Sin embargo, sea cual sea el resultado, los niños saben que tienen el apoyo de sus padres, y eso es un consuelo aceptable ante su soledad. Pero cuando desapareció mi perro fue distinto; mis papás no hicieron nada, dejaron que se fuera y no intentaron traerlo de regreso. Al final me di cuenta que todo quedaba en mis manos.
Uno se preguntará ¿por qué un padre sería tan cruel como para no ayudar a su hijo a buscar a su mascota perdida?
Para aclarar la situación tendré que contar la historia desde el principio y recordar aquella que fue la etapa más oscura de mi infancia. La cosa es que mi perrito, que por cierto, se llamaba Nakli, no había desaparecido como desaparecen los demás perros. No se había ido en cuerpo: sino que había desaparecido en alma: había sido reemplazada por la de otro can, y solamente lo había notado yo.
Para aclarar la situación tendré que contar la historia desde el principio y recordar aquella que fue la etapa más oscura de mi infancia. La cosa es que mi perrito, que por cierto, se llamaba Nakli, no había desaparecido como desaparecen los demás perros. No se había ido en cuerpo: sino que había desaparecido en alma: había sido reemplazada por la de otro can, y solamente lo había notado yo.
Puede sonar como una broma; yo mismo, a los nueve años de edad dudé de mi propia cordura. Sin embargo cada que volteaba a ver a mi perro, era como mirar a un perro de la calle; no lo lograba reconocer, y sabía que él tampoco a mí.
El día anterior a aquel incidente mi mamá nos llevó al parque, donde jugamos durante horas. Nos revolcamos en el lodo, y como consecuencia ella nos regañó a los dos; nos bañó con agua de las regadoras del parque para que no ensuciáramos el auto; y todo el camino me fui risueño, abrazando a mi perro que, ocasionalmente lamía mi cara y me hacía muchas cosquillas.
El día siguiente me fui con prisa a la escuela, de modo que no me pude despedir de Nakli.
El día siguiente me fui con prisa a la escuela, de modo que no me pude despedir de Nakli.
Al volver, después de un duro día de ser molestado por los niños grandes, llegué corriendo a abrazarlo. Pero tras haberle dado el abrazo noté que había cometido un error: aquel no era Nakli.
Tenía una mirada tierna ese chucho, pero no era la mirada de mi perro.
Fui a decirle a mi mamá, a lo cuál me respondió: Él ha estado aquí todo el día ¿cómo puede no ser Nakli? Era una pregunta justa para una adulta, sin embargo yo sabía la verdad. Me fui a leer a mi cuarto y guardé paciencia para esperar a que mi papá llegara; sabía que él me entendería.
Cuando llegó fui corriendo a abrazarlo. Tras el abrazo me tomó con sus fuertes brazos, me cargó, me hizo el avioncito y me lanzó al sillón. Fue tanta la emoción que por poco me olvidé de contarle lo sucedido.
Tan pronto me di cuenta dejé de reír y con mucha seriedad le comenté de lo ocurrido con Nakli. Mi papá volteó a ver a mamá con extrañeza y como respuesta ella se encogió de hombros; me tomaron de la mano y fuimos los tres afuera a visitar al perro. Estaba seguro de que ahora sí me creerían.
El invasor estaba echado en el jardín, se quedó quieto al notar nuestra presencia, cosa que nunca hubiese hecho Nakli ya que él habría corrido a saludarnos y a jugar con nosotros; hice énfasis en esta observación, y mi madre respondió que tal vez esté cansado.
Mi padre le hizo una seña a ella para que no hablara; nos acercamos al perro y él pacientemente me demostró que tenía el mismo lunar en la lengua, el mismo pliegue en la parte trasera de la oreja, las mismas manchitas, el pelo igualmente distribuido en café con dorado y las mismas cejas espesas de labrador. Para mi papá esas características no podían ser de otro perro que no fuera el nuestro.
Le dije que lo mirara a los ojos y me dijera si cree que esa mirada es de Nakli; al hacerlo me dio la razón, y aceptó que esa mirada era rara, pero que quizás mamá estaba en lo correcto, que quizás Nakli estuviera cansado o enfermo y por ello no tuviera energías para moverse. Intenté protestar, sin embargo él me dijo que me fuera a dormir; y que si mañana seguía creyendo que ese no era nuestro Nakli, veríamos.
Al día siguiente me levanté antes de que saliera el sol para comprobarlo, y tal como me lo esperaba seguía sin ser Nakli. Y aunque no logré convencer a mis papás de que ese no era nuestro perro, ellos estuvieron de acuerdo en que era raro verlo tan tranquilo, así que lo llevaron al veterinario.
Al día siguiente me levanté antes de que saliera el sol para comprobarlo, y tal como me lo esperaba seguía sin ser Nakli. Y aunque no logré convencer a mis papás de que ese no era nuestro perro, ellos estuvieron de acuerdo en que era raro verlo tan tranquilo, así que lo llevaron al veterinario.
Tras otro día aburrido en la escuela, mi mamá me llevó a recoger al perro. El veterinario nos dijo que todo estaba bien con él; que a veces los perros tienen cambios de humor y no había de qué preocuparse.
Con aire de derrota mi mamá me llevó a casa.
Comprendí entonces que nadie me escucharía así que me puse a trabajar por mi cuenta. No podía poner avisos de "se busca", ya que lo que había desaparecido era su alma, no su cuerpo. Tampoco podía andarle diciendo a la gente, porque no me creerían. Estaba solo esta vez, y a pesar de que era una enorme carga para un niño de nueve años, yo lo vi como una aventura: yo sería como Bastián de mi libro favorito, La historia interminable; el único que puede viajar a ese mundo.
De ahí en adelante les mentí a mis papás y fingí que reconocía al perro que me acompañaba, pero en secreto le llamaba Trasplante, que era una palabra que encontré en una enciclopedia, que significa pasar las partes, como el corazón (que es donde está el alma), de un cuerpo a otro.
Le pedía a mi mamá que me llevara a los parques de perros y acompañado de mala gana por Trasplante, me ponía a ver la mirada de cada perro a ver si era Nakli. Eso hacía casi diario en tiempo de escuela y en vacaciones, pero nunca lo encontré.
Un día, regresé de la escuela llorando todo el camino porque un niño me había roto todos mis dibujos, llegué a casa y como ya no podía más, abracé a Trasplante y me puse a llorar sobre él; lamió mi cara tímidamente y me hizo muchas cosquillas. Me di cuenta en ese momento que era un perro con un gran corazón, que también se había sentido solo, y que extrañaba a su antiguo dueño. Por primera vez sentí cariño por Trasplante, y aunque quería mil veces más a Nakli, ese día dejé de buscarlo, ya sólo esperaba que donde fuera que se encontrara, estuviera feliz, con una familia que lo amara tanto como yo a él.
Al año siguiente, una semana antes de salir de la primaria estaba sacando a pasear a Trasplante, y por un momento me pareció ver la mirada de Nakli en un perro estaba en la esquina opuesta de la calle; me emocioné tanto que solté la correa y me puse a correr, sin importarme el camión que venía en camino. Trasplante estaba oliendo un árbol, así que tardó unos instantes en correr tras de mí; el camión lo atropelló y le dio una muerte instantánea.
Escuché su último aullido y volteé rápidamente; estaba en el suelo con el cuello volteado. No se movía. Comprendí que lo había matado; corrí hacia él y le pedí perdón. Lo empujé para despertarlo pero no hacía caso, lo abracé y me puse a llorar encima de él.
El señor que paseaba al perro que había creído que era Nakli me apartó rápidamente y me dijo unas cosas; pero yo estaba demasiado atónito como para escucharlo. Sentía que el mundo se caía sobre mí. Entonces el perro del señor me lamió; lo volteé a ver, y supe en su mirada que aunque se parecía, él tampoco era Nakli.
No fui a mi graduación. Me quedé en mi cama llorando durante dos semanas. Me odiaba a mí mismo y gritaba al techo pidiéndole perdón a Trasplante.
Mis papás estaban muy preocupados así que compraron unos boletos de avión a Ankara, Turquía; que era un lugar al que hace algunos años, tras haber visto unas fotos, les había pedido repetidamente a mis papás que fuéramos.
No era como me lo esperaba. Era un lugar insólito, lleno de gente misteriosa, con capas que les cubrían la cabeza y mucho calor, y aunque fuimos a todos los lugares bonitos de las fotos, mis papás me tomaban de la mano todo el tiempo, y cuando veían a alguien sospechoso, entrábamos a cualquier tienda.
Y a pesar que no era tan bonita ni tan divertida como la imaginaba, esa ciudad me hacía sentir tranquilo. Por alguna razón sentía algo de Trasplante en el aire; era como si siguiera aquí.
Dos días antes de irnos, fuimos a una plaza pública y me compraron una malteada. Estábamos sentados en una banca, y entonces vi a una muchacha paseando a un perro. ¡Era Nakli! Iba a correr a abrazarlo, pero me dije que era un tonto, y que por pensar eso Trasplante había muerto. Me entraron ganas de llorar, y entonces el perro me comenzó a ladrar; se soltó de la correa de su dueña y fue hacia mí. Me lamió la cara, dio vueltas sobre sí mismo, se sentó y me lanzó ladridos juguetones. Vi su mirada; me di cuenta que indudablemente era él.
En ese momento una ráfaga de euforia recorrió todo mi cuerpo y grité: "NAKLI, NAKLI". Y me puse a jugar con él, la mujer llegó recuperando su aliento, dijo cosas raras que no entendimos; después se puso a hablar en inglés con mis papás. No entendía bien qué decían, sólo palabras como "sorry" (perdón), "please" (por favor) o "dog" (perro).
Me dejaron estar un rato con él, y cuando terminó de platicar con mis padres, la señora se fue con Nakli; le reclamé a mi papá y me dijo que nos preocuparíamos más tarde.
- Qué extraño -dijo mi padre- ella creyó que éramos turcos, porque le llamaste al perro Nakli; y me dijo que Nakli significa en turco, trasplante.
Esa noche soñé con Trasplante y Nakli. Jugamos los tres juntos en el parque, y, a diferencia de lo que yo creía, Trasplante no estaba enojado conmigo.
La mañana siguiente me levanté tarde. Mis papás no estaban y me habían encerrado en el hotel sin llave y hacía mucho calor. Me dejaron una nota que decía que llegarían a mediodía, que no le abriera a nadie. Así que me puse a ver Hora de Aventura doblada en turco -Jake, el perro tenía una voz rara- lo bueno es que ya había visto esos capítulos, y sólo me tenía que imaginar lo que decían.
La puerta se abrió y llegó mi mamá. Dijo que me tenía una sorpresa; me puso una venda en los ojos y me llevó de la mano; tras muchos pasos y muchos giros nos detuvimos y sentí cómo ella colocó mi mano sobre una superficie peluda; entonces escuche un ladrido. Era Nakli.
De ahí en adelante les mentí a mis papás y fingí que reconocía al perro que me acompañaba, pero en secreto le llamaba Trasplante, que era una palabra que encontré en una enciclopedia, que significa pasar las partes, como el corazón (que es donde está el alma), de un cuerpo a otro.
Le pedía a mi mamá que me llevara a los parques de perros y acompañado de mala gana por Trasplante, me ponía a ver la mirada de cada perro a ver si era Nakli. Eso hacía casi diario en tiempo de escuela y en vacaciones, pero nunca lo encontré.
Un día, regresé de la escuela llorando todo el camino porque un niño me había roto todos mis dibujos, llegué a casa y como ya no podía más, abracé a Trasplante y me puse a llorar sobre él; lamió mi cara tímidamente y me hizo muchas cosquillas. Me di cuenta en ese momento que era un perro con un gran corazón, que también se había sentido solo, y que extrañaba a su antiguo dueño. Por primera vez sentí cariño por Trasplante, y aunque quería mil veces más a Nakli, ese día dejé de buscarlo, ya sólo esperaba que donde fuera que se encontrara, estuviera feliz, con una familia que lo amara tanto como yo a él.
Al año siguiente, una semana antes de salir de la primaria estaba sacando a pasear a Trasplante, y por un momento me pareció ver la mirada de Nakli en un perro estaba en la esquina opuesta de la calle; me emocioné tanto que solté la correa y me puse a correr, sin importarme el camión que venía en camino. Trasplante estaba oliendo un árbol, así que tardó unos instantes en correr tras de mí; el camión lo atropelló y le dio una muerte instantánea.
Escuché su último aullido y volteé rápidamente; estaba en el suelo con el cuello volteado. No se movía. Comprendí que lo había matado; corrí hacia él y le pedí perdón. Lo empujé para despertarlo pero no hacía caso, lo abracé y me puse a llorar encima de él.
El señor que paseaba al perro que había creído que era Nakli me apartó rápidamente y me dijo unas cosas; pero yo estaba demasiado atónito como para escucharlo. Sentía que el mundo se caía sobre mí. Entonces el perro del señor me lamió; lo volteé a ver, y supe en su mirada que aunque se parecía, él tampoco era Nakli.
No fui a mi graduación. Me quedé en mi cama llorando durante dos semanas. Me odiaba a mí mismo y gritaba al techo pidiéndole perdón a Trasplante.
Mis papás estaban muy preocupados así que compraron unos boletos de avión a Ankara, Turquía; que era un lugar al que hace algunos años, tras haber visto unas fotos, les había pedido repetidamente a mis papás que fuéramos.
No era como me lo esperaba. Era un lugar insólito, lleno de gente misteriosa, con capas que les cubrían la cabeza y mucho calor, y aunque fuimos a todos los lugares bonitos de las fotos, mis papás me tomaban de la mano todo el tiempo, y cuando veían a alguien sospechoso, entrábamos a cualquier tienda.
Y a pesar que no era tan bonita ni tan divertida como la imaginaba, esa ciudad me hacía sentir tranquilo. Por alguna razón sentía algo de Trasplante en el aire; era como si siguiera aquí.
Dos días antes de irnos, fuimos a una plaza pública y me compraron una malteada. Estábamos sentados en una banca, y entonces vi a una muchacha paseando a un perro. ¡Era Nakli! Iba a correr a abrazarlo, pero me dije que era un tonto, y que por pensar eso Trasplante había muerto. Me entraron ganas de llorar, y entonces el perro me comenzó a ladrar; se soltó de la correa de su dueña y fue hacia mí. Me lamió la cara, dio vueltas sobre sí mismo, se sentó y me lanzó ladridos juguetones. Vi su mirada; me di cuenta que indudablemente era él.
En ese momento una ráfaga de euforia recorrió todo mi cuerpo y grité: "NAKLI, NAKLI". Y me puse a jugar con él, la mujer llegó recuperando su aliento, dijo cosas raras que no entendimos; después se puso a hablar en inglés con mis papás. No entendía bien qué decían, sólo palabras como "sorry" (perdón), "please" (por favor) o "dog" (perro).
Me dejaron estar un rato con él, y cuando terminó de platicar con mis padres, la señora se fue con Nakli; le reclamé a mi papá y me dijo que nos preocuparíamos más tarde.
- Qué extraño -dijo mi padre- ella creyó que éramos turcos, porque le llamaste al perro Nakli; y me dijo que Nakli significa en turco, trasplante.
Esa noche soñé con Trasplante y Nakli. Jugamos los tres juntos en el parque, y, a diferencia de lo que yo creía, Trasplante no estaba enojado conmigo.
La mañana siguiente me levanté tarde. Mis papás no estaban y me habían encerrado en el hotel sin llave y hacía mucho calor. Me dejaron una nota que decía que llegarían a mediodía, que no le abriera a nadie. Así que me puse a ver Hora de Aventura doblada en turco -Jake, el perro tenía una voz rara- lo bueno es que ya había visto esos capítulos, y sólo me tenía que imaginar lo que decían.
La puerta se abrió y llegó mi mamá. Dijo que me tenía una sorpresa; me puso una venda en los ojos y me llevó de la mano; tras muchos pasos y muchos giros nos detuvimos y sentí cómo ella colocó mi mano sobre una superficie peluda; entonces escuche un ladrido. Era Nakli.