Era un lunes por la mañana el día en que dejé de existir.
En los lunes el tiempo no transcurre. Sufres por el trabajo. Sufres por la escuela. Sufres por la nostalgia de cómo sufrías en la juventud aquel día. Tengas la edad que tengas: A nadie le gusta el lunes.
Pero yo soy distinto. Adoro el lunes. Es un día tan bonito: Veo a la gente sufrir por cómo odian el día. Es como ver una comedia negra desde la ventana de tus ojos. Sufren porque ya no están en el descanso y tienen que volver a su triste realidad.
El ambiente ese día está tan bajo que incluso los ninis, que deberían estarlo disfrutando, recuerdan lo patéticas que son sus vidas en las que pueden descansar el día en el que se debe sufrir. Todo aquel que haya tenido un buen lunes y sea lo suficiente sádico y maniaco como para disfrutar del sufrimiento ajeno, lo sabe.
Y así llegó ese lunes. Como ya dije: "aquel día en el que dejé de existir". Creerás que con esa frase ya te arruiné la historia contándote el final. Que ese lunes fue en el que mi corazón dejó de latir y mi vida en este mundo terminó. Pero no es así. Hay varias formas de dejar de existir; la muerte no es la única.
Ese lunes por la mañana (como solía suceder) estaba de buen humor. Si es que puedes llamar buen humor al tener que volver al trabajo con todos esos idiotas.
¿Me estoy contradiciendo? Probablemente.
Incluso para mí, hay un amor/odio por el lunes. Ese día es extraño. Por eso lo adoro.
Como iba diciendo: Llegué al trabajo mucho más temprano de lo normal y el primer idiota me saludó: "Qué frío hace. Debí quedarme en mi casa."
Me extrañó ese comentario ya que estábamos en medio del verano.
Pensé: "Este idiota sólo quiere una excusa para quejarse del lunes". Me reí por dentro.
Seguí caminando y el idiota número dos me saludó sonriendo: "Hola muchacho ¿Vamos por unas cervezas antes de comenzar el día?" Normalmente no habría aceptado, ya que me gusta ver sufrir a la gente en mis cinco sentidos. Pero la sed que tenía esa mañana era tremenda y el hecho de que las haya mencionado despertó en mí unas ganas incontenibles por aquel sabor agrio y fresco que llevaba meses sin probar.
Así fue como fuimos a comprar unas cervezas Indio. El idiota me dice: "¿Sabes por qué adoro estas cervezas?" Y yo le contesto: "¿Porque los que la fabrican se quieren creer muy patriotas llamándoles 'Indio' pero en realidad son unos grandes cerdos capitalistas?" Él soltó una risa nerviosa y volteó a ver alrededor como en busca de ayuda. Me enorgullecí de mí mismo pensando: "Qué fácil se incomoda la gente cuando la conversación gira en un rumbo que no esperan".
Rápidamente me empiné la cerveza y me fui sin decir nada. Me imaginé su cara de alivio y extrañeza por la manera tan peculiar en que se libró de la conversación.
Mientras caminaba de regreso comencé a sentir el efecto del alcohol por haberme tomado tan rápido la bebida. Tanto tiempo sin tomar y decido tomar una mañana en ayunas. No es lo más inteligente que puedo hacer.
Volví a la oficina y el idiota mayor (mi jefe) llegó a saludarme y me hizo preguntas como si le importara realmente mi vida. Eso sólo lo hacía los lunes: Esa desesperada necesidad por levantar el ánimo para que la productividad sea la misma ese día que los demás, era lo que más demostraba su empatía al odio de ese día.
Fui directo a mi escritorio para ya no tener que hablar con nadie. Me gusta ver la idiotez desde mi ventana; no compartirla. El platicar con tanta gente me estaba arruinando el lunes. A punto de llegar al escritorio aparece La idiota número uno y me saluda. Entonces ella me dice en un tono irónico y burlesco: : "Lunes. Odio los lunes" . Me sonríe y se va sin decir nada más.
Me doy cuenta que le devolví la sonrisa y pensé: "Ok. Ella tal vez no sea tan idiota... Tal vez." No sé si sea el efecto del alcohol de esa cerveza que me tomé, pero me extrañé al fijarme en lo que estaba pensando: ¡Se supone que es Lunes! Día de burlarme de todos los que me rodean. No día de despertar mi sensibilidad interna.
Me senté en calma, y cuando nadie estaba viendo me abofeteé a mí mismo varias veces. Las suficientes para volver a entrar en razón y dejar de pensar en ella por un momento. Veía a la gente llegar uno tras uno con sus ojeras y sus caras de "quiero estar dormido en mi casa, o por lo menos que me maten, sería menos doloroso". Eso era la sal de la vida y el recuerdo de por qué adoro éste día.
Pasaron las horas y el efecto del alcohol por fin aminoró. Entonces, en lo que creaba fluidamente la tira cómica del periódico, durante un instante eterno mi mente se perdió en el espacio. Me di cuenta que en esa pequeña distracción que tuve mi imaginación viajó hacia ella. Me volví a abofetear más duro que la vez anterior. Pero ahora me vio el idiota del escritorio de al lado. Volteó hacia mí y me preguntó en tono burlesco: "¿Te atacan los efectos colaterales del lunes?" Lo ignoré y volví a la nota. Ya no podía escribir.
Una frustración provocada por haber pensado en ella me envolvía. Volteé a ver al fondo de la oficina. Ella bloqueaba mi campo de visión, ahí entre las paredes verdes y los escritorios, vestida de blanco va caminando hacia el baño. La seguí con la mirada. Hipnotizado. Me imaginé su rostro pálido, sus labios rojos y carnosos y su cabello rojo rizado. Esos verdes ojos grandes y su sonrisa mientras recitaba las palabras: "Lunes. Odio los lunes." Pasaba en cámara lenta por mi mente. Esta vez no me abofeteé para que no vuelva a dirigirme la palabra el idiota de al lado. En cambio intenté controlar mi mente, pero no me fue posible. Ella era lo único en ésta.
No pude terminar la tira cómica que estaba haciendo. La idea que la noche anterior estaba tan clara se había esfumado por completo de mi cabeza; culpa de esa maldita (hermosa) idiota número uno. Pero ya que no quería que me despidan del trabajo hice una nueva creada por lo único que estaba en mi mente:
En aquella tira está un hombre mirando al vacío, entonces un letrero enorme aparece frente a él: "LUNES". En el siguiente cuadro la palabra lunes aparece rayado en todos los lugares y se ve la cara de desesperación del hombre mientras se arranca los pelos. En el último cuadro él se encuentra noqueado en el suelo con un globo en su mente de una hermosa mujer y su jefe de pie a su lado viéndolo con impaciencia dormir.
Habiendo terminado me fui a la oficina del jefe y le entregué la tira. Ella estaba ahí. Intentaba a toda costa evitarla con la mirada. Mi vida dependía de ello. Si ella notaba que la estoy mirando se acercaría a mí y quizás buscaría algo conmigo. No me podía permitir eso. Mi mirada se mantuvo firme al frente viendo al idiota mayor. No iba a dejar que ella me ganara.
Le entregué mi tira y él habló: "¿Ya conociste a mi nueva asistente? Se llama..."
Lo interrumpí y sin voltear a verla le respondí. "Sí. La conocí esta mañana."
Ella me miró. Lo noté de reojo. Me extendió la mano para saludarme. Cerré los ojos con fuerza. Me preguntó si estoy bien. Le dije que sí. Que simplemente tengo mal del lunes. Entonces me dirigí al jefe para decirle que terminé la historieta. Y antes de que pudiera decir algo pedí permiso para irme antes. Cosa que me concedió ya que le gustó mucho la tira.
Al día siguiente al ver la tira en el periódico, me di cuenta de lo que pasó en mi interior: Todo concordó para que ocurriera aquello que nunca debió ocurrir. Nunca me había interesado por nada de eso. Me parecía ridículo cómo la gente se perdía en aquello que llaman amor. Pero ahora me doy cuenta de lo que significa y que en verdad es mucho peor de lo que pensé.
Fue entonces cuando me di cuenta que había dejado de existir. En aquel momento a me convertí en el verdadero, único e inigualable rey de los idiotas.
Y de ese día en adelante, cada que despierto en las mañanas del Lunes y me veo en el espejo, me digo en un tono burlesco: "Lunes. Odio los lunes".
Aunque la mayor ironía está en lo patético que soy; ya que que a pesar del tono, lo digo en serio. Porque ahora en verdad... odio los lunes.
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