Era bien sabido que a donde llegasen se adueñaban de la zona; escogieran la colonia de clase alta o la de clase baja daba lo mismo, tanto la policía como la población tenían prohibido cualquier movimiento en contra de ellos.
La razón era desconocida para la población. Sin embargo la impunidad de las palomas fue un decreto gubernamental.
El presidente se limitó a decir: "Los motivos son seguridad internacional; lamentamos no poder dar más explicaciones".
Por cierto. Palomas blancas, es el sobrenombre que se les dio ya que se mueven en caravanas y siempre visten de blanco.
Su verdadero nombre es Xinshertao. Sin embargo nadie conoce su significado.
A mi esposa y a mí nos tocó la mala suerte de que se pusieran justo en la puerta de nuestra casa. Nuestro patio era suyo, nuestra banqueta era suya, la calle entera era suya.
Llegaron a poner sus carpas blancas, sus locales de comercio de reliquias antiguas, y a mitad de la calle una de tamaño mayor en la que se congregaban para algo que, por los sonidos, parecía ser un santuario religioso.
Llegaron a poner sus carpas blancas, sus locales de comercio de reliquias antiguas, y a mitad de la calle una de tamaño mayor en la que se congregaban para algo que, por los sonidos, parecía ser un santuario religioso.
Al poco tiempo de su llegada, un vecino de avanzada edad que poseía más valor que todos nosotros fue una noche sigiloso, a quemar uno de sus toldos. Nunca supimos sus motivos, aunque sospechamos que quería ser la primer piedra que comenzara una avalancha de revolución en contra de estas. Sin embargo no sólo falló rotundamente; sino que no pudo escapar de ser ejecutado ahí mismo.
Estábamos platicando, no muy lejos de la ventana cuando ocurrió. Mi esposa, decayó tras presenciar tal espectáculo. La abracé mientras lloraba sobre mi hombro.
A la mañana siguiente no había rastro alguno del cadáver del hombre. Su funeral fue celebrado clandestina y silenciosamente por la familia del anciano.
Al mes de que se hubiesen instalado, creíamos equivocadamente que estábamos tan mal como podríamos llegar a estar. Intentábamos salir lo menos posible; y si lo hacíamos era a solas ya que ir en grupo resultaba más peligroso, en cambio, cuando se salía a solas las palomas hacían a uno caso omiso. Ya nadie de la zona iba a trabajar. Era como un campo de guerra, y había que cuidar el hogar.
En una de las escasas salidas, al volver de las compras, mi esposa llegó temblando. Tenía los ojos rojos. Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta. Simplemente se quedó en la entrada, quieta, sin decir nada. Sobre el tapete, en cuclillas pasó el rato. No fue hasta después que me percaté de su llegada.
Al verla fui corriendo a ponerle una cobija sobre su espalda, acto seguido hice un ademán de cerrar la puerta a lo que ella ella gritó: "ni se te ocurra hacer eso, estúpido. Las harpías..." Interrumpió su frase y se tiró sobre la alfombra llorar. Puse una manta sobre su cuerpo y la abracé durante horas.
Aquella noche le di unas fuertes pastillas para dormir. Antes de caer me dijo: "no cierres la puerta, prométemelo". Le dije que no lo haría.
Emparejé la puerta del cuarto y me asomé en vigilia por la ventana. En medio de la calle había una hoguera. Las palomas blancas se movían en círculos alrededor de esta. Cantaban una canción en un dialecto que desconocía. Tres figuras altas que doblaban la estatura de los demás penetraron en el círculo. Me imaginé que eran las harpías de las que mi esposa hablaba. Se posaron sobre la hoguera; sin embargo el fuego no les hizo daño. Tras estas llegó un carro nupcial. De ahí bajaron cinco niños. El último con un gato negro en las manos. Las tres figuras arrastraron a los infantes. Al primero le arrancaron con una mordida parte del cuello y echaron el cadaver al fugo. A los otros tres los tomaron y los lanzaron sin más preámbulos.
No hubo gritos. Las llamas se tornaron de un color rojo intenso. El último niño se tiró a la hoguera abrazando al gato.
Entonces surgió del cuarto donde yacía en sueños mi esposa estruendoso un maullido. Fuertes pasos que no poseían cuerpo se acercaron a mí a gran velocidad. Pasaron a mi lado, bajaron las escaleras y siguieron hasta la puerta que se cerró de golpe.
Entré corriendo con mi esposa, pero no la encontré.
A la mañana siguiente las palomas se habían ido y a los pocos días la vida de todos volvió a la normalidad como si nada hubiese ocurrido.
Sin embargo yo me encerré bajo llave, acompañado sólo del dolor de su ausencia.
Un año después encontré a mi esposa en noticias internacionales, en un reportaje sobre las palomas.
Estaba al fondo de una multitud de estos. Vestida de blanco. La cámara no la enfocaba a ella, sin embargo su rostro era inconfundible. Justo antes de que cortaran la toma me pareció que ella volteó a ver a la cámara.
Entonces todas las palomas blancas voltearon al unísono a ver al cielo. Y soltaron una especie de canto de ira que recordaba a indígenas preparándose para derramar sangre.
La televisión se apagó. Pero el canto aún permaneció en la habitación. En la ciudad. En el mundo entero donde el canto resonó como última melodía antes de su fatal final.