domingo, 12 de abril de 2015

El enjambre

El muchacho se fue a refugiar a donde nadie podía alcanzarlo. Cruzó las ruinas de lo que alguna vez fue un edificio hasta que dejó de sentir cualquier presencia humana. Por fin llegó a un lugar para acoger la soledad.
Tras unos minutos de tranquilidad en el silencio de aquel edificio abandonado, el muchacho comenzó a escuchar el sonido de un enjambre de bichos volando dentro de sus oídos. Él intentó por todos los medios hacer que ese zumbido que le provocaba escalofríos desapareciera: Se tapó los oídos, gritó, se razgó la cara, se dio golpes en las orejas... Pero mientras más lo intentaba más lo atormentaba aquel espantoso ruido.
Cuando se quedó sin más soluciones, él comenzó a sonreír. Su sonrisa se convirtió en una pequeña risa y esta a su vez se convirtió en una carcajada. No podía dejar de reír. Su risa lo tenía dominado.
Lentamente fue perdiendo el aliento, su cara se fue tornando roja, y su risa maniaca se convertía cada vez más en un chillido.
Un zumbido creciente dentro de su cabeza lentamente ahogó el sonido del enjambre hasta que lo dejó de escuchar. Las risas lo liberaban del sufrimiento de aquel enjambre. En cuanto lo dejó de escuchar, el muchacho se intentó calmar. Pero ya era demasiado tarde. El enjambre en su cerebro ya había disparado una risa incontenible. Ya no podía respirar. Sintió su corazón latir más rápido y una sensación de ahogo lo envolvía, la falta de oxígeno en sus pulmones lentamente intoxicó su sangre; sintió un fuerte ardor en su cabeza y en su pecho. Una gran impotencia ya que no había nada que pudiera hacer para evitarlo.
Entonces su corazón se detuvo. En ese momento en el que se acercaba su muerte cerebral sintió una verdadera paz.
Pero en sus últimos instantes de existencia, volvió a escuchar claramente el enjambre. En ese momento sintió ganas de luchar. Pero no podía hacer nada. Estaba muerto. Sólo faltaba que las últimas chispas se apaguen.
Y así, con un miedo y una desesperación incontenibles, el muchacho se fue de este mundo.

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