Despertó aquel hombre gigante dentro de su pequeño cajón de calcetines, dio un bostezó y salió de ahí. Ya afuera del cajón, sacó de entre sus dientes peludos un disfraz de perro chihuahua que iba a usar para ir al espacio.
Caminó a la orilla de su habitación, entró al baño, cerró la puerta y orinó en el escusado hecho de discos de vinilo rotos.
El hombre, se metió a la pequeña tina formada por pañales usados, abrió la llave de la ducha, se ahogó y murió.
Habiendo acabado de orinar, el hombre gigante entró a la habitación de al lado a regañar a su mejor amigo por haber dejado encendido el microondas toda la noche con una cuchara de plomo adentro. Caminó con paso firme al baño, atravesó la líquida puerta flotante de mercurio y encontró a su amigo muerto en la ducha.
Ya que el hombre gigante tenía mucha prisa, simplemente dio un suspiro, maldijo y puso el cadáver de su amigo en el escusado. Le jaló y dejó que este se fuera por el drenaje.
El hombre gigante tomó su reloj de péndulo portátil, lo metió a su bolsillo y salió de su casa con el disfraz de perro chihuahua puesto. Caminó al baldío que estaba al lado y empezó a excavar con sus garras artificiales de perro chihuahua. Excavó durante horas. Había excavado tanto que ya sólo veía oscuridad, y a pesar de ello no dejaba de excavar. Entonces da un último zarpazo a la tierra y sale un halo de luz roja, da unos cuantos zarpazos más, se sujeta de las orillas del hueco y sale. Por fin, llegó a Marte.
Se quitó el disfraz y caminó por la superficie hasta llegar a una formación de piedras que parecían una mesa y dos sillas. Se sentó en una de las piedras que parecían sillas y sacó su reloj de péndulo. Vio la hora y en aquel instante apareció su amigo vestido con una chaqueta de motociclista y traje de baño. Sacó dos tazas y una tetera de su chaqueta, las puso en la mesa y sirvió el té.
El hombre gigante le lanzó una mirada de aprobación a su amigo y ambos pasaron el resto del día tomando té en Marte.
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