mentí a mis papás y fingí que reconocía al perro que me acompañaba, pero en secreto le llamaba Trasplante, que era una palabra que encontré en una enciclopedia, que significa pasar las partes, como el corazón (que es donde está el alma), de un cuerpo a otro.
Le pedía a mi mamá que me llevara a los parques de perros y acompañado de mala gana por Trasplante, me ponía a ver la mirada de cada perro a ver si era Nakli. Eso hacía casi diario en tiempo de escuela y en vacaciones, pero nunca lo encontré.
Un día, regresé de la escuela llorando todo el camino porque un niño me había roto todos mis dibujos, llegué a casa y como ya no podía más, abracé a Trasplante y me puse a llorar sobre él; lamió mi cara tímidamente y me hizo muchas cosquillas. Me di cuenta en ese momento que era un perro con un gran corazón, que también se había sentido solo, y que extrañaba a su antiguo dueño. Por primera vez sentí cariño por Trasplante, y aunque quería mil veces más a Nakli, ese día dejé de buscarlo, ya sólo esperaba que donde fuera que se encontrara, estuviera feliz, con una familia que lo amara tanto como yo a él.
Al año siguiente, una semana antes de salir de la primaria estaba sacando a pasear a Trasplante, y por un momento me pareció ver la mirada de Nakli en un perro estaba en la esquina opuesta de la calle; me emocioné tanto que solté la correa y me puse a correr, sin importarme el camión que venía en camino. Trasplante estaba oliendo un árbol, así que tardó unos instantes en correr tras de mí; el camión lo atropelló y le dio una muerte instantánea.
Escuché su último aullido y volteé rápidamente; estaba en el suelo con el cuello volteado. No se movía. Comprendí que lo había matado; corrí hacia él y le pedí perdón. Lo empujé para despertarlo pero no hacía caso, lo abracé y me puse a llorar encima de él.
El señor que paseaba al perro que había creído que era Nakli me apartó rápidamente y me dijo unas cosas; pero yo estaba demasiado atónito como para escucharlo. Sentía que el mundo se caía sobre mí. Entonces el perro del señor me lamió; lo volteé a ver, y supe en su mirada que aunque se parecía, él tampoco era Nakli.
No fui a mi graduación. Me quedé en mi cama llorando durante dos semanas. Me odiaba a mí mismo y gritaba al techo pidiéndole perdón a Trasplante.
Mis papás estaban muy preocupados así que compraron unos boletos de avión a Ankara, Turquía; que era un lugar al que hace algunos años, tras haber visto unas fotos, les había pedido repetidamente a mis papás que fuéramos.
No era como me lo esperaba. Era un lugar insólito, lleno de gente misteriosa, con capas que les cubrían la cabeza y mucho calor, y aunque fuimos a todos los lugares bonitos de las fotos, mis papás me tomaban de la mano todo el tiempo, y cuando veían a alguien sospechoso, entrábamos a cualquier tienda.
Y a pesar que no era tan bonita ni tan divertida como la imaginaba, esa ciudad me hacía sentir tranquilo. Por alguna razón sentía algo de Trasplante en el aire; era como si siguiera aquí.
Dos días antes de irnos, fuimos a una plaza pública y me compraron una malteada. Estábamos sentados en una banca, y entonces vi a una muchacha paseando a un perro. ¡Era Nakli! Iba a correr a abrazarlo, pero me dije que era un tonto, y que por pensar eso Trasplante había muerto. Me entraron ganas de llorar, y entonces el perro me comenzó a ladrar; se soltó de la correa de su dueña y fue hacia mí. Me lamió la cara, dio vueltas sobre sí mismo, se sentó y me lanzó ladridos juguetones. Vi su mirada; me di cuenta que indudablemente era él.
En ese momento una ráfaga de euforia recorrió todo mi cuerpo y grité: "NAKLI, NAKLI". Y me puse a jugar con él, la mujer llegó recuperando su aliento, dijo cosas raras que no entendimos; después se puso a hablar en inglés con mis papás. No entendía bien qué decían, sólo palabras como "sorry" (perdón), "please" (por favor) o "dog" (perro).
Me dejaron estar un rato con él, y cuando terminó de platicar con mis padres, la señora se fue con Nakli; le reclamé a mi papá y me dijo que nos preocuparíamos más tarde.
   - Qué extraño -dijo mi padre- ella creyó que éramos turcos, porque le llamaste al perro Nakli; y me dijo que Nakli significa en turco, trasplante.
Esa noche soñé con Trasplante y Nakli. Jugamos los tres juntos en el parque, y, a diferencia de lo que yo creía, Trasplante no estaba enojado conmigo.
La mañana siguiente me levanté tarde. Mis papás no estaban y me habían encerrado en el hotel sin llave y hacía mucho calor. Me dejaron una nota que decía que llegarían a mediodía, que no le abriera a nadie. Así que me puse a ver Hora de Aventura doblada en turco -Jake, el perro tenía una voz rara- lo bueno es que ya había visto esos capítulos, y sólo me tenía que imaginar lo que decían.
La puerta se abrió y llegó mi mamá. Dijo que me tenía una sorpresa; me puso una venda en los ojos y me llevó de la mano; tras muchos pasos y muchos giros nos detuvimos y sentí cómo ella colocó mi mano sobre una superficie peluda; entonces escuche un ladrido. Era Nakli.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Perros celos

Llegaba y tenía el olor de otra lo detenía y no podía dejar que se fuera no sabiendo que había estado con otra me tenía que dar amor a mí si quería mi perdón no había manera que pasara a mi lado sin siquiera una caricia se detuvo y me saludó con su fingida alegría ya verá lo insoportable que puedo ser cuando me traiciona sí ya lo verá le muerdo la mano y lo lamo me restriego sobre él y me habla bonito en sus vocablos extraños al olerlo más me doy cuenta que no solo huele a otra si no a otro y a un gato también me engañó con un gato ese increíble hijo de su madre pero no escaparía me daría cariño y me miraría con culpa sí maldito traidor lo destruyo porque alguien como tú no merece un momento conmigo llegas a bañarte bien hecho ahora sólo olerás a mí eres mío y que tus manos me acaricien el torso que me acaricien detrás de las orejas y la panza dime que soy tuya háblame bonito ni sabes lo cerca que estuviste de perderme lo cerca que estuviste y te vas y me dices que soy linda y me dices que me amas y te vuelves a ir y te vas nuevamente y me dejas a merced del día y regresas oliendo a otros nuevamente y también tienes un olor a humana por qué me haces eso por qué me abandonas por otra te necesito te quiero yo no te dejo solo pero tú me destruyes por dentro en serio cómo puedes vivir sabiendo lo que me haces y te vuelvo a querer y te vuelves a ir y ahora regresas oliendo a la humana y a esos perros y me presentas a la humana y eres tan descarado para presentarme a esa perra a la que olías le digo que más le vale no meterse contigo a ella no le importa y por más que la amenazo no cede y entras y me dejas con la otra no puedo hacer nada al respecto más que aguantarla y te vas nuevamente y regresas y se quedan juntas y por qué ella ya no se va y ella despierta aquí y ella me saluda y tú también y la saludas a ella y hazme caso y no le hagas caso a la otra humana y hazme caso y me acaricias unos momentos y me quieres pero no tanto y se hace noche y se hace día y hace calor y llueve y hace frío y hace calor nuevamente y llevo mucho sin sentirme querida pero ya no es tan mala la que me acompaña mientras no te toque y le gritas a la humana y ella te grita de vuelta y pelean y en la noche pelean nuevamente y en el día también y ella se va sin ti y se va sin la perra ahora me siento sola pero ahora estás de vuelta y pasas los días conmigo y sabe tu cara a sal y me rodeas y me das calor y ahora estamos los dos juntos y esa maldita perra no me volverá a molestar

jueves, 22 de octubre de 2015

Arquitectura viviente

Supervivencia inviable
Imposibles hogares
Casas en adaptación
Ambientación sobre quietud
Inmovilidad estática
Estatua de sueño
Onírico lo triangular
Pirámide de palabras
Babel canalizado
Canales en vida
Vida ascendente
Escalera a lo divino
Deidades representadas
Reflejo de montañas
Cerros en celosía
Muros nocturnos
Crepúsculo de vidrio
Cristales de sol
Luces de plata
Argentado rascacielos
Edificación monumental
Monumento a lo gigante
Enorme expansión
Crescendo en civilización
Ciudades obreras
Trabajadores de lo perdido
Errantes sin identidad
Distinción limitada
Frontera destruída
Caos de creación
Construcción a la vida
Vigor del crecimiento
Desarrollo al alma
Espíritu en fuerza
Forzado lo vanidoso
Narcisismo destructor
Ruptura a lo natural
Orgánica existencia
Estancia esencial
Fuente de lo invisible
Impalpable continuidad
Ritmo en evolución
Avance a las cenizas
Escombros para renacer

viernes, 9 de octubre de 2015

Yucatán mon amour

Vámonos a ese lugar en el que las palabras fueron olvidadas, dejemos este paraíso para ir a aquel otro, en el que lo perdido ha encontrado su santuario.

Allá donde las casas están pintadas de una nostálgica alegría, y los faros se cuelgan de estas para darles luz en las noches más oscuras.

Vamos a donde se cocina con tinta indeleble para que los sabores se impregnen en el paladar del degustante.

Aquel sitio en el que los rastros de una civilización perdida no fueron sacrificados por un falso ideal.

Vamos a aquella tierra donde las aguas nos conectan debajo de nuestros pies para que nos volvamos uno mismo con todo.

Donde ni siquiera una blanca nube perdida en un cielo azul tiene miedo de lucirse un momento al orquestar una lluvia de chispas frente al ardiente sol.

Vayamos a donde las pirámides miran al cielo mientras son acogidas por su madre jungla.

Donde las historias cobran vida y las contamos en un eco con distintas voces que se funden en una misma.

Naveguemos bajo tierra hasta descubrir el mundo más allá; encontremos lo perdido; vivamos lo que no es nuestro; dejemos que las aguas nos abracen; y escuchemos los colores en el palpitar de nuestro corazón.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Muñeca ciega

En toda comunidad existe un lugar del cuál se habla, con historias que cambian dependiendo de quién las cuente; esa ciudad del sudeste mexicano no es la excepción, y el sagrado manantial donde nacen las narraciones se llama El hotel Marioneta, un lugar peculiar en una pequeña metrópolis. Leyendas urbanas lo rodean; todas con las contradicciones de cualquier sitio que goce del privilegio de ser tema de conversación en una noche de copas.
Se dice que fue un prostíbulo de niñas antes de consolidarse como lugar público, y que la muñeca que está en la entrada es una representación de su sufrimiento, la cual se postra tras la recepción a modo de penitencia. Una historia más verosímil es que los dueños originales: una pareja cuya esposa era una habilidosa titiritera, hacían su espectáculo de marionetas en la sala central; un día ella murió desnucada en una banqueta, el marido vendió el lugar a una gran cadena hotelera que llevaba tiempo pidiendo la venta del local bajo la condición que mantuviera el nombre; y que la muñeca estuviera a la vista de todos aquellos que visitaran el hotel.
No se sabe si estos rumores fueron propagados por los mismos hoteleros como promoción, si a los clientes imaginativos se les ocurrían al ver tan peculiar muñeca, o si de verdad fueron sucesos que ocurrieron antaño. Lo cierto es que esos rumores que circulaban eran una trampa para turistas en la que caían como moscas, de modo que iban a hospedarse en el hotel sólo por el gusto de vivir en el arcaico lugar rodeado por voces de aquellos que gustan de contar historias.
Y debo confesar que yo fui una de las víctimas de estas leyendas. Estaba fascinado por la mitología que existía detrás de este hotel, y si iba a ir de viaje a esa zona, tenía que hospedarme en aquel lugar.
Los tapetes eran color escarlata, las paredes amarillas; y en el mostrador, encerrada dentro de un cristal como pieza de museo, se encontraba la 'marioneta'; que en realidad no era una marioneta ya que carecía de hilos, era una muñeca de trapo muy del estilo del sureste mexicano, con la cara desproporcionadamente grande respecto a su cuerpo y vestida de una túnica blanca con bordes púrpura; sin embargo poseía una peculiaridad, esta no tenía ojos, y en su lugar había unas cuencas. A esta le llaman La ciega Ximena.
La desilusión inicial de que tal variedad de historias rodearan una pieza de trapo tan insignificante, con el paso de los días se fue transformando: Cada que volvía de pasear por la zona, probar sus sabores, visitar sus sitios turísticos, me detenía a verla a ella, cada día más tiempo. La recepcionista, que era bastante guapa, me miraba con curiosidad. Me decía que nunca había visto a nadie que se apegara tanto a Ximena, salvo a algunos recién llegados. Me sonrojé ante tan severa declaración, y me fui a mi habitación sintiéndome levemente humillado por las palabras de la mujer.
Aquella noche pensé en la muñeca antes de dormir y me levanté después de una pesadilla de la cuál no recuerdo más que un lugar al que tenía que llegar, y unos seres que no me permitían el paso. No pude reconciliarme con Morfeo, volteé a ver el reloj, cuyos números marcaban las 2:44am, y decidí que no serviría de nada quedarme viendo el techo; que una caminata nocturna me haría bien.
Salí de mi habitación, bajé las escaleras, recorrí la alfombra que producía un sonido suave bajo mis pasos. No se veía nadie en el hotel, la recepcionista no estaba en su puesto y yo era el único ser despierto en aquel lugar.
Antes de salir di una vuelta para ver a Ximena. La muñeca, tan ciega, sufriendo la soledad y el encierro. No me explicaba cómo un hombre podría ser lo cruel como para hacerle algo tan terrible al último recuerdo de su esposa (si es que esa versión era verdadera). <<Sea cual sea tu origen, quiero que sepas que no estás sola, no mientras yo me encuentre aquí>> le dije en un tierno susurro. A los pocos minutos me encontré sentado frente a su jaula de cristal. Nos mirábamos frente a frente, convencidos de que las palabras están de más cuando el lenguaje de una mirada dice más que todo el vocabulario de la humanidad; especialmente cuando una es de ceguera y otra de pasión. Nuestro momento fue eterno y no supe en qué instante regresé a mi habitación. Al día siguiente la miré un largo tiempo antes de salir. De ese modo cada uno de los días siguientes pasaba más tiempo con Ximena. La recepcionista seguramente se burlaba de mí cuando platicaba con sus compañeros, pero ya no me importaba; esa muñeca era lo único que ocupaba mi mente, de modo que ya me resultaba indiferente salir o no como turista. Pero se acercaba la fecha de mi vuelo de regreso.
Pedí hablar con el dueño del hotel e intenté hacer un trato para quedarme con Ximena. A lo que me respondió que esa muñeca mantiene al hotel lleno de gente, incluso en temporada baja; y si tanto la deseo habría de comprar el hotel.
Tras haber colgado comprendí el grave error que cometí al hablar con él; ahora sospecharían de mí si intentara algo arriesgado. Pero a pesar de todo decidí tomar acción.
Aquella noche me mantuve despierto en mi habitación hasta la misma hora que una semana antes. Y cuando llegó el momento me puse en acción. Tal como esperaba, tampoco había nadie esa noche; fui sigiloso y tomé la caja de vidrio de Ximena. Salí del hotel con ella en mis brazos. En un callejón tomé una piedra y rompí el cristal que la separaba de mí. Sentí su calor al tacto. La abracé como una raíz abraza la tierra, sentí su rostro sobre el mío. Y como si mi alma dependiera de ello, corrí hacia el aeropuerto; mi equipaje se quedaría en manos del hotel pero no importaba. Sólo Ximena la bella en mis brazos, que en mi oído me susurraba las gracias, le decía que yo la protegeré, me besó la mejilla y juntos tomamos el avión.
A la mañana siguiente la recepcionista despertaría de con su amante para no encontrar la muñeca. El caos cundiría y el hotel perdería su prestigio. Me buscarían a mí para llevarme ante la ley, pero yo estaría muy lejos con Ximena. Ambos estaríamos muy lejos.
O tal vez el hotel no caiga en quiebra. El hotel mandaría a hacer una muñeca igual y nadie se enteraría nunca de su desaparición.
Quizás nos volveremos parte de una leyenda más que iría así: un turista llegó y se enamoró de la muñeca del hotel Marioneta; pasó los días y las noches contemplándola y en la última noche la rescató; rompió el vidrio de su jaula y ella no sólo cobró vida, sino que recuperó la vista. Ahora viven juntos fuera del alcance de aquellos que la aprisionaron.
Eso era lo que La ciega Ximena esperaba, desde adentro de su jaula de cristal tras escuchar a aquel turista decepcionado por la sencillez de esa marioneta sin hilos. Pero los días pasaron y el turista no le volvió a poner atención.

martes, 15 de septiembre de 2015

Un doppelgänger y su reflejo

La volteó a ver una última vez antes de dejarla caer al vacío. Dio un salto fuera del espejo y le permitió a su reflejo caer a donde no había nada, al otro cielo. Y cuando llegue la muerte de su otra yo, la chica ya no estará sujeta a las leyes de este mundo.
Para completar el asesinato tendrá que evitar aparecer en un espejo, ya que si se encontrarse con algún reflejo antes de que ella muriera todo esfuerzo sería en vano. Se cubrió con tela negra y tal como lo planeó, penetró en la oscuridad de un edificio abandonado, se sentó a esperar y en su contemplación pensó en cómo habría sido para su reflejo salir volando y golpearse contra el techo, caer a una nube, al cielo, hasta la estratosfera donde moriría de asfixia. Así tenía que ocurrir. ¿Y si en el otro mundo las reglas fueran distintas? Seguiría, en ese caso, volando al espacio infinito esperando sus últimos instantes de vida. El vértigo la atrapo; la idea de caer a la nada sin algo de dónde sujetarse contaminó su ser. Pensó en la tortura que le estaba infligiendo a su otra yo, en sus lágrimas mientras caía al cielo. Era algo que no se podía permitir. Sin embargo la ayuda no llegaría para ella, le tocaría ver la muerte descender sobre su otra yo, y ella sería la mente maestra que la orquestó.
Sintió entonces como si algo se hubiera roto dentro de ella, un vacío dentro de sí misma que se volvía a cada instante más oscuro, como si algo no le perteneciera. En ese momento las lágrimas comenzaron a brotar por sus mejillas. En vano pidió perdón a su otra yo, se disculpó por haberla asesinado y haberle hecho pasar tales momentos de angustia.
Se le ocurrió que aún tenía una oportunidad para rescatarla. Rápidamente se quitó la capa, salió del edificio abandonado y corrió a buscar un espejo. Las calles se reducían en su agonía, le faltaba el aire, pero tenía que apresurarse; entró en un local, al baño, encendió la luz. En el espejo no estaba ella. Acercó su mano a aquel vacío que duplicaba su espacio y salió disparada hacia atrás.
La euforia se apoderó de ella cuando vio su imagen en el espejo. Entonces sintió una falta de pertenencia propia, los movimientos no eran suyos. Como si la movieran con hilos levantó sus manos, se movió de un lado a otro, se dio cuenta que estaba sujeta a su otra yo; se movía adelante y atrás, se dirigió una sonrisa. Movió sus labios para decir “gracias” y se fue caminando. El espacio cambió, ahora estaba en la calle, acto seguido dentro de un ojo, en las puertas de un auto, en las paredes de un edificio, su figura cambiaba, más gorda, más delgada; el mundo se volteaba en las cucharas, en los muebles, en todo aquello que la rodeaba; se multiplicaba y se volvía a hacer una, durante largos lapsos de tiempo se miraba a sí misma de pies a cabeza, como si los necesitara para comprobar que existía.
Ahora que la obsesión de su otra yo eran los espejos, estaba lista para vivir su castigo por haber intentado asesinarla. Entonces se le ocurrió que quizás su otra yo era la verdadera, y que ella siempre fue el reflejo que la otra asesinó y que era la verdadera yo a quien le tocaba contar cómo su falsa yo se volvió un reflejo.

martes, 8 de septiembre de 2015

El niño que jugaba su vida.

El niño jugaba a que era enterrado en su funeral. Jugaba que era un anciano solitario. Jugaba que descubría que tenía cáncer. Jugaba que su esposa fallecía. Jugaba que sus amigos morían. Jugaba que estaba en el espacio por última vez. Jugaba que su esposa le deseaba suerte en su última ida a las estrellas. Jugaba que odiaba estar en la Tierra. Jugaba con sus viajes a la luna. Jugaba que no pudo estar ahí para ver el matrimonio de su hija. Jugaba a que ayudaba a construir la primer colonia en la Luna. Jugaba que no podía ver a sus hijos crecer. Jugaba con mensajes de video a distancia. Jugaba con la soledad del espacio. Jugaba con la vez que pidió la mano a la mujer que amaba. Jugaba con las veces que la veía de lejos con temor. Jugaba con el primer satélite que reparó. Jugaba con su primer viaje al espacio. Jugaba con la vez que pasó su examen para ser astronauta con reconocimiento. Jugaba que se dedicaba a estudiar todas las horas. Jugaba que le rompieron el corazón. Jugaba con su primer amor. Jugaba con la primera vez que se embriagó. Jugaba que iba a la secundaria. Jugaba que el niño jugaba su vida. Jugaba que lo molestaban. Jugaba que su papá era su mejor amigo. Jugaba que se hacía pipí en el pañal. Jugaba que dijo su primer palabra. Jugaba que no sabía caminar. Jugaba que nació. Jugaba que estaba dentro del vientre de su mamá. Jugaba que un esperma y un óvulo se acababan de encontrar.

lunes, 31 de agosto de 2015

A la orilla de un lago helado

Ese día mi papá y yo fuimos a visitar a mi madre. Llevábamos tres años sin verla. No supimos nada de ella desde su desaparición. Creímos que estaba muerta o que la habían secuestrado.
Años de comida rápida en silencio, de llanto y de una ausencia de comunicación nos habían unido en momentos de profunda nostalgia que se fundían en una comprensión mutua que nunca antes de su desaparición habíamos tenido.
El habernos enterado que no sólo estaba viva, sino que en un hospital psiquiátrico en Islandia fue como haber sido golpeados por un tren en la noche, sin saber que estábamos acampando sobre unas vías.
El viaje en avión fue eterno y el frío de aquel lugar se sumaba al de nuestros corazones tras habernos enterado de tan absurda situación.
La ira por haberse ido sin decir nada, la alegría de que estuviera viva, el dolor por su estancia en un manicomio. Realmente no sabíamos qué era correcto sentir, así que tomamos la decisión unánime de no sentir hasta que supiéramos lo que ocurría realmente.
Aunque muy por dentro sabíamos que no era posible. Y mientras menos dijéramos, más perdidos nos sentíamos.
Quizás en cualquier otra circunstancia habríamos podido apreciar la belleza de la ciudad bajo la nieve de febrero; sin embargo así como estábamos sólo veíamos un paisaje gris y monótono. La música del estéreo reflejaba la frialdad del lugar era lo único que me apaciguaba. Pero no estaba seguro respecto a mi padre, a quien desde que recibió la noticia le temblaba la voz, y todo lo que decía lo hacía con timidez.
El día anterior a la visita nos quedamos a dormir en un hotel. Estaba prácticamente vacío y por ser temporada baja nos dimos el lujo de rentar dos habitaciones distintas en lugares opuestos del local. Necesitábamos tiempo para reflexionar.
Aquella noche no pude dormir, así que me decidí a salir a caminar. Quería ver lo que mi mamá había visto. Comprenderla antes de verla a ella. El recepcionista me dijo en un inglés de acento muy pausado que no me lo recomendaba ya que, al ser extranjero, podría pescar una enfermedad. Le sonreí y le dije que ese sería mi problema. Salí entonces y el frío me golpeó. A los pocos minutos con mucho dolor. No quería volver al hotel por un rato así que fui en búsqueda de alguna cantina o cualquier lugar que estuviera abierto de noche.
Giré por una calle, luego por otra y más adelante por otra. Incluso en el extranjero me jactaba de mi sentido de orientación así que no me preocupé de perderme. Sin embargo por más que caminaba no encontraba nada abierto. Sólo pensaba en seguir y no volver. El frío no me detendría. Tan adentrado estaba en ese proceso mental que no supe en qué momento se apagaron las luces.
Las siluetas de los edificios se alcanzaban a ver por la tenue luz de creciente que se alzaba en el cielo.
El frío desapareció de mi piel. Sólo estábamos la ciudad y yo. Aún la nieve crujía tras mis pasos y aún el aire soplaba gélido. Sin embargo mi cuerpo ya no me pedía refugio. Seguí caminando hasta que al final de la calle me encontré con una niña. No podía ver bien su rostro, pero su voz era dulce.
- Ven -me dijo- no querrás estar aquí cuando ellos lleguen.
- ¿Qué haces en la calle a estas horas? -le pregunté con una voz que no era mía.
- Me gusta ver la luna -se limitó a responder.
Sin humor para decirle algo más asentí. Acto seguido se acercó, me tomó de la mano y me llevó por las calles a gran velocidad. Yo tenía que dar pasos muy veloces, casi correr para seguirle el paso, no obstante parecía que ella estaba caminando.
Me llevó a través de las sombras hasta que llegamos a un lago congelado. Ella caminó sobre él. La volteé a ver y noté que ella era más alta que yo. Ya no era una niña. Sin embargo no lograba ver su rostro, ya que una nube estaba tapando la luna.
Nos sentamos en la nieve y fue hasta entonces que noté que me cuerpo había cambiado. Yo era un niño nuevamente. Tenía pies muy pequeños y la ropa de invierno que ahora era distinta.
La luna entonces mostró su rostro. Y a su vez el rostro de la mujer que estaba a mi lado. Al mirarla quedé atónito: era mi madre.
Ella notó mi desconcierto al verla. Fue entonces que me sonrió y me dio un abrazo cálido que se prolongó hasta el punto que no sabía a quién pertenecían las lágrimas. Esa muestra de afecto perpetuo que decía claramente todo lo que nuestros años de ausencia significaban y la fuerza de aquel reencuentro. Ella se desvaneció en la oscuridad cuando la luna volvió a ser tapada por una nube.
Lo siguiente que escuché era el sonido de unas máquinas. Todo estaba blanco y yo estaba en el hospital. Mi padre a mi lado dormido sentado.
Al día siguiente llegaron los doctores a explicarme que me encontró una pareja tirado afuera de su casa y me llevaron al hospital; que si no fuera por ellos habría muerto. Por su lado, mi padre no había ido a ver a mi madre. No quería hacerlo sin mí.
Cuando me dieron del alta en el hospital, fuimos a visitarla, no obstante ella ya no estaba ahí. El cómo había llegado a Islandia permaneció como un misterio. Los psiquiatras nos explicaron que la encontraron años atrás en la calle, creyendo que era una niña, y que no pudieron contactar con nosotros hasta que una enfermera escuchó a mi mamá decir nuestros nombres en sueños. Antes de irnos, nos mostraron la ropa de ella: la habían encontrado cinco noches antes, a la orilla del lago Tjörnin.
Mi padre lloró. Yo sonreí.

sábado, 22 de agosto de 2015

El agua y su niña

Aquella tarde los truenos comenzaron a caer. La chica estaba al lado de la ventana entreabierta, contemplaba cómo el agua hacía del viento algo visible. Remolinos ondulados caían con fuerza al suelo. La brisa humedecía su rostro y ella respiraba profundo. El sonido de los relámpagos al caer era como un fuerte oleaje en el océano. Ella lo recibió como a un viejo amigo. Recordó entonces aquella tarde en la playa doce años atrás. En aquel entonces era sólo una niña de seis años de edad. El mar era un manto ondulado color azul tinto y no se veía ni una nube en el cielo. A la distancia había una silueta de un barco. Bajo sus pies, la arena era suave y no quemaba.
Pensar que unos minutos antes había peleado con su mamá porque no le gustaba el desayuno que preparó. Su madre no lograba entender que la papaya le hacía daño. Ni siquiera cuando la vomitó frente a ella. En cambio, en vez de apapacharla, le soltó una bofetada. Salió de la casa corriendo y no se detuvo hasta llegar a la playa, donde se lanzó al mar.
Las olas eran sus amigas. Jugaba con ellas a sumergirse debajo de estas, ponerse en posición de flecha y surfearlas con su cuerpo, flotar detrás de donde reventaban, y a momentos incluso a ser revolcada. El agua era su entorno.
Una ola la llevó hasta la orilla y de un momento a otro, la marea retrocedió. Creyó que el mar estaba jugando con ella a que no me alcanzas, así que corrió hacia adentro para alcanzarla. Detrás de sí, le pareció escuchar la voz de su madre llamándola a gritos; volteó hacia atrás y efectivamente, allí estaba, corriendo para alcanzarla.
Enojada, la niña siguió en sentido a donde estaba el agua, corriendo para que no la alcanzara; sin embargo su mamá iba más rápido. La tomó de su cuerpo y la llevó cargando de regreso a la orilla. Le estuvo a punto de reclamar que la dejara ir al agua, pero cuando la volteó a ver, notó que su rostro estaba cubierto de lágrimas.
La tsunami de aquel día se llevó la vida de muchos. Pero no la de la niña ni la de su madre. Desde entonces ninguna de las dos ha vuelto al mar.
Ahora mirando la lluvia, ella ve a su amiga, el agua, caer salvaje sobre el patio de su casa. Decide que es hora de salir, y tal como hizo años atrás, jugar con el agua. La lluvia era salvaje. Las frías gotas la golpeaban al caer sobre ella, sin embargo la chica se mantenía en el agua, bailando con la lluvia. Los relámpagos eran constantes. Y conforme iban pasando ella recordaba las olas y gritaba con euforia.
De pronto una ráfaga de viento la tomó y la elevó. No podía salir de ahí, tampoco quería hacerlo. Veía el mundo hacerse más pequeño hasta que no podía reconocer una casa de otra. Se dio cuenta que ella controlaba la dirección del viento que la llevaba. Le comando que la llevara al mar.
La niña estaba en el mar jugando con las olas cuando el mar retrocedió. Imaginó una tarde de lluvia en la que recordaba este momento años después. Sabía que un tsunami se acercaba, sin embargo el mar era su amiga y no le haría daño. Su madre no se encontraba detrás, seguramente se encontraba en la cocina limpiando su vómito sin tener manera de enterarse de la terrible ola que venía en camino.
Fue corriendo tras el mar y éste dejaba a su paso ver conchas y caracolas abandonadas por el tiempo. Encontró una del tamaño de su palma e intentó soplar. Pero de esta sólo salió agua. Volvió a intentarlo con más fuerza y salió un sonido que parecía de un ave colosal. El cielo, un minuto antes despejado, se nubló. Comenzó a llover. Cayeron relámpagos. La ola más grande que había visto tomó forma y se detuvo muy cerca de ella. Llegó una fuerte ráfaga de viento; sintió unas manos que la tomaron y la elevaron de donde se encontraba.
Debajo de ella la ola reventó.

jueves, 6 de agosto de 2015

Concierto desconcertante

Cuando me di cuenta, la música se había convertido en ruido. A mi alrededor la gente sudorosa brincaba de emoción, gritaba, cantaba con los músicos y se movían como bestias tribales. Incluso mi novia se había convertido en una bestia salvaje que gritaba al ritmo del rock que resonaba en el estadio.
Entre mis distracciones recibí un codazo en la cara. Regalo de parte del Golem colosal que bailaba a mi lado. Caí al suelo donde me pisaban desapercibidamente. Las energías para levantarme habían cesado. Que me pisen cuanto gusten. Al cabo que aquí es más fácil que allí arriba.
Entonces el mundo a mi alrededor creció. Las figuras se alargaron y yo me estaba haciendo cada vez más pequeño. De este tamaño era más fácil moverme entre el bosque de gente. Sin embargo entre lo viscoso del suelo cada paso que daba requería un gran esfuerzo.
Por fin sobrepasé la barda y llegué a la zona segura. Estaba llena de papeles y basura. El ruido hacía temblar el suelo y me sentí desesperado hasta que encontré entre la basura a un brasier de flores cuya tela lograba amortiguar muy bien el sonido. Era acolchonado y sobre éste caí en brazos de Morfeo.
Sobre aquella prenda femenina soñé con el golpe. Y con una ambulancia. Y con una cama de hospital. Y con mi novia llorando.
Me preocupé por ella ¿Cómo se pondrá cuando sepa que no estaré del tamaño para complacerla en cama? Ya luego me las arreglaría.

El jazz del ciego y la fantasma

El hombre, sensible ante lo que le rodea, se percató de una presencia inusual que entraba en la habitación.
- ¿Quién eres? –le preguntó a la presencia.
- ¿Puedes verme? –dijo la voz de una niña.
- ¿Ver? –rió- Ya hace mucho tiempo que perdí mi visión.
- ¿Entonces cómo sabes que estoy aquí? ¿Cómo puedes oír mi voz? Eres la primer persona con quien tengo contacto desde... –interrumpió su diálogo y la habitación quedó perpleja en un espeso silencio durante unos segundos.
- Piensas que soy una ilusión ¿verdad? –dijo el ciego- Después de todos esos años muerta y de ser ignorada es normal creer que tu mente te está jugando trucos.
- ¿Pero cómo…?
- Es lo mismo que sientes cuando pierdes la vista. Sientes que el mundo se ha olvidado de ti. Y no hay visión que te asegure que no es así. Sólo te toca aceptar lo que crees que te rodea.
- ¡Pero no es justo! Tú estás vivo. Tú puedes sentir si te tocan. Te pueden abrazar. Yo sólo puedo… Estar.
- Sin embargo puedes viajar. Puedes ver cosas que nadie ha visto ¿has ido al fondo del mar? ¿Has subido una montaña? ¿O sólo te has quedado vagando y lamentándote porque nadie te hace caso?
- No lo entiendes. No entiendes nada. Eres un ciego estúpido. Cuando estaba viva siempre fui solitaria. Ahora me doy cuenta que la felicidad, sin ser compartida es como comer sin sal. Pero tú al menos puedes comer.
- Dejaré pasar ese insulto sólo porque te comprendo. Una vez hace ya varios años me visitó uno de los tuyos. Esto te puede interesar, así que pon atención. Me dijo que había aprendido la manera de ir al mundo de los espíritus, pero antes de partir quería comprobar si algún humano podía percibirlo. Era un muchacho curioso, lástima que después de haber platicado conmigo se hubiese ido.
- ¿Al mundo de los espíritus? ¿Y te dijo cómo se llega ahí? –preguntó la fantasma con un aire de emoción.
- Por supuesto. Platicamos un largo rato antes de que se fuera. Al parecer él tenía tanta curiosidad por saber cómo percibía un ciego el mundo; como yo por saber qué se sentía estar muerto. Al final, él temía que mi espíritu se volviera ciego también; así que me dijo la manera para que no vague como espíritu perdido por el mundo.
- Dímelo –demandó la fantasma.
- Claro que no. Me advirtió que si un vivo cuenta en voz alta ese secreto lo olvidará para siempre. Pero cuando muera te lo cuento con gusto.
- ¿Cuántos años tienes?
- ¿Qué no me ves? Estoy seguro que no me veo tan mal como para pasar por un anciano. Tengo cuarenta y seis orgullosos años ¿Por qué la pregunta?
- Pues quería ver si faltaba poco. Pero para que te mueras pueden pasar décadas.
- Claro. Soy un ciego en plena juventud y con una vida por delante.
- Pues dime. De todas formas, tú puedes sentir fantasmas. En el tiempo que te queda ya llegará uno que te dirá nuevamente cómo hacerle.
- Y tú tienes un tiempo infinito para encontrarte con otro fantasma y preguntarle.
- Pero ya le he preguntado a fantasmas cómo salir de aquí. Ellos sólo se burlan de mí y me ignoran, como si fuera lo más obvio del mundo.
- Entonces busca tú la manera, estoy seguro que la encontrarás. Lo lamento. Pero un ciego como yo no puede andarse con tales riesgos y tú tienes todo el tiempo del mundo.
La fantasma lanzó un suspiro y frustrada, se retiró de la habitación. El hombre buscó a tientas sobre la mesa el control del estéreo, presionó el botón de play y comenzó a sonar una pieza de jazz.
A las pocos minutos, cuando él estaba a punto de caer dormido, volvió la fantasma.
- Ey, volví ¡No te duermas, ciego! Se me ocurrió una hermosa idea ¿Listo para escucharla? –el ciego tardó unos segundos en reaccionar, soltó un sonido incomprensible-. Tomaré ese gemido como un sí. Ahí va... ¿Y si te mueres por mí? –preguntó con una voz cargada de emoción.
- ¿Estás loca? –respondió el ciego aún con la cara entumida.
- Yo te mataría para que me dijeras el secreto. Pero no puedo. Tú mátate. Vamos.
- ¿Qué?
- Piénsalo bien… -hizo una pausa- ¿Qué es esa asquerosa música? Apágala. Estábamos mejor en silencio. Bueno, continúo antes de que pierda la idea. ¿De qué te sirve estar vivo si eres ciego? No sirves para nada.
- Claro –replicó sarcásticamente- ¿Cómo no había pensado en morir? Eres una genio.
- ¿Verdad que sí? ¿Entonces lo harás por mí?
- No. Que sea ciego no me vuelve inútil. Aún disfruto de la vida y no me la quitaré por una niña caprichosa.
- Lo que pasa es que tienes miedo.
- Totalmente. Estoy aterrado. Ahora respeta eso y déjame en paz.
- ¿Eso fue sarcasmo? Oye. No me iré hasta que me lo digas. Y apaga esa horrenda música.
- ¿Si te parece horrenda por qué no te vas y nos quitas de líos?
- Si quieres que me vaya dime cómo llego al mundo de los espíritus.
El hombre subió el volumen de la música hasta que la voz de la niña era casi imperceptible.
- Apaga eso…
La niña arremetió contra él; naturalmente al ser fantasma, en vez de lograr un impacto entró a su cuerpo. Entonces ya habiendo poseído su cuerpo levantó al ciego de la silla y comenzó a caminar.
- ¿Qué haces? –Le dijo el ciego.
- Rayos –respondió la fantasma con la voz del hombre–. ¿Por qué tenías que ser ciego? Ahora no veo nada. No será fácil matarte. Pero estamos caminando sin ir a ningún lado. Así que en algún momento tendrá que ocurrir algo catastrófico y morirás. Así me contarás todo sin olvidarlo y podremos ir juntos al otro mundo. Soy toda una ge...
No pudo terminar la frase ya que en su caminar chocó contra una mesa, luego con una pared, poco después con otra.
- Es muy difícil esto -se quejó ella antes de chocar contra otra pared y caer de un sentón al suelo.
- Ni siquiera sabes hacia dónde ir. Está bien. Suelta mi cuerpo y te diré cómo ir a ese mundo.
La fantasma rápidamente salió del cuerpo del anciano y se puso a dar vueltas por la habitación con gritos de excitación.
- ¿Ves lo fácil que era? Ahora dímelo.
El hombre buscó a tientas el camino de regreso a su silla y bajó el volumen de la música.
- Busca un espejo y atraviésalo -le dijo.
- ¿Es todo?
- Sí. Vas. Encuentras un espejo y pasas a través de él. Hay uno en mi baño. No me sirve, pero es para las visitas. Ahora ve y déjame en paz. Está al final del pasillo a la izquierda.
La fantasma, sin decir nada, se dirigió a toda velocidad soltando aullidos de radiante emoción que se volvían más tenues conforme se alejaba. El ciego respiró profundamente y se intentó relajar, sin embargo no podía. Le había dicho a la fantasma el secreto del mundo los espíritus y él no lo había olvidado. Presionó el botón para apagar la música y así detectar con mayor facilidad cualquier presencia que se le acercara de vuelta, pero el control ya no servía, la música seguía sonando y él se preguntó si el fantasma lo había engañado. De ser así la fantasma volvería pronto a reclamarle. Pasaron dos o tres canciones pero la niña no volvió. <<Sólo un muerto puede recordar el secreto, así que no se lo cuentes a nadie>> le había dicho el muchacho fantasma años atrás. Las palabras se estancaron en su mente mientras el cd de jazz llegaba a su última canción para sublimar el silencio que le prosiguió.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Corazón de hielo

Era una prostituta de la muerte. Así le gustaba considerarse. Él le servía y le daba lo que más quiere, siempre y cuando alguien le diera dinero por ello.
Pocos asesinos a sueldo poseen las agallas para matar cualquier objetivo que le pidan. Y ya fuera con su catana, con veneno o con las manos limpias, en tan sólo 16 años de haber entrado al negocio se había convertido en uno de los asesinos más prestigiados de Japón.
Ya fueran campesinos, monjes, mujeres, niños o nobles. Él servía a la muerte con el honor del dinero. Nada podía detenerlo y su negocio iba de maravilla.
Entonces llegó la duda, encarnada en el cuerpo de una vieja amiga a la que él antaño llamaba sensei. La persona que le enseñó a matar fue la misma que le pidió que acabara con su vida.
- No hay mayor infierno que el de un asesino retirado. –Le dijo- Mientras estás en el negocio lo último que te importa es a quién matas. Pero cuando sales de ello tu corazón se ablanda. Entonces del pasado llega tu perdición.
- Me repugna haber sido tu aprendiz. –Le dijo poniendo la mano en su mejilla- No sabía que el remordimiento formaba parte de tu alma ¿O será que te has vuelto débil?
Ella tomó la muñeca de su antiguo alumno y de un giro lo tiró al suelo.
- Ciertamente mis huesos son débiles. Pero en técnica aún eres una hormiga a mi lado. No es remordimiento por lo que pagaría para que me mates.
Él se levantó con una carcajada.
- Acepto el trato. Es el trabajo más fácil por el que me han pagado. Sin embargo quiero saber ¿por qué no te quitaste la vida tú misma?
- No quería darles el placer.
- A los que mataste – La maestra sonrió.
Fueron a la terraza de entrenamiento. Ella se hincó. Y él sacó la espada.
- Una última advertencia –dijo ella-. Si llegaras a viejo, asegúrate de quitarte la vida tú mismo mientras tu corazón esté frío. Porque cuando agarre calor, no tendrás salvación.
Él le dirigió una sonrisa sarcástica.
- Adiós… Sensei.
La espada cayó y limpiamente separó la cabeza del cuerpo de la única persona por la que había sentido algo parecido al respeto.
Los años pasaron. Él envejeció con una fortuna en sus manos. Y haciendo caso omiso a la advertencia final de su sensei, en vez de quitarse la vida, se retiró. Con su fortuna mandó a construir una mansión en una montaña lejana donde vivió su propio exilio en silencio.
Pero su plan de vivir en armonía el resto de sus días sería interrumpido.
Un día una mujer subió la montaña tomada de la mano de su hijo y tocó a su puerta. El anciano salió a recibir a tan inesperada visita. Sin embargo tras haber hecho contacto visual estos soltaron un grito; acto seguido desaparecieron.
Al poco tiempo encontró un hombre que no era él al ver el espejo. Luego en su pozo.
En las noches sin luna escuchaba risas. En la luna llena escuchaba llantos. Cuando llovía resonaban gritos de dolor.
Había veces que estaban en el reflejo del agua de su tazón. O veía siluetas al fondo de su casa.
Cuando derramaba agua, esta se convertía en sangre. Estos estaban en cada reflejo. En cada pasillo. Sobre cada estatua.
Cuando él no pudo soportarlo comenzó a gritar. Cuentan unos soldados que estaban acampando en una montaña vecina que el grito aún los persigue hoy en día.
Años después encontraron su cuerpo. Estaba en el techo de su hogar. Era el cadáver de alguien que murió por dormir fuera en una tormenta de nieve. Al final logró congelar nuevamente su corazón.

jueves, 16 de julio de 2015

Palomas blancas

Llegaron las palomas, decía el titular del periódico. Las palomas referían al grupo ambulante que desde hace algunos años se posaba en cada ciudad del mundo.
Era bien sabido que a donde llegasen se adueñaban de la zona; escogieran la colonia de clase alta o la de clase baja daba lo mismo, tanto la policía como la población tenían prohibido cualquier movimiento en contra de ellos.
La razón era desconocida para la población. Sin embargo la impunidad de las palomas fue un decreto gubernamental.
El presidente se limitó a decir: "Los motivos son seguridad internacional; lamentamos no poder dar más explicaciones".
Por cierto. Palomas blancas, es el sobrenombre que se les dio ya que se mueven en caravanas y siempre visten de blanco.
Su verdadero nombre es Xinshertao. Sin embargo nadie conoce su significado.
A mi esposa y a mí nos tocó la mala suerte de que se pusieran justo en la puerta de nuestra casa. Nuestro patio era suyo, nuestra banqueta era suya, la calle entera era suya.
Llegaron a poner sus carpas blancas, sus locales de comercio de reliquias antiguas, y a mitad de la calle una de tamaño mayor en la que se congregaban para algo que, por los sonidos, parecía ser un santuario religioso.
Al poco tiempo de su llegada, un vecino de avanzada edad que poseía más valor que todos nosotros fue una noche sigiloso, a quemar uno de sus toldos. Nunca supimos sus motivos, aunque sospechamos que quería ser la primer piedra que comenzara una avalancha de revolución en contra de estas. Sin embargo no sólo falló rotundamente; sino que no pudo escapar de ser ejecutado ahí mismo.
Estábamos platicando, no muy lejos de la ventana cuando ocurrió. Mi esposa, decayó tras presenciar tal espectáculo. La abracé mientras lloraba sobre mi hombro.
A la mañana siguiente no había rastro alguno del cadáver del hombre. Su funeral fue celebrado clandestina y silenciosamente por la familia del anciano.
Al mes de que se hubiesen instalado, creíamos equivocadamente que estábamos tan mal como podríamos llegar a estar. Intentábamos salir lo menos posible; y si lo hacíamos era a solas ya que ir en grupo resultaba más peligroso, en cambio, cuando se salía a solas las palomas hacían a uno caso omiso. Ya nadie de la zona iba a trabajar. Era como un campo de guerra, y había que cuidar el hogar.
En una de las escasas salidas, al volver de las compras, mi esposa llegó temblando. Tenía los ojos rojos. Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta. Simplemente se quedó en la entrada, quieta, sin decir nada. Sobre el tapete, en cuclillas pasó el rato. No fue hasta después que me percaté de su llegada.
Al verla fui corriendo a ponerle una cobija sobre su espalda, acto seguido hice un ademán de cerrar la puerta a lo que ella ella gritó: "ni se te ocurra hacer eso, estúpido. Las harpías..." Interrumpió su frase y se tiró sobre la alfombra llorar. Puse una manta sobre su cuerpo y la abracé durante horas.
Aquella noche le di unas fuertes pastillas para dormir. Antes de caer me dijo: "no cierres la puerta, prométemelo". Le dije que no lo haría.
Emparejé la puerta del cuarto y me asomé en vigilia por la ventana. En medio de la calle había una hoguera. Las palomas blancas se movían en círculos alrededor de esta. Cantaban una canción en un dialecto que desconocía. Tres figuras altas que doblaban la estatura de los demás penetraron en el círculo. Me imaginé que eran las harpías de las que mi esposa hablaba. Se posaron sobre la hoguera; sin embargo el fuego no les hizo daño. Tras estas llegó un carro nupcial. De ahí bajaron cinco niños. El último con un gato negro en las manos. Las tres figuras arrastraron a los infantes. Al primero le arrancaron con una mordida parte del cuello y echaron el cadaver al fugo. A los otros tres los tomaron y los lanzaron sin más preámbulos.
No hubo gritos. Las llamas se tornaron de un color rojo intenso. El último niño se tiró a la hoguera abrazando al gato.
Entonces surgió del cuarto donde yacía en sueños mi esposa estruendoso un maullido. Fuertes pasos que no poseían cuerpo se acercaron a mí a gran velocidad. Pasaron a mi lado, bajaron las escaleras y siguieron hasta la puerta que se cerró de golpe.
Entré corriendo con mi esposa, pero no la encontré.
A la mañana siguiente las palomas se habían ido y a los pocos días la vida de todos volvió a la normalidad como si nada hubiese ocurrido.
Sin embargo yo me encerré bajo llave, acompañado sólo del dolor de su ausencia.
Un año después encontré a mi esposa en noticias internacionales, en un reportaje sobre las palomas.
Estaba al fondo de una multitud de estos. Vestida de blanco. La cámara no la enfocaba a ella, sin embargo su rostro era inconfundible. Justo antes de que cortaran la toma me pareció que ella volteó a ver a la cámara.
Entonces todas las palomas blancas voltearon al unísono a ver al cielo. Y soltaron una especie de canto de ira que recordaba a indígenas preparándose para derramar sangre.
La televisión se apagó. Pero el canto aún permaneció en la habitación. En la ciudad. En el mundo entero donde el canto resonó como última melodía antes de su fatal final.

viernes, 3 de julio de 2015

Reflejo roto

Tus manos acarician mis mejillas. Tus ojos me miran fijamente. Siento tus labios sobre los míos. El palpitar acelerado de tu corazón en mi pecho. Lágrimas que caen sobre mis hombros. Espasmos de confusión perdidos en un laberinto de sentimientos. Aferrada a mí mientras intentas correr. No te das cuenta que no hay posesión, sino pertenencia. Tú perteneces a mí y yo pertenezco a ti. Somos lo único real; todo lo demás es una ilusión.
Te miras en el espejo y te destruyes. Tu imagen se multiplica en los fragmentos del suelo que se alejan distantes en las penumbras del otro lado, donde la muerte y lo desconocido se encuentran.
Te escondes. Tapas tu cuerpo con una cobija. Yo te abrazo sobre esta hasta que deseas mirar mi rostro. Me pides que los cierre porque no soportas que te voltee a ver ya que eres un monstruo. De modo que cierro los ojos y desde las penumbras te digo que te equivocas; que tu belleza es maravillosa.
Tu odio hacia mí crece en tu corazón cuando escuchas el veneno de estas palabras salir de mis labios. No soportas que te vea hermosa; detestas que te diga que aquí estaré; desprecias que sienta por ti aquello que no logras sentir por ti misma.
Tus manos acarician mis mejillas para limpiarlas de todo lo que siento por ti. Tus ojos me miran fijamente para revisar que no quede rastro. Siento tus labios sobre los míos comiendo al ser lleno de amor hasta asesinarlo. El palpitar acelerado de tu corazón en mi pecho absorbiendo y filtrando todas las toxinas de la pasión. Lágrimas que caen sobre mis hombros para bañarme de todos los residuos. Espasmos de confusión perdidos en un laberinto de sentimientos de donde nunca saldrán.
Cuando abrí los ojos ya no estabas.
No te volví a ver.

domingo, 17 de mayo de 2015

Hambre

Esta es una historia absurda que me ocurrió una tarde de domingo, en una de esas ostentosas reuniones familiares.
Hacía un calor terrible. De esas tardes primaverales que hacen a uno desear que el sol se apague para siempre y permita así a la tierra morir de frío.
Como suele ocurrir en estas reuniones, la familia se inundaba en las conversaciones indulgentes que se pueden titular de la misma manera que un juguete: yo-yo.
Y entre todas aquellas conversaciones de yo-yo, me encontraba yo en silencio. Estaba tan absorto en la gravedad y el calor que mantenía pegado el trasero a mi asiento, que no noté que los meseros me trajeron la comida.
Mi mente entró a un portal temporal que me llevó al limbo del hambre; y para el momento en que retomé la consciencia, todos estaban en el postre.
Entonces mi atención fue capturada por un pay de limón frío que había pedido la pareja de un familiar.
Aquel bocadillo atrapó mi atención. Daba la impresión de poseer vida en su interior. Entonces noté que éste tenía tanta hambre como yo. No. No sólo tenía hambre, sino que no le gustaba ser picado por un tenedor.
A mí tampoco me gustaría que me clavaran un tenedor.
Me admiré de la resistencia que este poseía ante el filo de este instrumento de comida. De su capacidad de estar quieto ante el dolor.
Acto seguido el pay ya no estaba en el plato. Estaba mordiendo la cara de ella, que luchaba ferozmente para quitarlo de su rostro.
Mientras este espectáculo transcurría frente a mí, me preguntaba cómo le haría éste para digerir carne humana si no posee ácidos gástricos.
Y mientras la familia se lanzaba a ayudarla a apartar el pay de su cara, mi estómago se satisfacía.
A ella le faltaba la mitad del rostro.
Pero, ey. Yo ya no tenía hambre.

domingo, 12 de abril de 2015

El enjambre

El muchacho se fue a refugiar a donde nadie podía alcanzarlo. Cruzó las ruinas de lo que alguna vez fue un edificio hasta que dejó de sentir cualquier presencia humana. Por fin llegó a un lugar para acoger la soledad.
Tras unos minutos de tranquilidad en el silencio de aquel edificio abandonado, el muchacho comenzó a escuchar el sonido de un enjambre de bichos volando dentro de sus oídos. Él intentó por todos los medios hacer que ese zumbido que le provocaba escalofríos desapareciera: Se tapó los oídos, gritó, se razgó la cara, se dio golpes en las orejas... Pero mientras más lo intentaba más lo atormentaba aquel espantoso ruido.
Cuando se quedó sin más soluciones, él comenzó a sonreír. Su sonrisa se convirtió en una pequeña risa y esta a su vez se convirtió en una carcajada. No podía dejar de reír. Su risa lo tenía dominado.
Lentamente fue perdiendo el aliento, su cara se fue tornando roja, y su risa maniaca se convertía cada vez más en un chillido.
Un zumbido creciente dentro de su cabeza lentamente ahogó el sonido del enjambre hasta que lo dejó de escuchar. Las risas lo liberaban del sufrimiento de aquel enjambre. En cuanto lo dejó de escuchar, el muchacho se intentó calmar. Pero ya era demasiado tarde. El enjambre en su cerebro ya había disparado una risa incontenible. Ya no podía respirar. Sintió su corazón latir más rápido y una sensación de ahogo lo envolvía, la falta de oxígeno en sus pulmones lentamente intoxicó su sangre; sintió un fuerte ardor en su cabeza y en su pecho. Una gran impotencia ya que no había nada que pudiera hacer para evitarlo.
Entonces su corazón se detuvo. En ese momento en el que se acercaba su muerte cerebral sintió una verdadera paz.
Pero en sus últimos instantes de existencia, volvió a escuchar claramente el enjambre. En ese momento sintió ganas de luchar. Pero no podía hacer nada. Estaba muerto. Sólo faltaba que las últimas chispas se apaguen.
Y así, con un miedo y una desesperación incontenibles, el muchacho se fue de este mundo.

sábado, 11 de abril de 2015

Té medicinal

Me volteó a ver con aquella encantadora sonrisa resplandeciente. Me dijo que pronto estaría bien. Me pidió que tomara unas medicinas; y como era usual dejé que inyectara una sustancia transparente en mi cuerpo.
Con los días desaparecieron mis dolores, con los atardeceres mis pesares, con las noches mis enfermedades. Y mientras el tiempo transcurría me sentía más y más revitalizado.
Cuando por fin estuve sano hice un viaje a su consultorio privado para agradecerle.
Llegué con él mientras estaba despidiendo un niño. Le dio una paleta al pequeño que, tomado de la mano de su madre salió con una sonrisa.
Le di las gracias junto con un regalo que él aceptó gratamente. Me dijo que estaba contento de que por fin me haya curado; no obstante había que ponerme una inyección preventiva para que no volviera a pasar.
Entonces a media nalga bajé mi pantalón y, como muchas veces antes, dejé que me inyectara aquel líquido milagroso. Esta inyección me ardió mucho más que las anteriores, sin embargo no le di importancia ya que imaginé que eran mis nervios.
Habiendo terminado este proceso le agradecí nuevamente. Le estreché la mano, pero antes de partir me dijo que aún tenía un par de horas libres antes de su siguiente paciente y me ofreció una taza de té. Cosa que con gusto acepté.
Pasados varios minutos el té estaba listo. Y yo estaba tumbado inmóvil en la mesa, sobre aquel charco de sangre y vómito que ya no me pertenecían.
En el otro lado de la mesa Él tomaba té tranquilamente viéndome gozar de mis últimos instantes de vida.

viernes, 9 de enero de 2015

En la niebla de las cataratas

Ella era una chica única. No había otra como tal, pero ¿no son todas las chicas únicas a su manera? Claro que hay una diferencia entre cada tipo de chica única, pero no se va a escribir de estas. Se va a escribir de “Ella”. Porque realmente: ¿Cuántas son capaces de lanzarse de una enorme catarata?
Pocas pueden hacer tal cosa.
Ella fue a Iguazú como cualquier otro turista. Su lanzamiento fue inesperado. Las cataratas ya son espectáculo suficiente como para querer presenciar algo tan intenso.
En cuanto la noticia llegó a protección civil, el equipo de rescatistas se puso en marcha. Sus ánimos estaban bajos. Los más optimistas esperaban que el cadáver estuviera en una sola pieza.
Sin embargo lo que encontraron era muy distinto a lo que esperaban: Ella estaba viva.
Hago una pausa para explicar lo inverosímil del asunto. Esto puede parecer otra historia de supervivencia improbable. Pero cualquiera que haya visitado Iguazú comprenderá por qué la catarata de donde se lanzó específicamente se llama: La garganta del diablo.
Primero que nada, una caída de 82 metros de altura vuelve al agua algo tan sólido como el concreto. En segunda, las toneladas de agua que caen cada segundo la golpearían como un tren a 140km/h. Y en tercera, todos los remolinos y la fuerte corriente que se forma ahí abajo ha llegado a acabar con la vida de turistas que caen del bote, a pesar de que estos poseen chalecos salvavidas.
El hecho de que haya sobrevivido a tal caída sonaba imposible. Parecía algo del otro mundo: Un mundo sobre el cuál la fantasía reina; donde la gente se convierte en ave, el agua es sagrada y los humanos pueden respirar debajo de ella. Pero en esta realidad nadie lo había logrado jamás. No en la Garganta del diablo.
Claro. Sobrevivió. Pero el daño a su cuerpo era crítico:
Seis costillas fracturadas, brazos y piernas dislocados, cuello roto, pulmones colapsados, zonas de su cuerpo despellejadas por las piedras, luxaciones, moretones, órganos internos destrozados… En fin. Un estado deplorable.
Un turista la filmo con la cámara de su celular de principio a fin. Parecía ser un hombre al que le gustaron las nalgas de tal chica y la estuvo siguiendo desde mucho antes de llegar a las cataratas: por el camino de los puentes. Quien observara el video podrá notar unos pasos llenos de gracia y una respiración tan serena que resulta impensable que sea la misma chica que está a unos instantes de lanzarse al vacío. Esa paz interna se mantiene incluso cuando se sube a la barda de la reja y da el salto al lugar donde la corriente se lleva el agua y todo lo que se encuentra en ella. Acto seguido el punto azul de su ropa se hace cada vez más pequeño hasta que cae en plena catarata y desaparece abajo en la neblina.
Cualquiera que ponga atención en el movimiento tan preciso de la cámara puede comprender la clase de persona que fue el que la filmó, que ni siquiera gritó para detenerla. Solamente siguió las bellas curvas de su cadera y después grabó su lanzamiento sin hacer nada para evitarlo. Ni siquiera tembló la cámara en reacción a la caída.
<<Un excelente camarógrafo>>, como lo aclamaría el comentarista de uno de los noticieros que pasaron el video.
Como reportero fui a conocerla en el hospital poco más de un mes después del incidente. Apenas el tiempo suficiente para que pudiera recuperar el habla. Sus reflejos nerviosos recién volvían a reaccionar con normalidad. No tenía quién la visitara. Toda su familia era de México, y ninguno de sus parientes se dispuso a gastar su dinero para ir a verla.
Estaba sola.
Quizás por eso ella confió en mí al instante. Nunca lo entendí realmente, ya que yo no poseo nada especial. Al momento pensé que el hecho de que alguien de su tierra natal la visitara la reconfortaba. O que quizás, ya que falló en su intento de suicidio, estaba resignada ante todas las cosas y ya no le importaba contar su historia. Pero mientras más le daba vueltas a mis teorías, más carecían de sentido.
Ella, antes de mí, no había aceptado visitas más que de niños curiosos, ya que según sus palabras, los niños le levantaban los ánimos. Podía contarles historias de lo más descabelladas y fantásticas.
Podía reír.
La chica no contaba con seguro médico en el extranjero. Sin embargo el hospital no sólo la alojó y le hizo el centenar de cirugías sin costo alguno; sino que le consiguió transplantes gratuitos. Cuando entrevisté al administrador del hospital comprendí que lo hizo por publicidad.
Ella me contó que los niños no la juzgaban. No de la manera que hacía un adulto. Ellos repetían las palabras que les decían sus padres y la demás gente. Sin embargo estaban abiertos a escuchar lo que ella les tuviera que decir. No son de extrañar, por ello, las fantásticas historias que llegaron a los ojos de miles de lectores del mundo acerca de cómo un ave la rescató antes de caer y la llevó a un lugar seguro; o cómo mientras caía escuchó una voz dentro de su cabeza que le dijo que iba a sobrevivir y entonces apareció una burbuja alrededor suyo que la salvó de cualquier daño. Más de un niño entró con un micrófono escondido, y de este modo fueron llegando las decenas de historias a los curiosos.
Mientras tanto las redes sociales se llenaban de comentarios polémicos de todo tipo por cada que nueva noticia llegaba: Religiosos que creen que Dios tenía un plan mayor para ella. Haters que decían que debió haber muerto por cobarde. Escépticos que aseguraban que realmente no se lanzó y que todo fue una cortinilla para distraer a la nación de cosas que ocurrían en la política. Fanáticos que la idolatraban por haber sobrevivido. Pervertidos que admiraban su cuerpo y que aseguraban que habrían evitado su intento de suicido de haber cortejado con ella porque la habrían hecho feliz. Incluso surgieron memes de ella que se burlaban de ella comparándolo con la debilidad de personajes de películas: “¿Sobreviviste un choque en carretera? Qué lindo.” Y una que otra creepypasta realmente ingeniosa.
Cuando llegué con ella, quedé pasmado por la presencia que imponía. A pesar de estar cubierta de vendas poseía una vitalidad y una fuerza en su voz que uno no espera de una suicida.
Lo primero que le pregunté fue acerca de las historias que contó a los niños.
- La verdad es que después de los repetidos regaños de los doctores, que no paraban de decirme que lo que hice está mal; hablar con seres que no poseen prejuicios resulta muy reconfortante. Así que les conté cuentos. Eran historias que me salían del corazón y a ellos les fascinaban. Me hacían muchas preguntas. Una de las que más me divirtió fue la de un niño que me preguntó “¿Vas a aprender a controlar esas vendas y a usarlas como extensión de tus brazos?”. Le respondí que yo ya sabía hacerlo, pero que en este momento las mantengo quietas porque si las muevo podría salir lastimada. Desarrollé aquella historia diciéndole que en realidad las vendas fueron quienes me rescataron en la catarata; también fueron ellas, y no los doctores quienes me hicieron las cirugías. Cuando la enfermera me escuchó me volteó a ver con una mirada inquisidora. Y le dije al niño. “Bueno. Los doctores también ayudaron.” Le susurré en el oído: “Les pasaron las herramientas de corte a las vendas para que estas no se lastimaran al agarrarlas.”
Rió.
- Me estoy desviando del tema. –Se disculpó-. Sí. Les conté historias ficticias. Sin embargo, muchas de estas se sentían tan reales que no las percibí como una mentira.
Le dije que estaba bien.
La enfermera nos trajo la comida, que era un corte gourmet de parte del administrador, que parecía estar encantado por la publicidad que le traería un reportero.
La chica me volteó a ver sonriente.
- Vaya que les caes bien. Desde que recobré la habilidad para masticar, sólo me habían traído comida desabrida. Pero ya que ellos pagaron todo, supongo que no me puedo quejar.
Mientras comimos, platicamos de una infinidad de cosas irrelevantes, como si fuéramos amigos de toda la vida. Cuando terminamos decidí que era momento de pasar al punto principal de la entrevista: Le pregunté, con cuidado de escoger las palabras correctas, qué fue lo que pasó realmente.
Y, como si fuera su mejor amigo, me contó sin reserva alguna la verdadera historia de lo que ocurrió aquel día.
- Simplemente estaba ahí. Después de todas aquellas horas de viaje; del terrible dolor de oídos en el avión, de los kilómetros de caminata bajo el sol a través de los puentes, escuché a la distancia el sonido de las cataratas que me llamaba. Cada paso que daba hacia ellas me hacía sentir más y más tranquila. Aquel sonido que sofocaba el ruido de la multitud se hacía más fuerte. Yo era la única persona en ese camino; el resto de la gente eran meros obstáculos. Entonces lo vi. Aquel agujero que convertía el agua azul claro en espuma blanca que caía a toda velocidad. El sonido sofocó todos los demás ruidos. Susurraba mi nombre desde la neblina. Mi verdadero nombre. No el nombre por el que me conoce el mundo. Yo lo supe en ese momento. Sabía que debía de morir ahí. Me lancé y di un clavado a la zona más cercana a la corriente principal de la catarata. Dejé que el agua me llevara. Sentí un remolino tragándome. Choqué con el suelo. Salí a la superficie. Estaba siendo abrazada por el agua. La falta de oxígeno me lo confirmaba. Salí de nuevo y la corriente aceleró. Me jaló con todas sus fuerzas y sufrí la primer caída. Fue pequeña e indolora, sin embargo ya me encontraba en el centro de la garganta; al borde del precipicio. Me invadió una euforia al ver el cielo azul entre la espuma. El fuerte sonido me aturdía, pero me sentía plena y feliz. Entonces caí junto con el agua. Sentí el vacío. Sólo escuchaba el viento. Fue un último instante eterno en el que bajaba a gran velocidad. En el que todo se volvió húmedo en la neblina. El sol abrazador quedó atrás. Ahí todo era gris. Ya no escuchaba nada. Oscuridad. Entonces mis pies tocaron fondo. Seguido de mi pecho. El golpe me llenó de un dolor sofocante. Acto seguido sentí la fuerza de la cascada golpear mi espalda. No era suave. Al contrario. Recordé cuando un auto me atropelló en mi infancia. Nunca había sentido tanto dolor; sin embargo hice todo mi esfuerzo por permanecer consciente. Quería saber qué pasaba hasta el final. El agua me hizo dar vueltas. No tenía control sobre mí misma. Estaba atrapada en un vórtice. No supe cuánto tiempo. Sólo daba vueltas con una gran fuerza. No podía respirar. Entonces una corriente jaló mi pie y me sacó de aquella terrible zona. Sin embargo me llevó a chocar contra una piedra, luego con otra y otra más. Golpeada una y otra vez como muñeca de trapo sin poder hacer nada. El dolor tan intenso me quería noquear. Yo no podía respirar. Ni siquiera podía mover mis dedos. Sentía que mi interior me quemaba. Comprendí entonces que a pesar de que el dolor era mío, mi cuerpo ya no me pertenecía; era posesión del río. Entonces salí a flote por un instante. Intenté respirar pero no podía. Mis pulmones habían colapsado. Simplemente me hundía y volvía a salir a voluntad del agua de Iguazú. Y así anduve hasta que llegué a una zona donde la corriente era suave. Mi cuerpo flotaba bocarriba. La niebla cada vez se fue haciendo más clara hasta que el sol golpeó mi rostro y pude ver el cielo. Sin embargo seguía sin poder respirar. No entendía cómo estaba viva. Me detuve al llegar a una orilla empedrada y ahí perdí el conocimiento. Desperté en éste hospital, según me dijeron, dos semanas después. Un fuerte dolor atravesaba todo mi cuerpo. Sabía que el corazón que latía en mi interior ya no era el mío. Tampoco varios de los órganos que se encontraban dentro de mí. Ni siquiera la sangre que corría por mis venas me pertenecía. Me dijeron que estuve a punto de perder mis brazos y mis piernas. Que era un milagro que aún las tuviera conmigo. Pero que quizás habría sido mejor perderlos porque ahora sólo serían un estorbo, ya que es probable que no los pueda volver a utilizar libremente. Sin embargo esta mañana logré mover mi pulgar del dedo del pie derecho. En aquel momento derramé todas aquellas lágrimas que no había derramado. ¿Por qué lloré?
En aquel momento hizo una pausa y me dirigió una sonrisa. Fue entonces que noté que el color de sus ojos era verde. Un verde esmeralda intenso. Por unos instantes me perdí en la profundidad de aquel color y entonces, en su iris, pude ver aquella escena completa desde un punto de vista muy distinto al del mórbido video de youtube. Aquel era su punto de vista.
Noté el terrorífico mundo en el que ella cayó. Era oscuro y salvaje. Giros en el agua, neblina, destellos de sangre disuelta. Estaba perdido en el agua. Sabía que iba a morir. Y entonces llegó la luz del sol que me encandiló. En ese momento aparté la vista. Estaba dentro de la habitación del hospital. ¿Era de noche? No. Mis ojos me engañaban después de haber visto la luz del sol durante mucho tiempo. Tan pronto mi vista se adaptó me armé de valor y la volteé a ver. Ella me dirigió una mirada llena de luz: la sonrisa más pura que he visto en mi vida. No era la mirada sombría que uno esperaría de una suicida. En aquel momento yo estaba perplejo. No supe qué decir.
Al notarlo, ella soltó una débil risa de tono inocente. Cuando terminó me volvió a mirar.
- ¿Quieres saber por qué lo hice? ¿Por qué hice el viaje a aquellas cataratas?
Guardé silencio aún con perplejidad. Era como si su historia se hubiese apoderado de mi habla. Ella volteó a ver la ventana. La luz del atardecer se filtraba entre las cortinas. Un ave que estaba volando afuera tapó el sol y por un instante oscureció las ventanas.
- La verdad es que nunca lo entendí. Sólo sabía que tenía que venir a Iguazú. No a Niágara ni a las cataratas Victoria. Francamente jamás había visto una foto de aquellas cascadas. Había oído de ellas en mis textos de geografía de la primaria. También sabía de los misioneros de la zona y el cruel exterminio de los indígenas, sin embargo nunca había pensando en ellas como un lugar turístico. Una noche soñé que volaba sobre un ave gigantesca entre estas y que en ellas podía ser completamente yo. Completamente libre. Completamente como quisiera. Esa idea me atrapó. Desde aquella noche comencé a ahorrar dinero. A planear mi viaje. Mi futuro. Mi vida fue guiada por aquel sueño de algún día visitar aquel lugar. Y cuando por in junté el dinero para cumplirlo, sólo quedaba esperar a la fecha de vuelo.
Silencio. Quería preguntarle algo, pero no sabía qué era. Todo era tan claro antes de venir y ahora me sentía dentro de la espesa neblina que ella tuvo que atravesar. De ahí en adelante los fragmentos de mi memoria se perdieron. Recuerdo un abrazo; un susurro en el oído; que al despedirme me agradeció, unas lágrimas corriendo por mis mejillas; pero no hay imagen más clara que las blancas cortinas bailando enloquecidas por una ráfaga de viento.
Volví al hotel donde me estaba hospedando. Aún no oscurecía, sin embargo, sentí una fatiga terrible. Me encontraba al borde del sueño. Fui directo a mi habitación donde caí y dormí.
Soñé con ella. Estaba sana y a mi lado. Iguazú estaba frente a nosotros. Mientras caminamos por los puentes laberínticos, una lechuza gigante nos sobrevolaba y a momentos su figura tapaba el sol. Después de verla mucho tiempo, giré la cabeza para volver a mirar sus ojos verdes, pero ella ya no era humana. Ahora era un halcón que se alejaba de mí para volar al lado de aquella lechuza. Ambas entraron a la neblina de las cataratas hasta desaparecer. No las volví a ver.
A la mañana siguiente no lograba articular su nombre. Lo había olvidado. Por más que intentaba poner mi mente en ello, todo esfuerzo resultaba en vano.
Desesperado, fui al hospital para preguntarle todos aquellos detalles que se habían perdido. Como no recordaba su nombre les di su número de habitación: el 407.
- El paciente no desea hablar con usted. Dice que no lo conoce.
Les dije que ayer vine, que quizás no recuerde mi nombre. Revisaron el expediente y me encontraron. Me permitieron el paso bajo advertencia. Me acerqué a aquella habitación. Sin embargo ella no estaba ahí. En su lugar había un hombre que la noche anterior sufrió un accidente de tráfico.
Pregunté a dónde transfirieron a la paciente. Me dijeron que no ha habido nadie en esa habitación en semanas.
Eso era el colmo. Quizás el administrador se ofendió por no haberle agradecido el día anterior. Pero esconderla de mí era una exageración.
- ¿Cómo que no ha habido nadie? –grité-. La chica de las cascadas. La superviviente de la Garganta del diablo ¿a dónde la transfirieron?
Ella se me quedó mirando con perplejidad e incredulidad. En su mirada podía notar que la enfermera no sabía de qué estaba hablando. Me imaginé lo que debió pensar. Guardé silencio, respiré hondo y me disculpé por mi actitud.
Le pedí amablemente hablar con el administrador. Éste no se encontraba. Sin embargo vino el segundo al mando. Una persona mucho más humana que éste. Era robusto, sus lentes redondos me resultaron simpáticos. Con cejas espesas y elevadas. De aquellas caras que uno nunca olvida. Había algo en él que me resultaba familiar. Fuimos a una oficina y le pidió a su secretaria que nos dejara a solas.
Se sentó en su silla e hizo un movimiento peculiar con la espalda. Como si hubiese algo que quiere salir de ella. Le pregunté acerca de la chica. Sin embargo éste tampoco parecía saber nada. Guardé silencio unos instantes y me levanté resignado. Listo para irme.
Sin embargo éste me detuvo y me pidió que me sentara. Lo obedecí. Entonces del cajón sacó una carpeta con papeles y me la mostró. Me preguntó si le podía explicar acerca de los órganos de donación que habían desaparecido junto con los medicamentos del 407 que ya no se encontraban.
Exasperado como estaba, le conté la historia de la chica de las cascadas. Toda la polémica en Internet y cómo la había cuidado el hospital.
El hombre se me quedó mirando pensativo a través de aquellos lentes gruesos. Entonces contestó.
- Una chica que desaparece de la memoria de todos después de una imposible historia de supervivencia –limpió sus gafas e hizo nuevamente aquel peculiar movimiento con la espalda-.
>>Toda una historia fantástica –comenzó a carcajear, su risa parecía el huluar de un búho-. Un cuento para mandar a dormir a un adulto.
Me volteó a ver con una sonrisa y señaló el teléfono.
- Ahora mismo podría tomar la bocina de este aparato para llamar a la policía y denunciarte por robo.
- Pero yo no…
- Sin embargo –me interrumpió-. Nadie es tan estúpido como para volver a la escena del crimen a intentar explicar la desaparición de aquello que robó. Mucho menos con una historia tan absurda como esta.
Se rió nuevamente de aquella manera peculiar y volteó a ver su reloj de muñeca.
- Me gustaría quedarme a platicar con usted y saber más acerca de aquella extraña mujer. Sin embargo estoy muy ocupado y tendré que pedirle que se retire.
Di las gracias. Me levanté y me dirigí a la puerta. Cuando estaba por salir, el hombre habló.
- Creo que no es necesario que te diga esto. Sin embargo eres demasiado ingenuo. No hables de aquello con nadie. De haber sido el superior quien te recibiera, en este momento estarías en prisión. Y ya estamos metidos en suficientes líos por los órganos desaparecidos. Esta vez te protegí, pero si te vuelvo a ver por aquí no te defenderé.
Asentí.
- Gracias señor.
Y me fui.
Al salir volteé para dar un último vistazo al hospital. Una enorme lechuza estaba saliendo por la ventana hasta desaparecer entre las nubes. ¿Lechuzas en Argentina? Ridículo.
Entonces comprendí.
En los próximos días realicé una exhaustiva búsqueda en periódicos, Internet, archivos de noticieros locales; e incluso entrevisté a algunas personas. Todo en vano. No había registro alguno de tal evento. Aquella mujer nunca existió.
Mi cuerpo ya no me pertenecía; era posesión del río, había dicho ella. Me aventuré a pensar que quizás había sido así desde que nació y todo lo que hizo fue un camino para volver al río del que había desembocado. Tal vez todos tengamos que hacer lo mismo. Recordé su mirada y comprendí que no necesariamente tiene que ser así.
Ahora escribo esto sólo para que el mundo no la olvide; para yo no olvidarla.
Ella era una chica única. No había otra como tal, pero ¿no son todas las chicas únicas a su manera? Como otras chicas, esta dejó una marca dentro de mí y desapareció. Me transformó, me permitió el lujo de caer en una locura temporal. De probar un nuevo mundo…
Esta es la historia de la chica de las cascadas. Te la cuento a ti, lector, porque espero que tú también recuerdes la noticia de la chica que sobrevivió a la neblina de Iguazú y me digas que no fue un sueño. Porque para mí esta supuesta fantasía es la única realidad a la que ahora me aferro.