Un demonio inmortal, con cicatriz de quemadura en su mejilla derecha, impulsada por el dolor, cuya mirada cauteriza todo deseo de pelea en la sangre del guerrero más noble, que se mueve como las sombras y en el último instante un dolor que no es de este mundo consumirá a sus víctimas.
¿Y quién era yo para negarlo cuando mi única realidad es que, ya fuesen niños o bandidos, todo aquel que se interpusiera en mi camino sufriría una muerte que alzaría voces a un cielo rojo?
Mi venganza era algo que tenía que llevar a cabo y nada me detendría.
No tardé mucho en enfrentarme a aquel que ordenó la ejecución de mi marido y mis hijos; que violó mi honor y creyó que incendiar la casa sería suficiente para acabar con la vida de una mujer; y en cierta manera lo hizo, la madre de familia cuyo marido solía decir que su mirada hacía a los cerezos florecer, ya no existía, ahora sólo quedaba una sombra sedienta de venganza. Cuando lo enfrenté, noté en sus ojos que se había dado cuenta que aquel error lo condenaría a un destino gélido. Le corté la yema a cada uno de sus dedos, la punta de su lengua y finalmente su miembro; sin asesinarlo lo encerré en un sótano en el que se respiraba moho, ya que él debía ser el último en morir.
De ese modo me enmascaré en un estilo de vida de campesina, y esperaba pacientemente al punto en que el tormento del llanto de mis hijos y la imagen de mi marido ensangrentado no me permitieran seguir de pie, y en cada uno de esos ataques de histeria mi sed de venganza se volvía insoportable, de ese modo iba a cazar a aquellos que fuesen cercanos a mi prisionero. Desde amigos hasta familiares, primero les quitaba el rostro y después se los daba como alimento; al final fueron sus hijos. Él, tan ingenuo comía con un hambre de fiera cada plato que le brindaba; y cuando se hubo terminado su último alimento le revelé el nombre de cada esqueleto que rondaba su prisión.
Su mirada ante este saber me embriagó, era un dolor que yo podía comprender; su rostro se transformó, me maldijo de mil maneras; cada una de sus pútridas palabras era alimento para mi alma.
No tardé mucho en enfrentarme a aquel que ordenó la ejecución de mi marido y mis hijos; que violó mi honor y creyó que incendiar la casa sería suficiente para acabar con la vida de una mujer; y en cierta manera lo hizo, la madre de familia cuyo marido solía decir que su mirada hacía a los cerezos florecer, ya no existía, ahora sólo quedaba una sombra sedienta de venganza. Cuando lo enfrenté, noté en sus ojos que se había dado cuenta que aquel error lo condenaría a un destino gélido. Le corté la yema a cada uno de sus dedos, la punta de su lengua y finalmente su miembro; sin asesinarlo lo encerré en un sótano en el que se respiraba moho, ya que él debía ser el último en morir.
De ese modo me enmascaré en un estilo de vida de campesina, y esperaba pacientemente al punto en que el tormento del llanto de mis hijos y la imagen de mi marido ensangrentado no me permitieran seguir de pie, y en cada uno de esos ataques de histeria mi sed de venganza se volvía insoportable, de ese modo iba a cazar a aquellos que fuesen cercanos a mi prisionero. Desde amigos hasta familiares, primero les quitaba el rostro y después se los daba como alimento; al final fueron sus hijos. Él, tan ingenuo comía con un hambre de fiera cada plato que le brindaba; y cuando se hubo terminado su último alimento le revelé el nombre de cada esqueleto que rondaba su prisión.
Su mirada ante este saber me embriagó, era un dolor que yo podía comprender; su rostro se transformó, me maldijo de mil maneras; cada una de sus pútridas palabras era alimento para mi alma.
Y cuando los vocablos se volvieron insuficientes comenzó a reír en desesperanza. Espasmos que se volvieron convulsiones se apoderaron de él; su piel se convirtió en gelatina viva que salía de sí mismo y así su cuerpo se deformó hasta que tomó por forma el mío; la otra Yo estaba riendo sin parar. Me detuve a verla y la compadecí, se parecía a mí, sin embargo no tenía la cara quemada, sus rasgos eran finos, y su mirada recordaba a una flor de cerezo.
Me vi de frente y sonreí, comprendí que la venganza máxima era asesinar a aquel que mi enemigo no pudo. Así que clavé mi katana en su estómago hasta que su risa se convirtió en un vómito de sangre.
En ese momento, por primera vez en años sentí paz mental: Una paz que me quitó la fuerza de las piernas, que intensificó la luz de la luna hasta que se convirtió en el color del fuego, que me dijo que mi esposo y mis hijos se reunirían conmigo pronto y que mi alma de demonio sería pronto purificada por las llamas, hasta que solo quedara la hoja que me unía con él, mi otra yo, y su última mirada que suplicaba vendetta.
En ese momento, por primera vez en años sentí paz mental: Una paz que me quitó la fuerza de las piernas, que intensificó la luz de la luna hasta que se convirtió en el color del fuego, que me dijo que mi esposo y mis hijos se reunirían conmigo pronto y que mi alma de demonio sería pronto purificada por las llamas, hasta que solo quedara la hoja que me unía con él, mi otra yo, y su última mirada que suplicaba vendetta.
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