viernes, 28 de febrero de 2014

Ahogado en una cáscara de huevo

Estaba durmiendo en la parada de camión, cuando de pronto aparecieron los rateros y se llevaron toda mi ropa. Claro que yo no me di cuenta de aquello. Estaba profundamente soñando que los perros me comían vivo. Era un sueño tan bonito... Que la última imagen de mi vida sean las caras de esos animales tan geniales.
Supongo que soñé con esos jaloneos tan dolorosos por culpa de los ladrones que me quitaron la ropa mientras yo estaba inconsciente.
Cuando desperté estaba desnudo. Ahí en la parada de camión. Por suerte para mí no había nadie en la calle. Era un pueblo fantasma. Si no hay nadie ¿Por qué estoy desnudo? ¿Qué no debió haber alguien que tomase mi ropa?
Estaba aterrado. No sabía qué hacía ahí. No había nada ni nadie vagando por aquellas calles. Yo estaba solo. En medio de un pueblo de rojos y amarillos, sin nadie que me encontrara.
Entonces escuché un ruido allá a lo lejos. Sonaba como un huevo crujiendo mientras lo giras en una mesa. Me recordó a la película Stoker. Entonces llegó una motocicleta que tenía impresa a sus lados los carácteres de la palabra: Camión.
No sabía qué estaba pasando. Pero me subí a ella ya que no me quedaba más que seguir adelante en mi historia. Pude quedarme ahí e ignorarla. Evitar que el caos llegase a mí. Pero esa no era una opción. Tenía que saciar mi curiosidad.
¿Qué será aquel deseo por caos que tanto me llama?
No lo sabía. Era exactamente la duda que tenía cuando subí a la moto. Pero esta no dio a mi mente espacio para reflexiones, ya que arrancó a toda velocidad.
El sonido de un huevo crujiendo no cesaba. Era un motor de sonido extraño. Sin embargo la moto andaba perfectamente.
Me agarré fuertemente de esta para no caerme. Ya que iba a una velocidad a la que no sabía que una moto podía llegar. Incluso apreté las piernas para tener más fuerza de agarre. El vértigo era tanto, que no me fijé que mis dos piernas desnudas se estaban quemando a causa del metal caliente.
La motocicleta me llevó hasta un desierto sin fin. No era un desierto de dunas, como el que quisiera ir. Sino que era un desierto extremadamente seco. Con la tierra clara y agrietada. Fue entonces cuando me di cuenta de que lo que crujía no era el motor. Era el suelo.
La motocicleta siguió y siguió. Volteé abajo y noté que tubos estaban cubiertos de rojo. El rojo de mi sangre. Y al darme cuenta llegó el dolor. Era inmenso. Eché un grito a toda voz. Pero ningún sonido salió de mi boca. O quizás la moto iba tan rápido que no podía escuchar más que el aire y el crujir del suelo.
Quería bajarme. Iba demasiado rápido y las piernas me dolían demasiado. El dolor me hacía sentir muerto.
Fue entonces cuando la motocicleta cayó.
Yo rodé y rodé. Fueron cientos de metros ¿O habrán sido kilómetros? Cuando me detuve estaba tendido sobre la tierra ardiente en medio de la nada. La moto no se veía.
Me pregunté si estaba vivo. Mi consciencia me decía que sí. Pero mi cuerpo no respondía no me podía mover por más que lo intentara. Quizás esté atrapado en este cuerpo muerto.
Ya no sentía dolor. Ya no sentía nada.
Era como si estuviera realmente en una jaula.
Un cuervo llegó y arrancó con su pico pedazos de piel de mi cadáver. Le dije que se quite, pero no me escuchó, o tal vez me ignoró ¿No será quizá que no articulé ni un solo vocablo?
Sentía mi piel siendo desprendida de mi cadáver, uno por uno los pedazos que éste arrancaba con facilidad. Entonces aquella ave se encontró con un pedazo muy aferrado a mi cuerpo, ésta la intentó quitar a jaloneos con todas sus fuerzas, pero por más que se esforzaba la piel parecía intacta. Lo tomó aún con más fuerza y batió sus alas rápidamente hasta que sus garras se despegaron de mi espalda. Ese cuervo estaba determinado a despellejarme totalmente. Incluso ahora que se encontraba en el aire, su boca seguía aferrada a mi piel. Segundos después, ésta se desprendió lentamente de mi cuerpo en una sola pieza desde donde jalaba el cuervo, como una cobija siendo removida de la cama con unas pinzas.
Cuando terminó yo era libre de nuevo. Me podía mover y estaba como si nada me hubiera pasado.
Entonces vi el mundo que tenía a mi alrededor.
Aquel mar de amarillo que era el desierto. Volteé arriba y noté que eran dos soles en vez de uno. Uno era más grande y blanco. Creo que eso noté antes de que éste segundo dañara mi vista.
Desvié mi mirada hacia el horizonte y vi azul en el fondo. "Debe ser el mar", me dije. Y me dirigí en línea recta hacia allá. Era una larga caminata los ardientes soles del desierto.  Pero no tenía a dónde más ir. Cuando por fin llegué me di cuenta que era en realidad un bosque azul.
Entré a este para refugiarme de aquellos terribles soles que parecían burlarse de mí.
Me encontré un árbol lleno de bayas y me comí una. Esta sabía a cajeta. Después de comérmela me di cuenta de la sed que tenía..
Después de un descanso decidí recorrer esa tierra de plantas azules. Conforme me introducía más a lo profundo del bosque azul, éste se iba haciendo cada vez más y más oscuro. Las plantas se volvían más tupidas hasta que llegué al punto que todo se volvió negro. No sabía dónde me encontraba. Me perdí en la inmensidad de la oscuridad.
Me senté y me di cuenta que estaba llorando como quinceañera, pero no me sentía desesperado en absoluto. Ni siquiera sentía el agobio o la falta de oxígeno que hace que uno llore. Entonces se me ocurrió: Quizás no estaba inmerso en la oscuridad. Sino que mis ojos en verdad se dañaron por tanto ver el sol, en un efecto tardío "¡Claro! ¡Eso debe ser!". Abrí los ojos y encontré un destello de luz que pasó fugazmente. Quizás sea una ilusión provocada por el daño a la vista. Pero era una oportunidad que no podía perder. Así que me eché un clavado en ella antes de que se fuera. Los colores recobraron vida. Descubrí que me encontraba, literalmente, en el cielo. Sólo me quedaba caer.
Fue una larga caída hasta el fondo. No supe si duró minutos u horas. Quizás días. Ya para entonces había entendido que el tiempo y la distancia eran relativos en el lugar donde me encontraba.
Noté que abajo sólo había rojo. No sabía adónde iba pero estaba preparado para encarar a la muerte "Sólo espero que sea buena onda".
A punto de llegar noté que el suelo no sería sólido. Estaba cayendo sobre un mar de sangre. Entonces un pensamiento pasó por mi cabeza: "Es mi sangre sobre lo que voy a caer".
Al hacer contacto no hubo tensión superficial. Sólo el espesor del líquido caliente en el cual me encontraba sumergido. Al darme cuenta que sobreviví a la caída, me di cuenta que no podía respirar. Nadé hasta la superficie hasta que mis energías cesaron. Cerré los ojos y me relajé aceptando mi destino. En mis oídos aún resonaba el sonido de la cáscara de huevo siendo quebrada constantemente.
Y esta fue la historia de cómo me ahogué en mi propio ser.

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