Era una prostituta de la muerte. Así le gustaba considerarse. Él le servía y le daba lo que más quiere, siempre y cuando alguien le diera dinero por ello.
Pocos asesinos a sueldo poseen las agallas para matar cualquier objetivo que le pidan. Y ya fuera con su catana, con veneno o con las manos limpias, en tan sólo 16 años de haber entrado al negocio se había convertido en uno de los asesinos más prestigiados de Japón.
Ya fueran campesinos, monjes, mujeres, niños o nobles. Él servía a la muerte con el honor del dinero. Nada podía detenerlo y su negocio iba de maravilla.
Entonces llegó la duda, encarnada en el cuerpo de una vieja amiga a la que él antaño llamaba sensei. La persona que le enseñó a matar fue la misma que le pidió que acabara con su vida.
- No hay mayor infierno que el de un asesino retirado. –Le dijo- Mientras estás en el negocio lo último que te importa es a quién matas. Pero cuando sales de ello tu corazón se ablanda. Entonces del pasado llega tu perdición.
- Me repugna haber sido tu aprendiz. –Le dijo poniendo la mano en su mejilla- No sabía que el remordimiento formaba parte de tu alma ¿O será que te has vuelto débil?
Ella tomó la muñeca de su antiguo alumno y de un giro lo tiró al suelo.
- Ciertamente mis huesos son débiles. Pero en técnica aún eres una hormiga a mi lado. No es remordimiento por lo que pagaría para que me mates.
Él se levantó con una carcajada.
- Acepto el trato. Es el trabajo más fácil por el que me han pagado. Sin embargo quiero saber ¿por qué no te quitaste la vida tú misma?
- No quería darles el placer.
- A los que mataste – La maestra sonrió.
Fueron a la terraza de entrenamiento. Ella se hincó. Y él sacó la espada.
- Una última advertencia –dijo ella-. Si llegaras a viejo, asegúrate de quitarte la vida tú mismo mientras tu corazón esté frío. Porque cuando agarre calor, no tendrás salvación.
Él le dirigió una sonrisa sarcástica.
- Adiós… Sensei.
La espada cayó y limpiamente separó la cabeza del cuerpo de la única persona por la que había sentido algo parecido al respeto.
Los años pasaron. Él envejeció con una fortuna en sus manos. Y haciendo caso omiso a la advertencia final de su sensei, en vez de quitarse la vida, se retiró. Con su fortuna mandó a construir una mansión en una montaña lejana donde vivió su propio exilio en silencio.
Pero su plan de vivir en armonía el resto de sus días sería interrumpido.
Un día una mujer subió la montaña tomada de la mano de su hijo y tocó a su puerta. El anciano salió a recibir a tan inesperada visita. Sin embargo tras haber hecho contacto visual estos soltaron un grito; acto seguido desaparecieron.
Al poco tiempo encontró un hombre que no era él al ver el espejo. Luego en su pozo.
En las noches sin luna escuchaba risas. En la luna llena escuchaba llantos. Cuando llovía resonaban gritos de dolor.
Había veces que estaban en el reflejo del agua de su tazón. O veía siluetas al fondo de su casa.
Cuando derramaba agua, esta se convertía en sangre. Estos estaban en cada reflejo. En cada pasillo. Sobre cada estatua.
Cuando él no pudo soportarlo comenzó a gritar. Cuentan unos soldados que estaban acampando en una montaña vecina que el grito aún los persigue hoy en día.
Años después encontraron su cuerpo. Estaba en el techo de su hogar. Era el cadáver de alguien que murió por dormir fuera en una tormenta de nieve. Al final logró congelar nuevamente su corazón.
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