Aquella tarde los truenos comenzaron a caer. La chica estaba al lado de la ventana entreabierta, contemplaba cómo el agua hacía del viento algo visible. Remolinos ondulados caían con fuerza al suelo. La brisa humedecía su rostro y ella respiraba profundo. El sonido de los relámpagos al caer era como un fuerte oleaje en el océano. Ella lo recibió como a un viejo amigo. Recordó entonces aquella tarde en la playa doce años atrás. En aquel entonces era sólo una niña de seis años de edad. El mar era un manto ondulado color azul tinto y no se veía ni una nube en el cielo. A la distancia había una silueta de un barco. Bajo sus pies, la arena era suave y no quemaba.
Pensar que unos minutos antes había peleado con su mamá porque no le gustaba el desayuno que preparó. Su madre no lograba entender que la papaya le hacía daño. Ni siquiera cuando la vomitó frente a ella. En cambio, en vez de apapacharla, le soltó una bofetada. Salió de la casa corriendo y no se detuvo hasta llegar a la playa, donde se lanzó al mar.
Las olas eran sus amigas. Jugaba con ellas a sumergirse debajo de estas, ponerse en posición de flecha y surfearlas con su cuerpo, flotar detrás de donde reventaban, y a momentos incluso a ser revolcada. El agua era su entorno.
Una ola la llevó hasta la orilla y de un momento a otro, la marea retrocedió. Creyó que el mar estaba jugando con ella a que no me alcanzas, así que corrió hacia adentro para alcanzarla. Detrás de sí, le pareció escuchar la voz de su madre llamándola a gritos; volteó hacia atrás y efectivamente, allí estaba, corriendo para alcanzarla.
Enojada, la niña siguió en sentido a donde estaba el agua, corriendo para que no la alcanzara; sin embargo su mamá iba más rápido. La tomó de su cuerpo y la llevó cargando de regreso a la orilla. Le estuvo a punto de reclamar que la dejara ir al agua, pero cuando la volteó a ver, notó que su rostro estaba cubierto de lágrimas.
La tsunami de aquel día se llevó la vida de muchos. Pero no la de la niña ni la de su madre. Desde entonces ninguna de las dos ha vuelto al mar.
Ahora mirando la lluvia, ella ve a su amiga, el agua, caer salvaje sobre el patio de su casa. Decide que es hora de salir, y tal como hizo años atrás, jugar con el agua. La lluvia era salvaje. Las frías gotas la golpeaban al caer sobre ella, sin embargo la chica se mantenía en el agua, bailando con la lluvia. Los relámpagos eran constantes. Y conforme iban pasando ella recordaba las olas y gritaba con euforia.
De pronto una ráfaga de viento la tomó y la elevó. No podía salir de ahí, tampoco quería hacerlo. Veía el mundo hacerse más pequeño hasta que no podía reconocer una casa de otra. Se dio cuenta que ella controlaba la dirección del viento que la llevaba. Le comando que la llevara al mar.
La niña estaba en el mar jugando con las olas cuando el mar retrocedió. Imaginó una tarde de lluvia en la que recordaba este momento años después. Sabía que un tsunami se acercaba, sin embargo el mar era su amiga y no le haría daño. Su madre no se encontraba detrás, seguramente se encontraba en la cocina limpiando su vómito sin tener manera de enterarse de la terrible ola que venía en camino.
Fue corriendo tras el mar y éste dejaba a su paso ver conchas y caracolas abandonadas por el tiempo. Encontró una del tamaño de su palma e intentó soplar. Pero de esta sólo salió agua. Volvió a intentarlo con más fuerza y salió un sonido que parecía de un ave colosal. El cielo, un minuto antes despejado, se nubló. Comenzó a llover. Cayeron relámpagos. La ola más grande que había visto tomó forma y se detuvo muy cerca de ella. Llegó una fuerte ráfaga de viento; sintió unas manos que la tomaron y la elevaron de donde se encontraba.
Debajo de ella la ola reventó.
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