Años de comida rápida en silencio, de llanto y de una ausencia de comunicación nos habían unido en momentos de profunda nostalgia que se fundían en una comprensión mutua que nunca antes de su desaparición habíamos tenido.
El habernos enterado que no sólo estaba viva, sino que en un hospital psiquiátrico en Islandia fue como haber sido golpeados por un tren en la noche, sin saber que estábamos acampando sobre unas vías.
El viaje en avión fue eterno y el frío de aquel lugar se sumaba al de nuestros corazones tras habernos enterado de tan absurda situación.
La ira por haberse ido sin decir nada, la alegría de que estuviera viva, el dolor por su estancia en un manicomio. Realmente no sabíamos qué era correcto sentir, así que tomamos la decisión unánime de no sentir hasta que supiéramos lo que ocurría realmente.
Aunque muy por dentro sabíamos que no era posible. Y mientras menos dijéramos, más perdidos nos sentíamos.
Quizás en cualquier otra circunstancia habríamos podido apreciar la belleza de la ciudad bajo la nieve de febrero; sin embargo así como estábamos sólo veíamos un paisaje gris y monótono. La música del estéreo reflejaba la frialdad del lugar era lo único que me apaciguaba. Pero no estaba seguro respecto a mi padre, a quien desde que recibió la noticia le temblaba la voz, y todo lo que decía lo hacía con timidez.
El día anterior a la visita nos quedamos a dormir en un hotel. Estaba prácticamente vacío y por ser temporada baja nos dimos el lujo de rentar dos habitaciones distintas en lugares opuestos del local. Necesitábamos tiempo para reflexionar.
Aquella noche no pude dormir, así que me decidí a salir a caminar. Quería ver lo que mi mamá había visto. Comprenderla antes de verla a ella. El recepcionista me dijo en un inglés de acento muy pausado que no me lo recomendaba ya que, al ser extranjero, podría pescar una enfermedad. Le sonreí y le dije que ese sería mi problema. Salí entonces y el frío me golpeó. A los pocos minutos con mucho dolor. No quería volver al hotel por un rato así que fui en búsqueda de alguna cantina o cualquier lugar que estuviera abierto de noche.
Giré por una calle, luego por otra y más adelante por otra. Incluso en el extranjero me jactaba de mi sentido de orientación así que no me preocupé de perderme. Sin embargo por más que caminaba no encontraba nada abierto. Sólo pensaba en seguir y no volver. El frío no me detendría. Tan adentrado estaba en ese proceso mental que no supe en qué momento se apagaron las luces.
Las siluetas de los edificios se alcanzaban a ver por la tenue luz de creciente que se alzaba en el cielo.
El frío desapareció de mi piel. Sólo estábamos la ciudad y yo. Aún la nieve crujía tras mis pasos y aún el aire soplaba gélido. Sin embargo mi cuerpo ya no me pedía refugio. Seguí caminando hasta que al final de la calle me encontré con una niña. No podía ver bien su rostro, pero su voz era dulce.
- Ven -me dijo- no querrás estar aquí cuando ellos lleguen.
- ¿Qué haces en la calle a estas horas? -le pregunté con una voz que no era mía.
- Me gusta ver la luna -se limitó a responder.
Sin humor para decirle algo más asentí. Acto seguido se acercó, me tomó de la mano y me llevó por las calles a gran velocidad. Yo tenía que dar pasos muy veloces, casi correr para seguirle el paso, no obstante parecía que ella estaba caminando.
Me llevó a través de las sombras hasta que llegamos a un lago congelado. Ella caminó sobre él. La volteé a ver y noté que ella era más alta que yo. Ya no era una niña. Sin embargo no lograba ver su rostro, ya que una nube estaba tapando la luna.
Nos sentamos en la nieve y fue hasta entonces que noté que me cuerpo había cambiado. Yo era un niño nuevamente. Tenía pies muy pequeños y la ropa de invierno que ahora era distinta.
La luna entonces mostró su rostro. Y a su vez el rostro de la mujer que estaba a mi lado. Al mirarla quedé atónito: era mi madre.
Ella notó mi desconcierto al verla. Fue entonces que me sonrió y me dio un abrazo cálido que se prolongó hasta el punto que no sabía a quién pertenecían las lágrimas. Esa muestra de afecto perpetuo que decía claramente todo lo que nuestros años de ausencia significaban y la fuerza de aquel reencuentro. Ella se desvaneció en la oscuridad cuando la luna volvió a ser tapada por una nube.
Lo siguiente que escuché era el sonido de unas máquinas. Todo estaba blanco y yo estaba en el hospital. Mi padre a mi lado dormido sentado.
Al día siguiente llegaron los doctores a explicarme que me encontró una pareja tirado afuera de su casa y me llevaron al hospital; que si no fuera por ellos habría muerto. Por su lado, mi padre no había ido a ver a mi madre. No quería hacerlo sin mí.
Cuando me dieron del alta en el hospital, fuimos a visitarla, no obstante ella ya no estaba ahí. El cómo había llegado a Islandia permaneció como un misterio. Los psiquiatras nos explicaron que la encontraron años atrás en la calle, creyendo que era una niña, y que no pudieron contactar con nosotros hasta que una enfermera escuchó a mi mamá decir nuestros nombres en sueños. Antes de irnos, nos mostraron la ropa de ella: la habían encontrado cinco noches antes, a la orilla del lago Tjörnin.
Mi padre lloró. Yo sonreí.
Mi padre lloró. Yo sonreí.
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