jueves, 6 de agosto de 2015

El jazz del ciego y la fantasma

El hombre, sensible ante lo que le rodea, se percató de una presencia inusual que entraba en la habitación.
- ¿Quién eres? –le preguntó a la presencia.
- ¿Puedes verme? –dijo la voz de una niña.
- ¿Ver? –rió- Ya hace mucho tiempo que perdí mi visión.
- ¿Entonces cómo sabes que estoy aquí? ¿Cómo puedes oír mi voz? Eres la primer persona con quien tengo contacto desde... –interrumpió su diálogo y la habitación quedó perpleja en un espeso silencio durante unos segundos.
- Piensas que soy una ilusión ¿verdad? –dijo el ciego- Después de todos esos años muerta y de ser ignorada es normal creer que tu mente te está jugando trucos.
- ¿Pero cómo…?
- Es lo mismo que sientes cuando pierdes la vista. Sientes que el mundo se ha olvidado de ti. Y no hay visión que te asegure que no es así. Sólo te toca aceptar lo que crees que te rodea.
- ¡Pero no es justo! Tú estás vivo. Tú puedes sentir si te tocan. Te pueden abrazar. Yo sólo puedo… Estar.
- Sin embargo puedes viajar. Puedes ver cosas que nadie ha visto ¿has ido al fondo del mar? ¿Has subido una montaña? ¿O sólo te has quedado vagando y lamentándote porque nadie te hace caso?
- No lo entiendes. No entiendes nada. Eres un ciego estúpido. Cuando estaba viva siempre fui solitaria. Ahora me doy cuenta que la felicidad, sin ser compartida es como comer sin sal. Pero tú al menos puedes comer.
- Dejaré pasar ese insulto sólo porque te comprendo. Una vez hace ya varios años me visitó uno de los tuyos. Esto te puede interesar, así que pon atención. Me dijo que había aprendido la manera de ir al mundo de los espíritus, pero antes de partir quería comprobar si algún humano podía percibirlo. Era un muchacho curioso, lástima que después de haber platicado conmigo se hubiese ido.
- ¿Al mundo de los espíritus? ¿Y te dijo cómo se llega ahí? –preguntó la fantasma con un aire de emoción.
- Por supuesto. Platicamos un largo rato antes de que se fuera. Al parecer él tenía tanta curiosidad por saber cómo percibía un ciego el mundo; como yo por saber qué se sentía estar muerto. Al final, él temía que mi espíritu se volviera ciego también; así que me dijo la manera para que no vague como espíritu perdido por el mundo.
- Dímelo –demandó la fantasma.
- Claro que no. Me advirtió que si un vivo cuenta en voz alta ese secreto lo olvidará para siempre. Pero cuando muera te lo cuento con gusto.
- ¿Cuántos años tienes?
- ¿Qué no me ves? Estoy seguro que no me veo tan mal como para pasar por un anciano. Tengo cuarenta y seis orgullosos años ¿Por qué la pregunta?
- Pues quería ver si faltaba poco. Pero para que te mueras pueden pasar décadas.
- Claro. Soy un ciego en plena juventud y con una vida por delante.
- Pues dime. De todas formas, tú puedes sentir fantasmas. En el tiempo que te queda ya llegará uno que te dirá nuevamente cómo hacerle.
- Y tú tienes un tiempo infinito para encontrarte con otro fantasma y preguntarle.
- Pero ya le he preguntado a fantasmas cómo salir de aquí. Ellos sólo se burlan de mí y me ignoran, como si fuera lo más obvio del mundo.
- Entonces busca tú la manera, estoy seguro que la encontrarás. Lo lamento. Pero un ciego como yo no puede andarse con tales riesgos y tú tienes todo el tiempo del mundo.
La fantasma lanzó un suspiro y frustrada, se retiró de la habitación. El hombre buscó a tientas sobre la mesa el control del estéreo, presionó el botón de play y comenzó a sonar una pieza de jazz.
A las pocos minutos, cuando él estaba a punto de caer dormido, volvió la fantasma.
- Ey, volví ¡No te duermas, ciego! Se me ocurrió una hermosa idea ¿Listo para escucharla? –el ciego tardó unos segundos en reaccionar, soltó un sonido incomprensible-. Tomaré ese gemido como un sí. Ahí va... ¿Y si te mueres por mí? –preguntó con una voz cargada de emoción.
- ¿Estás loca? –respondió el ciego aún con la cara entumida.
- Yo te mataría para que me dijeras el secreto. Pero no puedo. Tú mátate. Vamos.
- ¿Qué?
- Piénsalo bien… -hizo una pausa- ¿Qué es esa asquerosa música? Apágala. Estábamos mejor en silencio. Bueno, continúo antes de que pierda la idea. ¿De qué te sirve estar vivo si eres ciego? No sirves para nada.
- Claro –replicó sarcásticamente- ¿Cómo no había pensado en morir? Eres una genio.
- ¿Verdad que sí? ¿Entonces lo harás por mí?
- No. Que sea ciego no me vuelve inútil. Aún disfruto de la vida y no me la quitaré por una niña caprichosa.
- Lo que pasa es que tienes miedo.
- Totalmente. Estoy aterrado. Ahora respeta eso y déjame en paz.
- ¿Eso fue sarcasmo? Oye. No me iré hasta que me lo digas. Y apaga esa horrenda música.
- ¿Si te parece horrenda por qué no te vas y nos quitas de líos?
- Si quieres que me vaya dime cómo llego al mundo de los espíritus.
El hombre subió el volumen de la música hasta que la voz de la niña era casi imperceptible.
- Apaga eso…
La niña arremetió contra él; naturalmente al ser fantasma, en vez de lograr un impacto entró a su cuerpo. Entonces ya habiendo poseído su cuerpo levantó al ciego de la silla y comenzó a caminar.
- ¿Qué haces? –Le dijo el ciego.
- Rayos –respondió la fantasma con la voz del hombre–. ¿Por qué tenías que ser ciego? Ahora no veo nada. No será fácil matarte. Pero estamos caminando sin ir a ningún lado. Así que en algún momento tendrá que ocurrir algo catastrófico y morirás. Así me contarás todo sin olvidarlo y podremos ir juntos al otro mundo. Soy toda una ge...
No pudo terminar la frase ya que en su caminar chocó contra una mesa, luego con una pared, poco después con otra.
- Es muy difícil esto -se quejó ella antes de chocar contra otra pared y caer de un sentón al suelo.
- Ni siquiera sabes hacia dónde ir. Está bien. Suelta mi cuerpo y te diré cómo ir a ese mundo.
La fantasma rápidamente salió del cuerpo del anciano y se puso a dar vueltas por la habitación con gritos de excitación.
- ¿Ves lo fácil que era? Ahora dímelo.
El hombre buscó a tientas el camino de regreso a su silla y bajó el volumen de la música.
- Busca un espejo y atraviésalo -le dijo.
- ¿Es todo?
- Sí. Vas. Encuentras un espejo y pasas a través de él. Hay uno en mi baño. No me sirve, pero es para las visitas. Ahora ve y déjame en paz. Está al final del pasillo a la izquierda.
La fantasma, sin decir nada, se dirigió a toda velocidad soltando aullidos de radiante emoción que se volvían más tenues conforme se alejaba. El ciego respiró profundamente y se intentó relajar, sin embargo no podía. Le había dicho a la fantasma el secreto del mundo los espíritus y él no lo había olvidado. Presionó el botón para apagar la música y así detectar con mayor facilidad cualquier presencia que se le acercara de vuelta, pero el control ya no servía, la música seguía sonando y él se preguntó si el fantasma lo había engañado. De ser así la fantasma volvería pronto a reclamarle. Pasaron dos o tres canciones pero la niña no volvió. <<Sólo un muerto puede recordar el secreto, así que no se lo cuentes a nadie>> le había dicho el muchacho fantasma años atrás. Las palabras se estancaron en su mente mientras el cd de jazz llegaba a su última canción para sublimar el silencio que le prosiguió.

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