sábado, 11 de abril de 2015

Té medicinal

Me volteó a ver con aquella encantadora sonrisa resplandeciente. Me dijo que pronto estaría bien. Me pidió que tomara unas medicinas; y como era usual dejé que inyectara una sustancia transparente en mi cuerpo.
Con los días desaparecieron mis dolores, con los atardeceres mis pesares, con las noches mis enfermedades. Y mientras el tiempo transcurría me sentía más y más revitalizado.
Cuando por fin estuve sano hice un viaje a su consultorio privado para agradecerle.
Llegué con él mientras estaba despidiendo un niño. Le dio una paleta al pequeño que, tomado de la mano de su madre salió con una sonrisa.
Le di las gracias junto con un regalo que él aceptó gratamente. Me dijo que estaba contento de que por fin me haya curado; no obstante había que ponerme una inyección preventiva para que no volviera a pasar.
Entonces a media nalga bajé mi pantalón y, como muchas veces antes, dejé que me inyectara aquel líquido milagroso. Esta inyección me ardió mucho más que las anteriores, sin embargo no le di importancia ya que imaginé que eran mis nervios.
Habiendo terminado este proceso le agradecí nuevamente. Le estreché la mano, pero antes de partir me dijo que aún tenía un par de horas libres antes de su siguiente paciente y me ofreció una taza de té. Cosa que con gusto acepté.
Pasados varios minutos el té estaba listo. Y yo estaba tumbado inmóvil en la mesa, sobre aquel charco de sangre y vómito que ya no me pertenecían.
En el otro lado de la mesa Él tomaba té tranquilamente viéndome gozar de mis últimos instantes de vida.

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