Entonces él murió. Pero eso no era cierto. Porque él seguía respirando. O por lo menos eso era lo que él pensaba. Él era simplemente un ser atrapado en la oscuridad. Perdido en un instante en el tiempo.
Miró al pasado para saber cómo llegó allí.
Vio una luz al salir. No respiraba en ese entonces. Sintió frío. Sintió dolor. Dio su primer aliento. Fue un grito tan fuerte que le retumbaron los oídos "¿Qué es eso que siento en los oídos?" se preguntó. Notaba un ardor en la garganta al gritar. Notaba que la presión de su brazo había cambiado.
Entonces sintió cómo lo recargaban en algo cálido. Esa cosa cálida lo hacía sentir seguro ¿Quién era ese ser que le provocaba sentir tal calidez? Sentía su respiración. Sentía cómo su cuerpo se esforzaba para hacer todas aquellas cosas que nunca había hecho. Era un mundo nuevo.
De vuelta en la oscuridad se dio cuenta que miró muy atrás. Sentía frío y no estaba seguro de que aquel recuerdo fuese real. Él en su nacimiento no era lo que buscaba ver. Quería saber cómo había llegado aquí. El frío le congelaba los huesos. Pero no veía nada, ni podía moverse. Quizás su mente volvió a la escena de su nacimiento porque ahora está atrapado en una especie de vientre frío.
El niño nadaba en la alberca todos los días. Era el campeón de su escuela. Pero ya no estaba en una alberca. Ahora el agua era salada, tibia. No podía nadar como él querría. No le gustaba el sabor del agua y le ardían los ojos. El agua estaba en movimiento. Lo movía de un lado a otro. No veía nada. Arriba, abajo, arriba, abajo. Siguió nadando derecho. Pero tenía miedo. No llevaba tanta distancia, pero se sentía extremadamente cansado en esas aguas. Entonces escuchó la voz de su padre gritándole desde la distancia.
De nuevo en la oscuridad y en el frío, él empezó a sentir un fuerte dolor en la pierna. Eso lo distrajo de su memoria. De la primera vez que su padre lo hizo cruzar el mar nadando, en su intento de que mejore sus habilidades de nado. Recuerda que no podía más. Recuerda su miedo. Recuerda cómo no volvió a atreverse a nadar. Cómo su padre lo castigó por su frustración. Cómo sintió la muerte por primera vez en su vida.
Los colores cambiaron a rojos y azules. Sentía unos labios sobre los suyos. Se sentía feliz. Se sentía pleno. Ella dejó de besarlo. Ella lo voleó a ver con ojos de trance. Su sonrisa era hermosa. Toda ella era hermosa. Ellos y el sol que se ponía bajo el acantilado y pronto se ocultaría tras el océano. Ella dejó de besarlo. Le dio un largo abrazo. Un abrazo que fue eterno e instantaneo a la vez. Su cuerpo dejó en su lugar una brisa. Abrió los ojos en desconcierto. Ella corrió hacia el acantilado. Se detuvo en el borde. Su falda ondulaba por el viento tan fuerte. Ella volteó. Ella, con lágrimas en su rostro, le dirigió una sonrisa. Ella movió sus labios. Pareció decirle algo. Una palabra que el viento se llevó. Una palabra que no llegó a sus oídos. Ella saltó hacia atrás. Ella desapareció en el acantilado.
En la oscuridad él sintió su cuerpo por fin. Había lugares que le dolían. La pierna y el hombro, especialmente. El recuerdo de cuando ella se tiró al acantilado. El día en que su capacidad de amar plenamente desapareció. Después de eso se creyó maldito. No se volvió a acercar al mar. La policía creyó que él la lanzó a ella. No fue hasta semanas después, que encontraron la nota suicida dentro una recopilación de cuentos selectos de Franz Kafka.
Sentía el aire helado ir fuertemente contra él. Sentía adrenalina. Estaba bajando una montaña con el snowboard a sus pies. La velocidad era tremenda. Había acantilados y nieve suelta, pero a él no le importaba. Al dar un giro amplio le pareció escuchar un trueno a la distancia. Volteó hacia atrás y vio la nieve de la montaña caer desprenderse. Una enorme avalancha que se dirigía rápidamente hacia él. Él se deslizaba. La nieve era más rápida. Sintió un fuerte golpe. Rodó y quedó enterrado.
Así fue como él llegó ahí. Ahora lo recordaba. Era hora de intentar salir. Rascó la nieve, pero la sentía como hormigón. Golpeó distintos puntos de esa pequeña caverna buscando un punto blando. A través de la oscuridad y con guantes no era fácil distinguir la diferencia, pero tenía que concentrarse si quería sobrevivir. Entonces su puño izquierdo se hundió en la nieve. Comenzó a rascar ese punto hasta hacer un agujero que lentamente se volvía más grande.
Ya que el agujero tomó el tamaño suficiente para que él cupiera, se acomodó ahí y con sus dos manos comenzó a excavar como topo. Lo que él no sabía es que no se dirigía hacia la luz. Al contrario, estaba moviéndose hacia las tinieblas de las profundidades. En poco tiempo, se encontraría de nuevo con ella.
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