Hacía un calor terrible. De esas tardes primaverales que hacen a uno desear que el sol se apague para siempre y permita así a la tierra morir de frío.
Como suele ocurrir en estas reuniones, la familia se inundaba en las conversaciones indulgentes que se pueden titular de la misma manera que un juguete: yo-yo.
Y entre todas aquellas conversaciones de yo-yo, me encontraba yo en silencio. Estaba tan absorto en la gravedad y el calor que mantenía pegado el trasero a mi asiento, que no noté que los meseros me trajeron la comida.
Mi mente entró a un portal temporal que me llevó al limbo del hambre; y para el momento en que retomé la consciencia, todos estaban en el postre.
Entonces mi atención fue capturada por un pay de limón frío que había pedido la pareja de un familiar.
Aquel bocadillo atrapó mi atención. Daba la impresión de poseer vida en su interior. Entonces noté que éste tenía tanta hambre como yo. No. No sólo tenía hambre, sino que no le gustaba ser picado por un tenedor.
A mí tampoco me gustaría que me clavaran un tenedor.
Me admiré de la resistencia que este poseía ante el filo de este instrumento de comida. De su capacidad de estar quieto ante el dolor.
Acto seguido el pay ya no estaba en el plato. Estaba mordiendo la cara de ella, que luchaba ferozmente para quitarlo de su rostro.
Mientras este espectáculo transcurría frente a mí, me preguntaba cómo le haría éste para digerir carne humana si no posee ácidos gástricos.
Y mientras la familia se lanzaba a ayudarla a apartar el pay de su cara, mi estómago se satisfacía.
A ella le faltaba la mitad del rostro.
Pero, ey. Yo ya no tenía hambre.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario