lunes, 31 de agosto de 2015

A la orilla de un lago helado

Ese día mi papá y yo fuimos a visitar a mi madre. Llevábamos tres años sin verla. No supimos nada de ella desde su desaparición. Creímos que estaba muerta o que la habían secuestrado.
Años de comida rápida en silencio, de llanto y de una ausencia de comunicación nos habían unido en momentos de profunda nostalgia que se fundían en una comprensión mutua que nunca antes de su desaparición habíamos tenido.
El habernos enterado que no sólo estaba viva, sino que en un hospital psiquiátrico en Islandia fue como haber sido golpeados por un tren en la noche, sin saber que estábamos acampando sobre unas vías.
El viaje en avión fue eterno y el frío de aquel lugar se sumaba al de nuestros corazones tras habernos enterado de tan absurda situación.
La ira por haberse ido sin decir nada, la alegría de que estuviera viva, el dolor por su estancia en un manicomio. Realmente no sabíamos qué era correcto sentir, así que tomamos la decisión unánime de no sentir hasta que supiéramos lo que ocurría realmente.
Aunque muy por dentro sabíamos que no era posible. Y mientras menos dijéramos, más perdidos nos sentíamos.
Quizás en cualquier otra circunstancia habríamos podido apreciar la belleza de la ciudad bajo la nieve de febrero; sin embargo así como estábamos sólo veíamos un paisaje gris y monótono. La música del estéreo reflejaba la frialdad del lugar era lo único que me apaciguaba. Pero no estaba seguro respecto a mi padre, a quien desde que recibió la noticia le temblaba la voz, y todo lo que decía lo hacía con timidez.
El día anterior a la visita nos quedamos a dormir en un hotel. Estaba prácticamente vacío y por ser temporada baja nos dimos el lujo de rentar dos habitaciones distintas en lugares opuestos del local. Necesitábamos tiempo para reflexionar.
Aquella noche no pude dormir, así que me decidí a salir a caminar. Quería ver lo que mi mamá había visto. Comprenderla antes de verla a ella. El recepcionista me dijo en un inglés de acento muy pausado que no me lo recomendaba ya que, al ser extranjero, podría pescar una enfermedad. Le sonreí y le dije que ese sería mi problema. Salí entonces y el frío me golpeó. A los pocos minutos con mucho dolor. No quería volver al hotel por un rato así que fui en búsqueda de alguna cantina o cualquier lugar que estuviera abierto de noche.
Giré por una calle, luego por otra y más adelante por otra. Incluso en el extranjero me jactaba de mi sentido de orientación así que no me preocupé de perderme. Sin embargo por más que caminaba no encontraba nada abierto. Sólo pensaba en seguir y no volver. El frío no me detendría. Tan adentrado estaba en ese proceso mental que no supe en qué momento se apagaron las luces.
Las siluetas de los edificios se alcanzaban a ver por la tenue luz de creciente que se alzaba en el cielo.
El frío desapareció de mi piel. Sólo estábamos la ciudad y yo. Aún la nieve crujía tras mis pasos y aún el aire soplaba gélido. Sin embargo mi cuerpo ya no me pedía refugio. Seguí caminando hasta que al final de la calle me encontré con una niña. No podía ver bien su rostro, pero su voz era dulce.
- Ven -me dijo- no querrás estar aquí cuando ellos lleguen.
- ¿Qué haces en la calle a estas horas? -le pregunté con una voz que no era mía.
- Me gusta ver la luna -se limitó a responder.
Sin humor para decirle algo más asentí. Acto seguido se acercó, me tomó de la mano y me llevó por las calles a gran velocidad. Yo tenía que dar pasos muy veloces, casi correr para seguirle el paso, no obstante parecía que ella estaba caminando.
Me llevó a través de las sombras hasta que llegamos a un lago congelado. Ella caminó sobre él. La volteé a ver y noté que ella era más alta que yo. Ya no era una niña. Sin embargo no lograba ver su rostro, ya que una nube estaba tapando la luna.
Nos sentamos en la nieve y fue hasta entonces que noté que me cuerpo había cambiado. Yo era un niño nuevamente. Tenía pies muy pequeños y la ropa de invierno que ahora era distinta.
La luna entonces mostró su rostro. Y a su vez el rostro de la mujer que estaba a mi lado. Al mirarla quedé atónito: era mi madre.
Ella notó mi desconcierto al verla. Fue entonces que me sonrió y me dio un abrazo cálido que se prolongó hasta el punto que no sabía a quién pertenecían las lágrimas. Esa muestra de afecto perpetuo que decía claramente todo lo que nuestros años de ausencia significaban y la fuerza de aquel reencuentro. Ella se desvaneció en la oscuridad cuando la luna volvió a ser tapada por una nube.
Lo siguiente que escuché era el sonido de unas máquinas. Todo estaba blanco y yo estaba en el hospital. Mi padre a mi lado dormido sentado.
Al día siguiente llegaron los doctores a explicarme que me encontró una pareja tirado afuera de su casa y me llevaron al hospital; que si no fuera por ellos habría muerto. Por su lado, mi padre no había ido a ver a mi madre. No quería hacerlo sin mí.
Cuando me dieron del alta en el hospital, fuimos a visitarla, no obstante ella ya no estaba ahí. El cómo había llegado a Islandia permaneció como un misterio. Los psiquiatras nos explicaron que la encontraron años atrás en la calle, creyendo que era una niña, y que no pudieron contactar con nosotros hasta que una enfermera escuchó a mi mamá decir nuestros nombres en sueños. Antes de irnos, nos mostraron la ropa de ella: la habían encontrado cinco noches antes, a la orilla del lago Tjörnin.
Mi padre lloró. Yo sonreí.

sábado, 22 de agosto de 2015

El agua y su niña

Aquella tarde los truenos comenzaron a caer. La chica estaba al lado de la ventana entreabierta, contemplaba cómo el agua hacía del viento algo visible. Remolinos ondulados caían con fuerza al suelo. La brisa humedecía su rostro y ella respiraba profundo. El sonido de los relámpagos al caer era como un fuerte oleaje en el océano. Ella lo recibió como a un viejo amigo. Recordó entonces aquella tarde en la playa doce años atrás. En aquel entonces era sólo una niña de seis años de edad. El mar era un manto ondulado color azul tinto y no se veía ni una nube en el cielo. A la distancia había una silueta de un barco. Bajo sus pies, la arena era suave y no quemaba.
Pensar que unos minutos antes había peleado con su mamá porque no le gustaba el desayuno que preparó. Su madre no lograba entender que la papaya le hacía daño. Ni siquiera cuando la vomitó frente a ella. En cambio, en vez de apapacharla, le soltó una bofetada. Salió de la casa corriendo y no se detuvo hasta llegar a la playa, donde se lanzó al mar.
Las olas eran sus amigas. Jugaba con ellas a sumergirse debajo de estas, ponerse en posición de flecha y surfearlas con su cuerpo, flotar detrás de donde reventaban, y a momentos incluso a ser revolcada. El agua era su entorno.
Una ola la llevó hasta la orilla y de un momento a otro, la marea retrocedió. Creyó que el mar estaba jugando con ella a que no me alcanzas, así que corrió hacia adentro para alcanzarla. Detrás de sí, le pareció escuchar la voz de su madre llamándola a gritos; volteó hacia atrás y efectivamente, allí estaba, corriendo para alcanzarla.
Enojada, la niña siguió en sentido a donde estaba el agua, corriendo para que no la alcanzara; sin embargo su mamá iba más rápido. La tomó de su cuerpo y la llevó cargando de regreso a la orilla. Le estuvo a punto de reclamar que la dejara ir al agua, pero cuando la volteó a ver, notó que su rostro estaba cubierto de lágrimas.
La tsunami de aquel día se llevó la vida de muchos. Pero no la de la niña ni la de su madre. Desde entonces ninguna de las dos ha vuelto al mar.
Ahora mirando la lluvia, ella ve a su amiga, el agua, caer salvaje sobre el patio de su casa. Decide que es hora de salir, y tal como hizo años atrás, jugar con el agua. La lluvia era salvaje. Las frías gotas la golpeaban al caer sobre ella, sin embargo la chica se mantenía en el agua, bailando con la lluvia. Los relámpagos eran constantes. Y conforme iban pasando ella recordaba las olas y gritaba con euforia.
De pronto una ráfaga de viento la tomó y la elevó. No podía salir de ahí, tampoco quería hacerlo. Veía el mundo hacerse más pequeño hasta que no podía reconocer una casa de otra. Se dio cuenta que ella controlaba la dirección del viento que la llevaba. Le comando que la llevara al mar.
La niña estaba en el mar jugando con las olas cuando el mar retrocedió. Imaginó una tarde de lluvia en la que recordaba este momento años después. Sabía que un tsunami se acercaba, sin embargo el mar era su amiga y no le haría daño. Su madre no se encontraba detrás, seguramente se encontraba en la cocina limpiando su vómito sin tener manera de enterarse de la terrible ola que venía en camino.
Fue corriendo tras el mar y éste dejaba a su paso ver conchas y caracolas abandonadas por el tiempo. Encontró una del tamaño de su palma e intentó soplar. Pero de esta sólo salió agua. Volvió a intentarlo con más fuerza y salió un sonido que parecía de un ave colosal. El cielo, un minuto antes despejado, se nubló. Comenzó a llover. Cayeron relámpagos. La ola más grande que había visto tomó forma y se detuvo muy cerca de ella. Llegó una fuerte ráfaga de viento; sintió unas manos que la tomaron y la elevaron de donde se encontraba.
Debajo de ella la ola reventó.

jueves, 6 de agosto de 2015

Concierto desconcertante

Cuando me di cuenta, la música se había convertido en ruido. A mi alrededor la gente sudorosa brincaba de emoción, gritaba, cantaba con los músicos y se movían como bestias tribales. Incluso mi novia se había convertido en una bestia salvaje que gritaba al ritmo del rock que resonaba en el estadio.
Entre mis distracciones recibí un codazo en la cara. Regalo de parte del Golem colosal que bailaba a mi lado. Caí al suelo donde me pisaban desapercibidamente. Las energías para levantarme habían cesado. Que me pisen cuanto gusten. Al cabo que aquí es más fácil que allí arriba.
Entonces el mundo a mi alrededor creció. Las figuras se alargaron y yo me estaba haciendo cada vez más pequeño. De este tamaño era más fácil moverme entre el bosque de gente. Sin embargo entre lo viscoso del suelo cada paso que daba requería un gran esfuerzo.
Por fin sobrepasé la barda y llegué a la zona segura. Estaba llena de papeles y basura. El ruido hacía temblar el suelo y me sentí desesperado hasta que encontré entre la basura a un brasier de flores cuya tela lograba amortiguar muy bien el sonido. Era acolchonado y sobre éste caí en brazos de Morfeo.
Sobre aquella prenda femenina soñé con el golpe. Y con una ambulancia. Y con una cama de hospital. Y con mi novia llorando.
Me preocupé por ella ¿Cómo se pondrá cuando sepa que no estaré del tamaño para complacerla en cama? Ya luego me las arreglaría.

El jazz del ciego y la fantasma

El hombre, sensible ante lo que le rodea, se percató de una presencia inusual que entraba en la habitación.
- ¿Quién eres? –le preguntó a la presencia.
- ¿Puedes verme? –dijo la voz de una niña.
- ¿Ver? –rió- Ya hace mucho tiempo que perdí mi visión.
- ¿Entonces cómo sabes que estoy aquí? ¿Cómo puedes oír mi voz? Eres la primer persona con quien tengo contacto desde... –interrumpió su diálogo y la habitación quedó perpleja en un espeso silencio durante unos segundos.
- Piensas que soy una ilusión ¿verdad? –dijo el ciego- Después de todos esos años muerta y de ser ignorada es normal creer que tu mente te está jugando trucos.
- ¿Pero cómo…?
- Es lo mismo que sientes cuando pierdes la vista. Sientes que el mundo se ha olvidado de ti. Y no hay visión que te asegure que no es así. Sólo te toca aceptar lo que crees que te rodea.
- ¡Pero no es justo! Tú estás vivo. Tú puedes sentir si te tocan. Te pueden abrazar. Yo sólo puedo… Estar.
- Sin embargo puedes viajar. Puedes ver cosas que nadie ha visto ¿has ido al fondo del mar? ¿Has subido una montaña? ¿O sólo te has quedado vagando y lamentándote porque nadie te hace caso?
- No lo entiendes. No entiendes nada. Eres un ciego estúpido. Cuando estaba viva siempre fui solitaria. Ahora me doy cuenta que la felicidad, sin ser compartida es como comer sin sal. Pero tú al menos puedes comer.
- Dejaré pasar ese insulto sólo porque te comprendo. Una vez hace ya varios años me visitó uno de los tuyos. Esto te puede interesar, así que pon atención. Me dijo que había aprendido la manera de ir al mundo de los espíritus, pero antes de partir quería comprobar si algún humano podía percibirlo. Era un muchacho curioso, lástima que después de haber platicado conmigo se hubiese ido.
- ¿Al mundo de los espíritus? ¿Y te dijo cómo se llega ahí? –preguntó la fantasma con un aire de emoción.
- Por supuesto. Platicamos un largo rato antes de que se fuera. Al parecer él tenía tanta curiosidad por saber cómo percibía un ciego el mundo; como yo por saber qué se sentía estar muerto. Al final, él temía que mi espíritu se volviera ciego también; así que me dijo la manera para que no vague como espíritu perdido por el mundo.
- Dímelo –demandó la fantasma.
- Claro que no. Me advirtió que si un vivo cuenta en voz alta ese secreto lo olvidará para siempre. Pero cuando muera te lo cuento con gusto.
- ¿Cuántos años tienes?
- ¿Qué no me ves? Estoy seguro que no me veo tan mal como para pasar por un anciano. Tengo cuarenta y seis orgullosos años ¿Por qué la pregunta?
- Pues quería ver si faltaba poco. Pero para que te mueras pueden pasar décadas.
- Claro. Soy un ciego en plena juventud y con una vida por delante.
- Pues dime. De todas formas, tú puedes sentir fantasmas. En el tiempo que te queda ya llegará uno que te dirá nuevamente cómo hacerle.
- Y tú tienes un tiempo infinito para encontrarte con otro fantasma y preguntarle.
- Pero ya le he preguntado a fantasmas cómo salir de aquí. Ellos sólo se burlan de mí y me ignoran, como si fuera lo más obvio del mundo.
- Entonces busca tú la manera, estoy seguro que la encontrarás. Lo lamento. Pero un ciego como yo no puede andarse con tales riesgos y tú tienes todo el tiempo del mundo.
La fantasma lanzó un suspiro y frustrada, se retiró de la habitación. El hombre buscó a tientas sobre la mesa el control del estéreo, presionó el botón de play y comenzó a sonar una pieza de jazz.
A las pocos minutos, cuando él estaba a punto de caer dormido, volvió la fantasma.
- Ey, volví ¡No te duermas, ciego! Se me ocurrió una hermosa idea ¿Listo para escucharla? –el ciego tardó unos segundos en reaccionar, soltó un sonido incomprensible-. Tomaré ese gemido como un sí. Ahí va... ¿Y si te mueres por mí? –preguntó con una voz cargada de emoción.
- ¿Estás loca? –respondió el ciego aún con la cara entumida.
- Yo te mataría para que me dijeras el secreto. Pero no puedo. Tú mátate. Vamos.
- ¿Qué?
- Piénsalo bien… -hizo una pausa- ¿Qué es esa asquerosa música? Apágala. Estábamos mejor en silencio. Bueno, continúo antes de que pierda la idea. ¿De qué te sirve estar vivo si eres ciego? No sirves para nada.
- Claro –replicó sarcásticamente- ¿Cómo no había pensado en morir? Eres una genio.
- ¿Verdad que sí? ¿Entonces lo harás por mí?
- No. Que sea ciego no me vuelve inútil. Aún disfruto de la vida y no me la quitaré por una niña caprichosa.
- Lo que pasa es que tienes miedo.
- Totalmente. Estoy aterrado. Ahora respeta eso y déjame en paz.
- ¿Eso fue sarcasmo? Oye. No me iré hasta que me lo digas. Y apaga esa horrenda música.
- ¿Si te parece horrenda por qué no te vas y nos quitas de líos?
- Si quieres que me vaya dime cómo llego al mundo de los espíritus.
El hombre subió el volumen de la música hasta que la voz de la niña era casi imperceptible.
- Apaga eso…
La niña arremetió contra él; naturalmente al ser fantasma, en vez de lograr un impacto entró a su cuerpo. Entonces ya habiendo poseído su cuerpo levantó al ciego de la silla y comenzó a caminar.
- ¿Qué haces? –Le dijo el ciego.
- Rayos –respondió la fantasma con la voz del hombre–. ¿Por qué tenías que ser ciego? Ahora no veo nada. No será fácil matarte. Pero estamos caminando sin ir a ningún lado. Así que en algún momento tendrá que ocurrir algo catastrófico y morirás. Así me contarás todo sin olvidarlo y podremos ir juntos al otro mundo. Soy toda una ge...
No pudo terminar la frase ya que en su caminar chocó contra una mesa, luego con una pared, poco después con otra.
- Es muy difícil esto -se quejó ella antes de chocar contra otra pared y caer de un sentón al suelo.
- Ni siquiera sabes hacia dónde ir. Está bien. Suelta mi cuerpo y te diré cómo ir a ese mundo.
La fantasma rápidamente salió del cuerpo del anciano y se puso a dar vueltas por la habitación con gritos de excitación.
- ¿Ves lo fácil que era? Ahora dímelo.
El hombre buscó a tientas el camino de regreso a su silla y bajó el volumen de la música.
- Busca un espejo y atraviésalo -le dijo.
- ¿Es todo?
- Sí. Vas. Encuentras un espejo y pasas a través de él. Hay uno en mi baño. No me sirve, pero es para las visitas. Ahora ve y déjame en paz. Está al final del pasillo a la izquierda.
La fantasma, sin decir nada, se dirigió a toda velocidad soltando aullidos de radiante emoción que se volvían más tenues conforme se alejaba. El ciego respiró profundamente y se intentó relajar, sin embargo no podía. Le había dicho a la fantasma el secreto del mundo los espíritus y él no lo había olvidado. Presionó el botón para apagar la música y así detectar con mayor facilidad cualquier presencia que se le acercara de vuelta, pero el control ya no servía, la música seguía sonando y él se preguntó si el fantasma lo había engañado. De ser así la fantasma volvería pronto a reclamarle. Pasaron dos o tres canciones pero la niña no volvió. <<Sólo un muerto puede recordar el secreto, así que no se lo cuentes a nadie>> le había dicho el muchacho fantasma años atrás. Las palabras se estancaron en su mente mientras el cd de jazz llegaba a su última canción para sublimar el silencio que le prosiguió.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Corazón de hielo

Era una prostituta de la muerte. Así le gustaba considerarse. Él le servía y le daba lo que más quiere, siempre y cuando alguien le diera dinero por ello.
Pocos asesinos a sueldo poseen las agallas para matar cualquier objetivo que le pidan. Y ya fuera con su catana, con veneno o con las manos limpias, en tan sólo 16 años de haber entrado al negocio se había convertido en uno de los asesinos más prestigiados de Japón.
Ya fueran campesinos, monjes, mujeres, niños o nobles. Él servía a la muerte con el honor del dinero. Nada podía detenerlo y su negocio iba de maravilla.
Entonces llegó la duda, encarnada en el cuerpo de una vieja amiga a la que él antaño llamaba sensei. La persona que le enseñó a matar fue la misma que le pidió que acabara con su vida.
- No hay mayor infierno que el de un asesino retirado. –Le dijo- Mientras estás en el negocio lo último que te importa es a quién matas. Pero cuando sales de ello tu corazón se ablanda. Entonces del pasado llega tu perdición.
- Me repugna haber sido tu aprendiz. –Le dijo poniendo la mano en su mejilla- No sabía que el remordimiento formaba parte de tu alma ¿O será que te has vuelto débil?
Ella tomó la muñeca de su antiguo alumno y de un giro lo tiró al suelo.
- Ciertamente mis huesos son débiles. Pero en técnica aún eres una hormiga a mi lado. No es remordimiento por lo que pagaría para que me mates.
Él se levantó con una carcajada.
- Acepto el trato. Es el trabajo más fácil por el que me han pagado. Sin embargo quiero saber ¿por qué no te quitaste la vida tú misma?
- No quería darles el placer.
- A los que mataste – La maestra sonrió.
Fueron a la terraza de entrenamiento. Ella se hincó. Y él sacó la espada.
- Una última advertencia –dijo ella-. Si llegaras a viejo, asegúrate de quitarte la vida tú mismo mientras tu corazón esté frío. Porque cuando agarre calor, no tendrás salvación.
Él le dirigió una sonrisa sarcástica.
- Adiós… Sensei.
La espada cayó y limpiamente separó la cabeza del cuerpo de la única persona por la que había sentido algo parecido al respeto.
Los años pasaron. Él envejeció con una fortuna en sus manos. Y haciendo caso omiso a la advertencia final de su sensei, en vez de quitarse la vida, se retiró. Con su fortuna mandó a construir una mansión en una montaña lejana donde vivió su propio exilio en silencio.
Pero su plan de vivir en armonía el resto de sus días sería interrumpido.
Un día una mujer subió la montaña tomada de la mano de su hijo y tocó a su puerta. El anciano salió a recibir a tan inesperada visita. Sin embargo tras haber hecho contacto visual estos soltaron un grito; acto seguido desaparecieron.
Al poco tiempo encontró un hombre que no era él al ver el espejo. Luego en su pozo.
En las noches sin luna escuchaba risas. En la luna llena escuchaba llantos. Cuando llovía resonaban gritos de dolor.
Había veces que estaban en el reflejo del agua de su tazón. O veía siluetas al fondo de su casa.
Cuando derramaba agua, esta se convertía en sangre. Estos estaban en cada reflejo. En cada pasillo. Sobre cada estatua.
Cuando él no pudo soportarlo comenzó a gritar. Cuentan unos soldados que estaban acampando en una montaña vecina que el grito aún los persigue hoy en día.
Años después encontraron su cuerpo. Estaba en el techo de su hogar. Era el cadáver de alguien que murió por dormir fuera en una tormenta de nieve. Al final logró congelar nuevamente su corazón.